El hangar 4 era una catedral de acero y sombras. El eco de los tacones de Victoria sobre el hormigón frío sonaba como disparos en el silencio absoluto de la madrugada. Diana, oculta tras una pila de contenedores de carga, apenas se atrevía a respirar. Su corazón golpeaba sus costillas, pero no era miedo lo que sentía; era la adrenalina helada de una mujer que ha dejado de ser una víctima para convertirse en el arma que ajusticiará a su enemigo.
Victoria caminaba hacia el jet privado con la arrogancia de quien ya se siente libre. Lucía un vestido esmeralda de corte impecable, una pieza que Diana había ajustado personalmente una semana atrás. A simple vista, era una prenda de lujo; para Diana, era el caballo de Troya.
—Date prisa —masculló Victoria a su teléfono, impaciente—. Si el piloto no despega en diez minutos, juro que lo haré enterrar en la misma zanja donde dejé los documentos de Arturo.
Diana activó el receptor pequeño que ocultaba en la palma de su mano. La señal era perfecta. En la comisaría, a kilómetros de distancia, Julián y el equipo de investigación estaban escuchando cada una de las palabras de la mujer que había destrozado su hogar.
—Victoria —la voz de Diana resonó en el hangar, amplificada por el sistema de megafonía que ella misma había saboteado minutos antes.
Victoria se detuvo en seco. Se giró, escaneando la penumbra con ojos de serpiente. No se veía intimidada; se veía furiosa.
—¿Diana? ¿De verdad crees que esto te va a salvar? —se burló Victoria, su voz cargada de un desprecio absoluto—. Eres una costurera, una nulidad. Arturo ya ha firmado los papeles de la auditoría. Si no apareces, él asumirá que te llevaste el dinero. Si apareces, te verás como la única culpable. Es tu palabra contra la mía, y yo soy la señora de la casa.
Diana salió de las sombras, caminando lentamente hacia la luz cenicienta que se filtraba por las claraboyas.
—Ya no hay "señora de la casa", Victoria. Hay una estafadora con un micrófono escondido en el bajo de su vestido favorito.
Victoria palideció. Sus manos fueron instintivamente a la costura del vestido. Diana sonrió, una sonrisa carente de calidez.
—No intentes arrancarlo. La señal ya está en la nube. Todo lo que has dicho desde que saliste de casa está registrado. Cada fraude, cada desvío de dinero, cada nombre de tus cómplices. Incluso esa conversación sobre cómo planeabas deshacerte de mi padre una vez que el seguro de vida estuviera a tu nombre.
Victoria dio un paso hacia ella, con una expresión asesina. —¡Te voy a matar!
—Ya es tarde.
De repente, el hangar se iluminó con el destello de múltiples sirenas. Las puertas corredizas se abrieron de par en par, y un equipo de fuerzas especiales entró al recinto, rodeando a Victoria en cuestión de segundos. La mujer intentó correr hacia el jet, pero Julián, que había irrumpido en la pista con una furgoneta de carga, bloqueó el paso de la aeronave, descendiendo del vehículo con una mirada que prometía un infierno personal si ella intentaba algo.
Victoria cayó de rodillas cuando los oficiales le pusieron las esposas. El vestido esmeralda se ensució con el polvo del suelo. Diana caminó hacia ella, deteniéndose a unos pasos de distancia.
—Me enseñaste que, para sobrevivir, hay que ser paciente —dijo Diana, mirando a su madrastra desde arriba—. Pero olvidaste que las costureras saben algo que tú nunca entenderás: cada hilo tiene un final. Y el tuyo acaba de ser cortado.
Victoria lanzó un grito de pura rabia, pero fue arrastrada hacia los vehículos policiales. Diana se quedó sola en medio del hangar. El silencio regresó, pero era diferente. Era un silencio limpio.
Julián se acercó a ella. Su chaqueta de cuero estaba manchada de aceite y su rostro mostraba marcas de la lucha, pero sus ojos, al encontrar los de ella, se suavizaron. Se detuvo frente a Diana, dudando un instante antes de extender su mano callosa para apartarle un mechón de pelo de la frente.
—Lo hiciste —murmuró él, con una voz ronca que le provocó un escalofrío—. Golpeaste primero.
—Lo hice por los dos —respondió ella, dejando que su cabeza descansara por un segundo contra el hombro de él. El aroma a motor y fuerza la envolvió, y por primera vez en toda su vida, se sintió a salvo.
—Esto no ha terminado, Diana —advirtió Julián, aunque su mano la rodeó por la cintura con firmeza—. Ahora viene la parte en la que Arturo descubre todo, y donde Malena, que ha desaparecido con los últimos ahorros, se convierte en el nuevo problema.
Diana cerró los ojos, permitiéndose ese pequeño triunfo. Sabía que Julián tenía razón, que la estela de destrucción que Victoria había dejado todavía tenía ramificaciones, pero ya no estaba sola. La "costurera sumisa" se había ido, y en su lugar, había quedado una mujer que estaba dispuesta a todo para proteger lo que le pertenecía.