Entre Hilos Y Espinas 1

Capítulo 15: La grieta en la armadura

La calma de la noche fue el escenario perfecto para que el plan de Diana tomara forma definitiva. Ya no se trataba de huir en secreto; se trataba de provocar el colapso del sistema que la mantenía prisionera. Mientras el reloj de la casa marcaba las dos de la mañana, Diana no estaba en la panadería, ni siquiera estaba durmiendo. Estaba sentada en el suelo de su habitación, con las fotografías del teléfono impresas —gracias a la ayuda de una imprenta rápida cerca de la universidad— y una lista de contactos que había logrado recopilar observando las llamadas de Victoria.

​Sin embargo, su mente seguía volviendo al mecánico de la calle de al lado. Las palabras de Julián, “tienes que aprender a golpear primero”, le habían dado una perspectiva diferente.

​Al amanecer, Diana decidió hacer algo que jamás habría imaginado: fue al taller de Julián. El local estaba abierto, inundado por el sonido metálico de herramientas golpeando y un hilo de rock clásico que sonaba en una radio antigua. Julián estaba bajo el chasis de una camioneta vieja, con las manos manchadas de grasa hasta los codos. Al ver los pies de Diana entrar en su espacio, salió de debajo del vehículo con una agilidad felina, limpiándose las manos con un trapo sucio.

​—Te dije que no vinieras aquí —gruñó, aunque su mirada no era tan gélida como el día anterior—. Este no es un lugar para costureras.

​—Necesito un favor —dijo Diana, ignorando su hostilidad—. Y sé que odias a la gente que abusa de su poder.

​Julián se quedó callado, observándola fijamente. Sus ojos escaneaban el rostro de Diana, como si estuviera buscando la mentira o la debilidad. Suspiró con pesadez, dejó la herramienta sobre la mesa y se acercó.

​—Dime qué clase de desastre has armado ahora —respondió, con ese tono cínico que parecía ser su segunda lengua.

​Diana le tendió una de las fotografías del maletín. Julián la tomó, la observó durante unos segundos y un silbido escapó de sus labios. La sonrisa que esbozó no fue de burla, sino de respeto.

​—Victoria está desviando los fondos de la distribuidora. Mi padre no tiene idea, pero está a punto de perder la empresa y quedar con todas las deudas. Si yo hago esto público, la familia colapsa, pero no sé cómo hacerlo sin que Victoria me encuentre primero y me destruya.

​Julián dejó el papel sobre la mesa y miró a Diana. Por primera vez, no vio a la muchacha sumisa que limpiaba casas. Vio a alguien que estaba dispuesta a incendiar su mundo para sobrevivir.

​—Si quieres quemar su imperio, no puedes hacerlo desde adentro —dijo él, con una voz mucho más baja—. Tienes que hacerlo desde el punto más débil. Victoria no tiene miedo de Arturo, tiene miedo de perder su estatus. Si ella pierde el control de los libros contables, pierde su escudo.

​—¿Cómo lo sabes?

​Julián se encogió de hombros, evitando su mirada. —¿Conozco a gente como ella. Todos tienen una grieta. La suya es su codicia.

​Durante la siguiente hora, Julián no le dio un arma, le dio un plan. Le explicó cómo los bancos privados manejan las auditorías externas y cómo, si se enviaba una "denuncia anónima" con pruebas a la junta directiva de la distribuidora de su padre, Victoria no tendría forma de ocultar el fraude antes de que fuera demasiado tarde.

​—¿Por qué me ayudas? —preguntó Diana, sintiendo que el aire entre ellos se volvía más denso.

​Julián se acercó tanto que ella pudo sentir el calor de su piel. Su carácter jodido, su actitud defensiva, todo parecía desmoronarse ante la necesidad de protegerla.

​—Porque alguien tenía que enseñarte a pelear —respondió él, rozando ligeramente la punta de sus dedos con la mano de ella. Fue un contacto breve, una chispa eléctrica que hizo que Diana contuviera el aliento—. No porque seas especial, costurera. Sino porque odio que la gente como tú termine perdiendo contra gente como ellos.

​Diana se alejó, sintiendo que el corazón le latía desbocado. Sabía que Julián era una espina en su costado, alguien que complicaba su existencia, pero ahora, en medio de su plan de venganza, él era el único que le ofrecía una salida.

​Esa tarde, al regresar a casa, el ambiente era una olla a presión. Arturo estaba en la sala, con el rostro desencajado y el teléfono en la mano. Victoria estaba en la cocina, rompiendo platos en un ataque de histeria, y Malena no paraba de llorar en el sofá.

​La auditoría había llegado. Y, como Diana había planeado, la primera factura con el nombre de Victoria era la pieza que iniciaba el dominó. La costurera entró a la casa, dejó su bolso sobre la mesa y, mientras veía cómo la vida de sus verdugos se desmoronaba en tiempo real, sintió el peso de la decisión que había tomado.

​Había golpeado primero. Y no pensaba parar hasta que no quedara ni un solo hilo de la mentira que había definido su vida.




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