Entre Hilos Y Espinas 1

Capítulo 13: El punto de quiebre y una presencia inesperada

​La habitación principal se convirtió en un escenario de escombros emocionales. Arturo, con los documentos desplegados sobre la cama, parecía haber envejecido diez años en apenas un minuto. Victoria, al ver que su fachada se desmoronaba, pasó del pánico a una furia incontrolable, lanzando insultos venenosos hacia Diana, quien permanecía impasible cerca de la puerta, con la dignidad que solo otorga haber dejado de tener miedo.

​—¡Es un montaje, Arturo! ¡Esta niña ha falsificado todo para destruir a la familia que te ha dado felicidad! —chillaba Victoria, con el rostro descompuesto—. ¡Diana, te odio! ¡Desde el primer día supe que serías la ruina de este hogar!

​—¡Basta! —rugió Arturo, golpeando la cómoda con tal fuerza que la lámpara vibró. Su voz no era la de un hombre cansado, sino la de uno que acaba de despertar de un coma—. Victoria, llama a tu hija. Vamos a hablar de esto. Ahora.

​Diana no esperó a ver el desenlace. Salió de la habitación, sintiendo una mezcla de alivio y una soledad abrumadora. Se refugió en el taller, cerrando la puerta con el nuevo cerrojo. Sin embargo, no era el lugar seguro de antes. El ambiente se sentía pesado, cargado con la estela de la confrontación. Sabía que Victoria, acorralada, sería más peligrosa que nunca.

​Al día siguiente, la casa era un hervidero de silencios punzantes. Arturo había exigido una auditoría privada de la distribuidora y Victoria se paseaba como un animal enjaulado, planeando cómo darle la vuelta a la situación. Fue entonces cuando, para alejarse del caos, Diana decidió ir temprano a la panadería de Doña Marta.

​Al doblar la esquina, un vehículo oscuro, un todo terreno de color gris mate, bloqueaba parte de la acera frente a "La Espiga". Un hombre estaba recostado contra el capó. Parecía haber sido esculpido con ángulos afilados: mandíbula marcada, cabello oscuro desordenado y una mirada de hielo que parecía medir el peso de cada persona que cruzaba la calle. Vestía una chaqueta de cuero pesada y botas de trabajo llenas de barro.

​Era Julián. El nuevo dueño del taller mecánico que acababa de abrirse a dos locales de distancia de la panadería. Se decía en el barrio que era un tipo de pocas palabras, con un carácter tan volátil como la gasolina y una habilidad para la mecánica que rayaba en lo sobrenatural.

​Diana intentó pasar de largo, bajando la mirada hacia sus zapatos. Pero, al llegar a la altura del todoterreno, una voz profunda y rasposa la detuvo en seco.

​—Vas a dejarte los pies en el suelo si sigues caminando así de tensa. O quizás es que el mundo entero te debe algo.

​Diana se detuvo, confundida por la agresividad gratuita. Levantó la vista y se encontró con un par de ojos color ceniza que no parpadeaban. El hombre no sonreía. Su expresión era de una hostilidad contenida, como si estuviera a punto de empezar una pelea o salir corriendo.

​—No te conozco —respondió Diana, intentando recuperar su compostura habitual—. Y no te he pedido opinión sobre mi forma de caminar.

​Julián se despegó del vehículo con una lentitud que le dio tiempo a Diana de notar la cicatriz que cruzaba su ceja izquierda.

​—Soy Julián. El del taller. Y no me importa quién seas, pero la próxima vez que alguien te siga por el callejón con intención de hacerte daño, no seas tan idiota de intentar resolverlo tú sola.

​Diana se quedó helada. —¿Qué? ¿Cómo sabes eso?

​—Tengo ojos, y tengo oídos —escupió él, cruzándose de brazos. Sus bíceps tensaron la tela de su camiseta negra—. Vi al idiota de tu hermanastro rondando la panadería ayer. Si vuelve a ponerte un dedo encima o intenta intimidarte, te aseguro que le voy a romper cada uno de los huesos que le sirven para andar presumiendo. No soy de los que piden permiso.

​Diana sintió un escalofrío. La brutalidad de sus palabras debería haberla asustado, pero en su lugar, le produjo una confusión extraña. Era un tipo peligroso, alguien con quien claramente nadie quería cruzarse, pero por alguna razón, sus ojos seguían fijados en ella con una intensidad que no era precisamente de odio.

​—No necesito un guardaespaldas —respondió Diana, aunque su voz sonó más débil de lo que quería—. Y menos uno que parece haber salido de una pelea de bar.

​Julián soltó una carcajada seca, sin una pizca de alegría. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Diana pudo oler el aroma a aceite de motor, tabaco y un toque terroso.

​—No soy un guardaespaldas. Solo odio a la gente abusiva. Y por lo que veo, a ti te sobran motivos para odiar el mundo. ¿Qué pasa, costurera? ¿Te da miedo hablar con alguien que no te trate como una muñeca de trapo?

​Diana abrió la boca para contestarle algo hiriente, algo que pusiera a este hombre tan "jodido" en su lugar, pero las palabras se le quedaron atascadas. Había algo en esa mirada desafiante, algo profundamente roto que resonaba con el vacío que ella misma sentía desde que perdió la caja de ahorros. Era un hombre difícil, insoportable y agresivo, y sin embargo, por primera vez en semanas, se sintió vista.

​—Eres un tipo increíblemente desagradable —dijo ella, retirándose un paso.

​—Lo sé —respondió él, encogiéndose de hombros mientras volvía a recostarse en su vehículo—. Pero si quieres llegar viva a ver el resto de tu historia, será mejor que te acostumbres a mi compañía.

​Diana le dio la espalda y entró a la panadería, sintiendo que su corazón latía de una manera extraña, una mezcla de irritación absoluta y una curiosidad que la asustaba. Doña Marta, que observaba la escena desde el mostrador, se limitó a sonreír con complicidad mientras Diana entraba.

​—Ese chico tiene un carácter de mil demonios, Diana —comentó Marta, sirviéndole un café—. Pero es el único en este barrio que no tiene miedo de ensuciarse las manos por alguien más.

​Diana no respondió. Mientras comenzaba a preparar sus herramientas, se encontró mirando hacia el cristal de la panadería. Julián seguía allí, inmóvil, observando la calle como si estuviera protegiendo algo que no le pertenecía. A pesar de su carácter indomable y esa actitud de "no me importa nadie", había algo en él que la obligaba a querer entender qué se escondía detrás de esa mirada de hielo.




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