Entre Hilos Y Espinas 1

Capítulo 14: Un roce con el fuego

La mañana siguiente en la casa no fue más calmada; al contrario, la atmósfera era eléctrica, cargada de los restos de la tormenta de la noche anterior. Victoria no salía de su habitación, pero su ausencia se sentía en cada rincón, como el silencio antes de un impacto. Arturo se había ido temprano, dejando una nota breve que apenas se podía leer por la caligrafía temblorosa, indicando que pasaría el día en los almacenes revisando las cuentas.

​Diana, aprovechando la tregua, se dirigió a la panadería. Sus pensamientos estaban ocupados por Julián. Se sentía estúpida por haber buscado su coche al pasar, pero la forma en que él la había mirado, como si pudiera ver a través de todas sus capas de defensa, la había dejado desarmada.

​Al llegar a la acera, encontró a Malena esperando, apoyada contra la pared de la casa, luciendo uno de los vestidos que Diana había tenido que remendar bajo amenaza. No estaba sola; tenía a dos de sus amigas de la universidad, chicas de risas estridentes que miraban a Diana con una mezcla de lástima y desprecio.

​—Mira quién viene ahí —dijo Malena, su voz goteando veneno—. La cenicienta de barrio, regresando de sus "madrugadas de trabajo". ¿Qué tal el pan, Diana? ¿Te pagan bien por ser el recadero de la panadera?

​Sus amigas soltaron una carcajada forzada. Diana intentó ignorarlas, apretando el paso para entrar por el callejón de servicio de "La Espiga". Pero Malena no estaba dispuesta a dejarla ir tan fácilmente. Se interpuso en su camino, su rostro transformándose en una mueca de puro odio.

​—Ayer escuché gritar a mi madre. Sé que te metiste en su maletín, pequeña rata. Vas a desear no haber nacido cuando ella termine contigo. Papá ya no te va a proteger, él ya sabe la clase de alimaña que eres.

​Diana se detuvo. Ya no sentía el miedo de antes; lo que sentía era una claridad absoluta.

​—Tu madre no está enojada porque yo sea una rata, Malena. Está enojada porque por fin la pillaron robando. Deberías preocuparte menos por mí y más por cuánto tiempo te queda viviendo en esta casa con ese apellido que tanto te gusta lucir.

​El rostro de Malena se puso rojo, luego pálido. Levantó la mano con la intención de abofetearla, pero antes de que pudiera completar el movimiento, una mano grande y callosa se cerró sobre su muñeca con una presión firme pero controlada.

​Malena lanzó un grito ahogado. Julián estaba allí, parado a centímetros de ella. No había hecho ruido al acercarse; parecía haber surgido de la nada, con su chaqueta de cuero negra y esa mirada que no tenía nada de humana.

​—Suéltame, imbécil, ¿quién te crees que eres? —chilló Malena, intentando liberarse, pero la mano de Julián no cedió ni un milímetro.

​—Soy el tipo que no tiene paciencia para las chicas malcriadas que se creen dueñas de la calle —dijo Julián. Su voz no era un grito, era un susurro frío que hizo que las amigas de Malena retrocedieran instintivamente—. Si vuelves a levantarle la mano, te aseguro que tu próximo vestido va a ser un uniforme de hospital.

​Julián soltó la muñeca de Malena con un movimiento brusco, haciéndola tambalearse. Las chicas, aterrorizadas por la presencia física y la aura violenta del mecánico, no dijeron una palabra y tiraron de Malena para alejarla de allí, lanzando miradas de pánico hacia el tipo de la chaqueta de cuero.

​Diana se quedó paralizada. Su corazón latía contra sus costillas, pero no por el miedo a Malena. Julián se giró hacia ella. Su expresión hostil no cambió ni un ápice, pero hubo un segundo, apenas un parpadeo, en el que sus ojos recorrieron el rostro de Diana buscando algún indicio de que estaba bien.

​—Te dije que te acostumbraras a mi compañía —dijo él, metiéndose las manos en los bolsillos.

​—No... no tenías por qué hacer eso —respondió Diana, tratando de recuperar el aire—. Solo habrías empeorado las cosas. Ahora Malena le dirá a Victoria, y ella le dirá a mi padre...

​—Que se pudran todos —interrumpió Julián, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Tienes que aprender a golpear primero, Diana. Si esperas a que ellos den el paso, siempre vas a estar enterrada.

​—¿Por qué? —preguntó ella, desafiándolo—. ¿Por qué te metes? No te importa lo que me pase.

​Julián se quedó callado un momento. La mandíbula se le tensó, y por un instante, la máscara de "tipo duro" pareció resquebrajarse.

​—Porque el mundo ya tiene suficientes imbéciles ganando —soltó finalmente, dándose la vuelta—. Y porque me gusta llevar la contraria.

​Diana lo vio alejarse hacia su taller. Sus piernas se sentían como gelatina. Sabía que acercarse a Julián era caminar directamente hacia un incendio, que su carácter jodido solo traería más complicaciones a una vida que ya era un campo minado. Pero, mientras lo veía entrar a su taller mecánico, sintió algo que no había experimentado en años: la seguridad de que, por primera vez, alguien estaba de su lado.

​Y, aunque no quería admitirlo, le gustaba que ese alguien fuera alguien tan peligrosamente indomable.

​Entró a la panadería, sintiendo que la guerra en su casa estaba a punto de volverse mucho más personal, y que, de alguna manera, Julián se había convertido en su aliado más inesperado y, al mismo tiempo, en su mayor tentación.




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