Entre Hilos Y Espinas 1

Capítulo 16: Entre el fuego y el silencio

La casa era ahora una carcasa vacía, un escenario de gritos ahogados y maletas que se preparaban en el piso de arriba. El estallido de la auditoría había sido tan rápido que Victoria no había tenido tiempo de maquinar su defensa; estaba atrapada, encerrada en su propio dormitorio mientras Arturo, con una calma espeluznante que asustaba más que los gritos, llamaba a los abogados.

​Diana no quería estar allí. El aire en los pasillos se sentía denso, contaminado por años de resentimiento. En cuanto pudo, se deslizó hacia afuera. Pero esta vez, el callejón de servicio no se sentía seguro. Los hombres que trabajaban con Victoria —sus "contactos" de la distribuidora— no eran hombres de negocios; eran matones de poca monta que no dudarían en intimidar a la "hija soplona" para proteger sus intereses.

​Sin pensarlo, corrió hacia el taller mecánico.

​La persiana metálica estaba medio bajada, una rendija de luz que revelaba a Julián trabajando bajo una lámpara halógena. Diana se deslizó por debajo, agachándose. Julián, que estaba soldando una pieza de metal, levantó la careta protectora al instante. Sus ojos, rodeados de marcas de grasa, se entrecerraron.

​—Te dije que no vinieras aquí —dijo él, aunque su voz carecía de su habitual filo cortante—. Hay gente rondando la zona. Si te vieron salir de casa...

​—No me vieron —respondió Diana, con la respiración entrecortada. Se dejó caer sobre un viejo asiento de auto en un rincón, rodeada de neumáticos y piezas de motor—. Todo está explotando. Arturo los ha bloqueado. Victoria está... está fuera de sí.

​Julián apagó el equipo de soldadura. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el goteo rítmico de un grifo al fondo del taller. Él caminó hacia ella, sus botas resonando sobre el cemento. Se detuvo a un par de metros, limpiándose las manos con un trapo, observándola con esa mirada indescifrable que parecía analizar cada fibra de su ser.

​—No deberías estar sola —murmuró Julián. Su carácter jodido, esa actitud de defensa constante que le impedía ser amable, parecía haberse disipado por el cansancio del día—. Si ellos intentan algo contra ti, no van a tocar la puerta principal.

​Diana levantó la vista. La luz de la lámpara halógena bañaba el rostro de Julián en un halo dorado, suavizando sus facciones duras. Por un segundo, la hostilidad que siempre proyectaba —esa muralla que decía «no me toques, no me mires»— se agrietó. Vio algo más: una soledad que le resultaba familiar. Una soledad que no era falta de compañía, sino una cicatriz.

​—¿Por qué te importa tanto? —preguntó Diana, acercándose un poco más.

​Julián soltó el trapo, dejó que cayera al suelo y se acercó, invadiendo ese espacio vital que ella siempre trataba de mantener entre ambos. Su presencia era abrumadora, el olor a metal y sudor mezclado con algo más profundo, algo eléctrico.

​—Porque eres la primera persona en años que no mira hacia otro lado cuando las cosas se ponen feas —dijo él, su voz casi un susurro, áspera y directa—. Todos en este barrio me tienen miedo, o me tienen lástima. Tú... tú me tratas como si fuera un problema que quieres resolver.

​Diana contuvo el aliento. Sus rostros estaban tan cerca que podía contar las pestañas de él. El carácter de Julián era una tormenta, una fuerza impredecible que la atraía como un imán. Él no era un caballero de cuento de hadas; era un tipo roto, defensivo y peligrosamente intenso. Y, en ese momento de calma tensa, ella comprendió que esa intensidad era exactamente lo que ella necesitaba para dejar de ser la víctima de su historia.

​Él extendió la mano, sus dedos callosos rozando apenas la línea de la mandíbula de Diana. No fue una caricia suave; fue un contacto urgente, casi una posesión. Sus ojos, color ceniza, la escudriñaron con una vulnerabilidad que él trataba de ocultar bajo su armadura.

​—Esta es una mala idea, costurera —advirtió él, aunque no se apartó. Al contrario, su pulgar se deslizó hacia su labio inferior, obligándola a mirarlo a los ojos—. Si empezamos algo aquí, en medio de esta basura, no hay vuelta atrás. No sé cómo ser "amable" contigo. No sé cómo quererte sin que sea un desastre.

​—No quiero que seas amable —respondió Diana, con la voz firme—. Quiero que seas real.

​Julián lanzó un suspiro que sonó a derrota. Acortó el último centímetro que los separaba, rozando sus labios contra los de ella en un beso que sabía a hierro, a rabia y a una desesperación contenida por años. Fue un beso torpe al principio, lleno de la urgencia de dos personas que habían estado peleando contra el mundo toda su vida, pero luego, el ritmo cambió. Se convirtió en una promesa silenciosa, en un refugio contra la tormenta que los esperaba afuera.

​Se separaron solo lo suficiente para respirar. Julián apoyó su frente contra la de ella, sus manos aferrando los costados de su cintura, como si fuera lo único sólido en un mundo que se caía a pedazos.

​—Tienes toda una guerra esperándote afuera —murmuró él contra sus labios—. Pero esta noche, la guerra se queda fuera de mi taller.

​Diana cerró los ojos, permitiéndose ese instante de paz. Sabía que al amanecer la vida volvería a ser un campo de minas, que Victoria no se iría sin intentar quemar todo lo que ella había construido, y que enamorarse de un hombre con el carácter de Julián sería, posiblemente, el reto más grande de su vida. Pero, mientras sus manos se enredaban en la chaqueta de cuero de él, supo que, por primera vez, no le importaba el caos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.