La luz amarillenta del extractor de la estufa proyectaba sombras alargadas sobre los azulejos de la cocina. El zumbido constante de la vieja nevera era el único sonido que competía con la respiración entrecortada de Diana. Sergio estaba sentado a la mesa, con la postura relajada de un depredador que sabe que su presa acaba de caer en la trampa. Giró el vaso de agua entre sus dedos, haciendo tintinear los hielos de forma pausada y calculada.
—Te hice una pregunta, Diana —insistió Sergio, arrastrando las sílabas—. Son las cinco de la mañana. Entras por la puerta de atrás con un bolso que no tenías cuando te fuiste a dormir. ¿Qué estás escondiendo? ¿Acaso la mosquita muerta tiene un secreto que no nos quiere contar?
Diana apretó la correa del bolso de lona con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa. Si Sergio descubría la gasa de seda que llevaba adentro, o si intuía que estaba recibiendo encargos a escondidas, correría a contárselo a Victoria. El plan de la bodega, el dinero bajo la tabla del suelo, todo se derrumbaría antes de siquiera empezar. Su instinto le pedía retroceder hacia la puerta, pero recordó el frío de las tijeras contra el cuello de su hermanastro el día anterior. No podía mostrar debilidad. No frente a él.
—No es asunto tuyo a dónde voy ni de dónde vengo, Sergio —respondió Diana, manteniendo la voz firme y un tono gélido—. Pero si tanta curiosidad tienes, salí a caminar porque me ahogaba en esta casa. Y aproveché de comprar el desayuno.
Sin apartar los ojos de él, Diana metió la mano libre en el bolso. Sus dedos rozaron la suave tela de seda en el fondo, pero buscaron rápidamente el paquete de papel que Doña Marta le había entregado. Lo sacó y lo dejó caer sobre la mesa de fórmica, justo frente a Sergio. El olor dulce, profundo y ácido de la levadura perfectamente fermentada, combinado con el calor del pan artesanal recién horneado, inundó la cocina, ahogando por un instante el olor a tabaco rancio que siempre acompañaba a su hermanastro.
Sergio parpadeó, desconcertado. Miró el paquete y luego la cara de Diana. Abrió el papel lentamente. Allí estaba, un pan andino dulce, con la corteza dorada y brillante, aún humeando ligeramente en el aire frío de la mañana. Era la coartada perfecta, un objeto físico e irrefutable que justificaba su presencia en la calle al amanecer.
—¿Pan? —Sergio soltó una risa seca, desprovista de humor, pero sus hombros perdieron un poco de tensión—. Estás cada día más loca, costurera. Salir a la calle a oscuras solo por un antojo de levadura y azúcar. Tienes suerte de que haya sido yo quien te escuchó entrar y no mi madre. Sabes cómo se pone si siente que alguien anda merodeando las puertas.
—No necesito tu protección ni la de nadie en esta casa. Solo hazte a un lado —dijo Diana, avanzando hacia el pasillo.
—Tranquila, primor —Sergio levantó las manos en un gesto de falsa rendición, arrancando un pedazo del pan y llevándoselo a la boca mientras ella pasaba por su lado—. Pero ten cuidado. La próxima vez que te vea escabulléndote de madrugada, tal vez decida seguirte para ver si realmente solo compras pan.
Diana no respondió. Le dio la espalda, sintiendo la mirada de Sergio clavada en su nuca, y caminó por el pasillo hasta su habitación. Cerró la puerta con seguro, apoyó la espalda contra la madera y se dejó resbalar hasta el suelo. El corazón le latía desbocado. Había estado a un segundo de perderlo todo. Escondió la tela en el fondo del armario bajo una pila de suéteres viejos y se metió en la cama con la ropa puesta, sabiendo que en menos de dos horas tendría que levantarse para preparar el desayuno de la familia, como si nada hubiera pasado.
Así comenzó la doble vida de Diana, una rutina agotadora que amenazaba con exprimirle hasta la última gota de energía física y mental, pero que también alimentaba su esperanza. Durante el día, era el fantasma habitual de la casa: limpiaba, cocinaba y soportaba en silencio las quejas de Malena y las órdenes de Victoria. Su padre seguía siendo una figura ausente, un hombre que prefería hundirse en los inventarios de su distribuidora antes que mirar la guerra fría que se gestaba en su propio comedor.
Pero en la noche, cuando el reloj de pared daba las dos de la madrugada, Diana renacía. Se escabullía por el callejón y corría bajo el frío hasta "La Espiga". Doña Marta siempre la esperaba con la puerta trasera de chapa metálica entreabierta y una taza de café negro sobre un barril de ingredientes. El cuarto de levado de la panadería se convirtió en su refugio y su nuevo taller. Era un espacio amplio, sofocantemente cálido, impregnado del aroma a masa madre, mantequilla y trabajo duro. Marta había limpiado meticulosamente una de las grandes mesas de acero inoxidable al fondo del local para que ella pudiera extender sus telas.
Era un ballet silencioso entre dos artesanas de mundos distintos. Mientras Marta amasaba con una fuerza rítmica, calculando los tiempos exactos de fermentación de la masa para lograr la corteza crujiente perfecta, Diana cortaba, medía y cosía a mano las sedas, linos y tafetanes de las mujeres más acaudaladas de la ciudad. El contraste era casi poético: en medio del rudo ambiente de los hornos industriales y los sacos de harina de cincuenta kilos, nacían los vestidos más delicados y sofisticados. Doña Marta jamás hizo preguntas sobre el origen de las prendas, y Diana jamás interfirió con las bandejas de horneado. Compartían un respeto mutuo y tácito, el código de acero de las mujeres que saben que nadie más va a luchar sus batallas.
En dos semanas de madrugadas, Diana entregó tres vestidos complejos y confeccionó los pesados delantales prometidos para su nueva aliada. La vieja caja de galletas de hojalata, escondida bajo la tabla suelta de su habitación, comenzó a sentirse pesada. Cada fajo de billetes que añadía era un bloque más para el muro que la separaría de su familia. Ya tenía casi tres cuartas partes del depósito exigido por la dueña de la vieja bodega abandonada. Solo necesitaba un encargo grande más. Uno solo.