El amanecer trajo consigo una claridad cruel. La mansión, que durante años había sido el símbolo del estatus de Victoria, parecía ahora un escenario desierto y frío. Arturo estaba sentado en el salón principal, rodeado de cajas de documentos contables y los informes que la policía había facilitado tras la detención. Cuando Diana entró, acompañada por Julián, el hombre que ella recordaba como su padre parecía haber desaparecido; en su lugar, había un anciano roto por la traición.
—Arturo —dijo Diana, deteniéndose a una distancia prudente.
Él levantó la vista. Tenía los ojos hundidos, marcados por noches sin sueño y el peso de una vida de engaños.
—Todo era mentira, Diana —susurró él, dejando caer un fajo de facturas sobre la mesa—. Mi empresa, mis ahorros, incluso los años que pasamos juntos... Victoria lo orquestó todo para que yo fuera su garante. Ahora la distribuidora está en bancarrota técnica. Los bancos vienen por la casa. Por todo.
Julián, que se había mantenido en un segundo plano como una sombra imponente, dio un paso adelante. Sus ojos recorrieron la sala con una frialdad analítica, como si estuviera evaluando los daños de un motor fundido.
—No se trata solo de dinero, Arturo —dijo Julián, con esa voz áspera que no conocía de protocolos—. Victoria tenía contactos. Gente que no juega con el código penal. Si ella cae, va a intentar arrastrar a quien sea para negociar su sentencia.
Diana se acercó a su padre y le puso una mano en el hombro. Era un gesto extraño, después de tanto tiempo de distancia, pero necesario.
—Papá, tenemos que hablar de Malena —dijo ella, con firmeza—. Sé que ella huyó con el dinero que Victoria sacó a escondidas. Está sola, asustada y probablemente está siendo manipulada por los mismos tipos que trabajaban para su madre.
Arturo cerró los ojos y dejó escapar un sollozo seco. —No sé dónde está. Ni siquiera sé si quiere ser encontrada.
—Yo sí sé dónde buscar —intervino Julián, cruzándose de brazos—. Los "socios" de Victoria no tienen lealtad. Si Malena tiene el dinero, es un blanco fácil. Si no la encontramos nosotros antes que ellos, será el próximo sacrificio de esta historia.
Diana sintió un nudo en el estómago. A pesar de todo el odio que Malena le había profesado, a pesar de las humillaciones, Diana no podía permitir que la chica terminara destruida por los pecados de su madre. La justicia que ella buscaba no era venganza; era orden.
—Julián tiene razón —concluyó Diana, mirando a su padre—. Vamos a encontrarla. Pero necesito que me digas la verdad, Arturo: ¿qué ocultaba Victoria en los almacenes del puerto? Julián sospecha que no solo movía mercancía legal.
Arturo dudó. El miedo, un miedo profundo y antiguo, cruzó sus ojos. —Contenedores... nunca me dejó acercarme a ellos. Decía que eran contratos confidenciales de importación.
Julián soltó una carcajada cargada de amargura. —Contratos de importación. Diana, esos contenedores son el verdadero seguro de vida de Victoria. Si Malena tiene las llaves de esos almacenes, tiene en sus manos el motivo por el cual medio bajo mundo está buscando a esa familia.
La atmósfera en el salón se volvió sofocante. El juego había cambiado. Ya no era una lucha por una casa o por el orgullo familiar; estaban en medio de una red de criminales que no perdonarían la caída de su principal colaboradora.
Diana se giró hacia Julián. —Tenemos que ir al puerto. Ahora.
Julián asintió, su rostro endureciéndose. —Si vamos allí, no volvemos a casa. Esto es el punto de no retorno.
Diana miró por última vez a su padre, quien seguía hundido en su miseria, y luego miró a Julián. El mecánico, con sus manos marcadas por el trabajo y su carácter que a veces la asustaba, era ahora el único aliado que le quedaba en un mundo que se desmoronaba.
Salieron de la casa sin mirar atrás. En el exterior, el aire olía a tormenta inminente. Diana sabía que el Capítulo 22 no sería sobre abogados ni auditorías; sería sobre supervivencia.