El oficial regresó a la celda en menos de diez minutos. No dijo una palabra, pero su rostro era una máscara de asombro absoluto. Abrió la puerta y le hizo un gesto a Diana para que saliera. No la llevó a la sala de interrogatorios, sino a la oficina del jefe de la unidad.
Allí, sobre un escritorio, había un ordenador portátil. Julián estaba de pie junto a él, con los nudillos blancos de tanto apretar el borde de la mesa. Estaba sudado, con la ropa llena de grasa, y cuando vio a Diana entrar, sus ojos cenicientos brillaron con una intensidad feroz.
—Ponlo —ordenó Julián al oficial.
El sonido llenó la oficina. Era la voz de Victoria, clara, soberbia y llena de veneno. Estaba hablando por teléfono con uno de los prestamistas que habían financiado su huida.
"Arturo es un imbécil. Cree que es una auditoría interna, no tiene idea de que ya tengo los títulos de propiedad a nombre de una sociedad offshore. En cuanto aterricemos en la frontera, Diana será el chivo expiatorio perfecto. La policía la encontrará con las manos en la masa. Nadie le creerá a una costurera huérfana cuando presente los documentos falsificados que preparé".
Diana sintió un escalofrío, pero no de miedo. Era la confirmación que necesitaba. Julián la miró y, por un segundo, el mecánico "jodido" permitió que una sonrisa triunfal cruzara su rostro.
—Eso no es todo —dijo Julián, señalando la pantalla—. Mientras ellos escuchaban, rastreamos la señal del dispositivo. Victoria no está en la frontera. Está en el hangar privado que Arturo compró el año pasado. Ella cree que es un sitio seguro, pero olvidó que yo mismo instalé el sistema de seguridad de ese hangar hace dos años, cuando Arturo me contrató para los camiones pesados.
Diana miró a Julián, atónita. —Tú... ¿tú conoces ese lugar?
—Me sé cada cámara, cada sensor y cada salida de emergencia —dijo él, acercándose a ella. El oficial de policía miraba la escena, superado por la eficiencia de aquel mecánico—. Diana, el archivo que enviaste a la nube no solo tiene grabaciones. Tiene las firmas digitales de los documentos falsos con la dirección IP de su propio ordenador. Está acabada.
—¿Por qué no la arrestan ya? —preguntó Diana.
—Porque ella está esperando a Malena —dijo el oficial, interviniendo—. La hija llegará en una hora para el vuelo. Si entramos ahora, Victoria podría tomar a Malena como rehén o destruir la evidencia restante. Necesitamos que alguien que ella no espere entre allí y asegure el servidor principal.
Diana y Julián se miraron. En ese silencio, se comunicaron cosas que las palabras no podían expresar. Diana no era una espía, pero era la única persona que Victoria no vería venir hasta que fuera demasiado tarde.
—Yo iré —dijo Diana.
—Ni de broma —saltó Julián, su carácter protector encendiéndose como una mecha—. Es peligroso.
—Ella me subestimó siempre, Julián. Eso es lo que la va a matar —Diana se giró hacia el oficial—. Denme un micrófono oculto y una señal para su equipo. Si entro yo, ella no sospechará hasta que tenga las manos esposadas.
Julián apretó la mandíbula, luchando contra su instinto de encerrarla en una caja de seguridad y no soltarla nunca. Finalmente, puso una mano sobre el hombro de ella. El contacto fue eléctrico, una descarga que le dio a Diana la fuerza para enfrentar lo que venía.
—Si algo le pasa —dijo Julián, mirando al oficial con ojos asesinos—, no va a quedar piedra sobre piedra en esta comisaría.
—Estaré bien —le susurró Diana a Julián, rozando sus nudillos con los suyos—. Pero necesito que me cubras desde afuera. Si Victoria intenta escapar por la pista, necesito que su coche no llegue ni a la salida del hangar.
Julián asintió, su rostro volviéndose de piedra. —Cuenta con ello.
Diana salió de la comisaría subida en un vehículo sin identificación. El viento de la noche le golpeaba el rostro, pero ella no sentía frío. Tenía el control. El hilo que ella misma había cosido en el vestido de Victoria se había convertido en una soga que se cerraba sobre el cuello de su madrastra.
Mientras el hangar aparecía en el horizonte, iluminado por luces de halógeno, Diana supo que no solo iba a recuperar su libertad. Iba a recuperar su vida. Y esta vez, nada, ni siquiera el carácter destructivo de su pasado, iba a detenerla.