Entre Hilos Y Espinas 1

Capítulo 7: Secretos bajo llave

La tarde cayó sobre la ciudad con una humedad asfixiante, amenazando con una tormenta que se negaba a romper. Diana caminaba por las calles empedradas del centro con el vestido verde esmeralda envuelto en papel Kraft dentro de una funda de tela gruesa, abrazándolo contra su pecho como si fuera un recién nacido. Cada paso le recordaba el terror de esa mañana. El fantasma de la respiración de Sergio en su cuello y el frío de las tijeras en su propia mano la hacían mirar por encima del hombro cada pocos metros.

​Al llegar a la imponente verja de hierro forjado de la residencia De la Vega, el pulso le latía en los oídos. Fue recibida por una empleada que la guio hasta un salón decorado con muebles victorianos y grandes ventanales. Allí la esperaba Constanza, bebiendo té en una taza de porcelana que parecía a punto de quebrarse con solo mirarla.

​—Diana, querida, eres muy puntual. ¿Hubo algún problema con la seda? —preguntó Constanza, levantándose con elegancia.

​Diana colocó el paquete sobre una amplia mesa de caoba y lo desenrolló con cuidado. El vestido esmeralda apareció, brillando bajo la luz de las lámparas de cristal. A simple vista, el trabajo era impecable, pero Diana sabía que el verdadero examen estaba en la falda.

​Constanza tomó la prenda, examinando el entalle del busto. Asintió, satisfecha con las nuevas pinzas invisibles. Luego, su mirada bajó hacia el ruedo. Se detuvo. Frunció el ceño.

​Diana contuvo el aliento, apretando las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta de mezclilla.

​—Diana... —murmuró Constanza, pasando las yemas de los dedos por el costado derecho de la falda—. ¿Qué es esto? Yo no recuerdo que el diseño original tuviera este drapeado en cascada.

​La costurera había pasado la noche entera usando los restos de la seda desgarrada por Malena para crear un complejo sistema de pliegues superpuestos, como pétalos de rosa entrelazados, que ocultaban por completo los tajos de las tijeras.

​—Es... una intervención de diseño, señora Constanza —explicó Diana, manteniendo la voz firme a pesar del miedo—. Al ajustar el bies, noté que la caída de la seda salvaje era demasiado rígida en ese costado. Añadí el drapeado en cascada para darle movimiento al caminar. Si no es de su agrado, puedo desarmarlo, pero requerirá cortar el largo.

​Constanza levantó el vestido frente a un espejo de cuerpo entero. La tela fluyó, y el detalle de los pliegues capturó la luz, dándole a la prenda un aspecto único, casi de realeza. Una sonrisa lenta y genuina iluminó el rostro de la mujer mayor.

​—¿Desarmarlo? Por Dios, muchacha, esto es una obra de arte. Le has dado alma a un vestido que parecía sacado de un molde aburrido. Tu madre estaría increíblemente orgullosa de este remate —Constanza caminó hacia un escritorio, abrió un cajón y sacó un sobre de manila—. Aquí tienes el resto del pago acordado, y he añadido una bonificación por tu creatividad.

​Diana tomó el sobre. El grosor del papel entre sus dedos le confirmó que había mucho más dinero del que esperaba.

​—Tengo amigas que pagarían una fortuna por arreglos así de discretos y elegantes —continuó Constanza, bajando la voz en un tono confidencial—. Mujeres que compran alta costura pero necesitan ajustarla sin que nadie en sus círculos se entere. Te enviaré clientas, Diana, pero debe ser un trabajo absolutamente confidencial. Nadie debe saber que tú intervienes estas prendas.

​—Se lo garantizo, señora. Nadie en mi casa sabrá de estos encargos —prometió Diana, sintiendo que una puerta hacia la libertad acababa de abrirse de par en par.

​El camino de regreso a casa fue distinto. La humedad del aire ya no la asfixiaba; ahora sentía el peso del sobre en su chaqueta como un escudo. Al llegar a su calle, vio el auto de Victoria estacionado frente a la acera. La realidad volvió a golpearla. No bastaba con ganar dinero; tenía que ocultarlo, protegerlo de las garras de su madrastra y de los ojos depredadores de su hermanastro.

​Entró por la puerta trasera de la cocina. La casa olía a perfume caro y a bolsas de tiendas departamentales nuevas. Ignorando las voces en el segundo piso, Diana se deslizó por el pasillo hasta su habitación, no el taller, sino su propio dormitorio, el cual compartía pared con el cuarto que alguna vez fue de sus padres.

​Cerró la puerta con seguro. Se arrodilló junto a la cama, debajo de la ventana, y apartó la alfombra de lana gastada. Con ayuda del reverso de un peine de metal, hizo palanca en una de las tablas del suelo de madera que estaba ligeramente suelta. La madera crujió al ceder, revelando un hueco oscuro entre las vigas. De allí sacó una vieja y oxidada caja de galletas de hojalata.

​Al abrirla, encontró los billetes arrugados que había ahorrado durante meses haciendo bastas y remiendos menores. Sumó los billetes nuevos del sobre de Constanza. La cifra total la hizo tragar saliva. Era una cantidad considerable, pero al calcular los precios de alquiler en el centro de la ciudad, supo que apenas le alcanzaría para el depósito de un apartamento pequeño, dejándola sin capital para comprar insumos, una máquina propia o comida.

​No podía permitirse un alquiler tradicional. Necesitaba otra estrategia.

​Mientras guardaba los billetes, su mente viajó a las afueras de la ciudad, hacia las calles menos comerciales. Recordó que, meses atrás, al ir a comprar hilos al por mayor, había visto un pequeño y antiguo local comercial abandonado. Había sido una bodega de abarrotes de barrio, con una santamaría de metal oxidada y un cuarto pequeño en la parte trasera que servía de depósito. No era un lugar glamoroso, pero los dueños pedían muy poco dinero porque el local llevaba años cerrado.

​"Ese es el lugar", pensó Diana, sintiendo una chispa de adrenalina pura. "Puedo limpiar la parte trasera para dormir y usar el frente de la antigua bodega como mi taller a puerta cerrada. Si trabajo para las clientas de Constanza, no necesito una vitrina lujosa; necesito discreción y espacio".




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