Entre Hilos Y Espinas 1

Capítulo 8: Aliados nocturnos

El reloj de la mesita de noche marcaba las tres y cuarto de la madrugada. El resto de la casa dormía profundamente, sumida en el letargo pesado que sigue a la medianoche. En su pequeña habitación, Diana mantenía la respiración controlada y los movimientos al mínimo. Había colocado una toalla gruesa bajo la rendija de su puerta para evitar que la luz amarillenta de su pequeña lámpara de lectura se filtrara al pasillo. Sentada en el borde de su cama, con la espalda encorvada y los ojos fijos en la tela, cosía a mano un delicado dobladillo de gasa de seda.

​Su máquina Singer estaba en el taller, encadenada por un candado nuevo que ella misma había instalado la tarde anterior, pero usar el pedal a esas horas habría sido un suicidio auditivo. Todo el trabajo nocturno debía ser manual, silencioso e invisible.

​Esa misma tarde, Constanza de la Vega le había enviado un mensaje discreto con su chofer: dos de sus amigas más cercanas necesitaban arreglos urgentes en vestidos de gala importados. Diana aceptó sin dudarlo, pero el problema logístico era inmenso. No podía recibir esos paquetes lujosos en la puerta de su casa con Victoria y Malena merodeando como buitres, y mucho menos trabajar la tela a plena luz del día. Necesitaba un puente, un punto neutro donde recoger las prendas y entregar los trabajos terminados sin levantar sospechas en su propio hogar.

​Terminó el remate, mordió el hilo para cortarlo y dobló la gasa con sumo cuidado, guardándola en un bolso de lona oscura. Se puso una sudadera negra con capucha, tomó sus llaves y apagó la lámpara. La oscuridad la envolvió. Salió de su habitación caminando sobre las puntas de los pies, conociendo de memoria cada tabla del suelo que crujía en el pasillo. Pasó frente a la puerta del cuarto de Sergio; un ronquido sordo le confirmó que la amenaza estaba, por el momento, neutralizada.

​Salió por la puerta trasera de la cocina hacia el callejón de servicio. El aire de la madrugada era frío y cortante. Diana caminó a paso rápido, alejándose de su callejón y adentrándose en las calles de la ciudad que aún dormían. Su destino no era una casa lujosa, sino aquel rincón olvidado en los límites del barrio comercial: la vieja bodega abandonada que planeaba alquilar. Quería ver el local, medirlo con la vista y calcular cuántos meses más de trabajo oculto le tomaría reunir el depósito.

​Al llegar a la esquina, notó algo que no había visto a plena luz del día. Justo al lado de la oxidada santamaría de la vieja bodega, una pequeña ventana de madera emitía un resplandor cálido y anaranjado. Un aroma inconfundible y reconfortante inundaba la acera: el olor dulce, ácido y profundo de la levadura fermentando y la masa horneándose. Era una panadería artesanal, de esas que no tenían grandes letreros de neón, sino una clientela leal que compraba el pan al amanecer.

​Atraída por el calor y la luz, Diana se acercó. A través del cristal empañado por el contraste de temperatura, vio a una mujer de unos cincuenta años, con el cabello recogido en un moño blanco y un delantal enharinado, amasando vigorosamente sobre un mesón de acero inoxidable.

​Diana se quedó observando, hipnotizada por la cadencia de los movimientos. Había un paralelismo silencioso entre ambas. La paciencia requerida para trabajar la masa, dejar que la levadura actuara en su tiempo exacto sin apresurar la fermentación para lograr un pan tradicional perfecto, era idéntica a la paciencia que requería la alta costura: puntadas lentas, invisibles y precisas.

​De repente, la mujer levantó la vista y se topó con los ojos de Diana al otro lado del cristal. Lejos de asustarse, la panadera sonrió con naturalidad, se limpió las manos en el delantal y caminó hacia la puerta del local, abriéndola de un tirón. Una ráfaga de aire caliente y con aroma a trigo recién horneado golpeó el rostro de Diana.

​—¿Te perdiste, muchacha, o el olor a pan andino te sacó de la cama? —preguntó la mujer, con una voz ronca pero maternal.

​—No... yo, lo siento si la asusté. Solo pasaba por aquí —titubeó Diana, dando un paso atrás.

​—A las cuatro de la mañana nadie "solo pasa por aquí" a menos que esté huyendo de algo o buscando algo —replicó la mujer, apoyándose en el marco de la puerta—. Soy Marta. Llevo treinta años horneando en esta calle y conozco a todo el que camina por ella. Tú eres la hija del señor Arturo, el de la distribuidora. Helena era tu madre.

​Diana abrió los ojos, sorprendida por el reconocimiento.

​—Sí... soy Diana.

​—Tu madre me hizo los uniformes de la panadería cuando recién abrí. Costuras que duraron diez años de lavadas y harina —Marta miró el bolso de lona que Diana apretaba contra su pecho y luego desvió la vista hacia la vieja bodega de al lado—. Te vi el otro día mirando el local cerrado de Don Paco. Y ahora te veo rondando de madrugada con un bolso lleno. ¿Qué traes ahí, problemas o trabajo?

​Diana dudó. Confiar en un extraño era un riesgo inmenso, pero el instinto le decía que aquella mujer curtida por las madrugadas entendía el lenguaje del trabajo duro mejor que nadie en su propia casa.

​—Trabajo —respondió Diana, soltando el aire contenido—. Soy costurera, como mi madre. Tengo encargos muy importantes, vestidos de gala... pero en mi casa no puedo hacerlos. Mi familia no... no están de acuerdo. Me destruyeron un vestido hace un par de días. Necesito un lugar para que mis clientas envíen las prendas sin que lleguen a mi casa. Si descubren que gano dinero, me lo quitarán. Estoy intentando ahorrar para alquilar la bodega de al lado.

​Marta se quedó en silencio, escrutando a Diana de pies a cabeza con ojos afilados. La panadera sabía leer a las personas de la misma manera que sabía leer la textura de la masa. En los ojos de la joven no había codicia, había desesperación y una voluntad inquebrantable de sobrevivir.

​—La bodega de Paco pide seis meses de depósito por adelantado porque está llena de deudas de luz. Tardarás en juntar eso haciendo dobladillos —dijo Marta sin rodeos—. Pero te ofrezco un trato, costurera.




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