La calma en el taller se rompió con el sonido de un motor acelerando a fondo en el callejón. Diana se separó de Julián, sintiendo el aire frío de la madrugada golpearle el rostro como una bofetada de realidad. Julián no perdió un segundo; su actitud cambió instantáneamente, pasando del hombre vulnerable al guerrero defensivo. Se colocó frente a ella, ocultándola tras su cuerpo mientras tomaba una llave inglesa pesada de la mesa.
—Quédate detrás de la caja de herramientas —ordenó, con una voz que no admitía réplicas.
La puerta del taller no fue forzada; fue golpeada con una violencia que hizo saltar las bisagras. No eran matones. Era Arturo. Entró al taller con los ojos inyectados en sangre, sosteniendo un fajo de papeles en una mano y una expresión de horror absoluto. Detrás de él, no estaba Victoria, sino la policía.
—¡Diana! —rugió Arturo, ignorando la presencia de Julián—. ¡Dime que no es cierto! ¡Dime que todo esto es una farsa!
Diana salió de su escondite, obligándose a mantener la mirada fija en su padre. Arturo le lanzó los papeles a los pies. Eran fotografías de la cuenta bancaria de Victoria, pero también había algo más: un contrato de venta de la casa y del taller de costura, firmado por la propia Diana.
—¿Qué es esto? —preguntó Diana, sintiendo que el suelo se movía.
—Tu "madre" nos ha denunciado a ambos, Diana —la voz de Arturo se quebró—. Dice que tú manipulaste sus cuentas para robar dinero y que ella es la víctima. Ha vaciado las cuentas reales, ha vendido la casa a una constructora fantasma y... se ha llevado a Malena. No están. La policía tiene una orden de detención contra ti por fraude informático.
El silencio en el taller fue absoluto. Julián dejó caer la llave inglesa; el sonido metálico resonó como una campana de ejecución. Victoria no solo había huido; había trazado un mapa perfecto para que Diana cargara con todos sus crímenes.
Julián dio un paso al frente, interponiéndose entre Diana y los oficiales que empezaban a entrar al taller.
—Ella no ha hecho nada —gruñó Julián, su carácter jodido volviéndose una amenaza física—. Todo lo que ven aquí es una trampa de una mujer que sabe cómo manipular a los jueces.
—Julián, no —susurró Diana, tocándole el brazo. Sabía que si él intentaba pelear, terminaría en la cárcel junto a ella.
La policía rodeó el espacio. Diana miró a su padre, cuya confusión era ahora tan profunda que parecía un hombre derrotado, y luego miró a Julián. La determinación en los ojos del mecánico le decía que él estaba dispuesto a encender el mundo entero para sacarla de ahí.
—Señorita, tiene que venir con nosotros —dijo uno de los oficiales.
Diana caminó hacia ellos, pero antes de ser esposada, Julián la agarró del brazo, obligándola a mirarlo.
—No te preocupes por la bodega, ni por el dinero —le susurró al oído, una promesa envuelta en rabia contenida—. Voy a encontrarla. Voy a rastrear cada centavo que se robó y voy a traerla de vuelta para que confiese. Solo mantente callada. No les des nada.
Cuando Diana fue subida al patrullero, su última visión no fue su casa destruida, ni la mirada perdida de su padre, sino la silueta de Julián, bajo la luz mortecina del taller, sacando un teléfono satelital que Diana nunca le había visto usar. El hombre que ella creía un simple mecánico estaba llamando a alguien, y su expresión era la de un hombre que controlaba un submundo que ella apenas empezaba a sospechar.
La patrulla arrancó. Diana iba camino a un calabozo, acusada de crímenes que no cometió, mientras Victoria, en algún lugar del país, celebraba su victoria definitiva. Pero Diana, mientras miraba sus propias manos, recordó algo que había escondido en el dobladillo de su chaqueta la noche anterior: una copia de seguridad, el único archivo que Victoria no pudo destruir.