El puerto no dormía. Era un laberinto de contenedores metálicos, grúas que se alzaban como esqueletos gigantes y el olor a salitre mezclado con aceite quemado. Julián conducía su todoterreno con las luces apagadas, serpenteando por los pasillos industriales con una pericia que delataba un pasado que él nunca admitía, pero que Diana empezaba a comprender.
—Quédate cerca —murmuró Julián, deteniéndose detrás de un bloque de carga. Sus ojos escaneaban la penumbra. Se bajó del vehículo, ajustándose la chaqueta, y le entregó a Diana una pequeña linterna táctica—. Si las cosas se ponen feas, corres hacia el coche y no miras atrás. Entendido, costurera?
—Ya no soy una costurera, Julián —respondió ella, aceptando la linterna. Su voz era firme, aunque el latido en sus sienes le recordaba que estaba pisando terreno desconocido—. Soy alguien que busca respuestas.
Se adentraron en el sector de almacenaje privado. A lo lejos, una figura pequeña y solitaria estaba sentada sobre un contenedor: Malena. Pero no estaba sola. Dos hombres con aspecto de matones de barrio estaban de pie frente a ella, forcejeando para arrebatarle un maletín de cuero.
—¡Dámelo, mocosa! —gritaba uno de ellos—. Tu madre está en la cárcel y el dinero que hay ahí no te pertenece a ti, nos pertenece a nosotros por el trabajo de meses.
Malena lloraba, apretando el maletín contra su pecho con una desesperación que incluso Diana encontró dolorosa. Era la primera vez que veía a su hermanastra, siempre tan altiva y cruel, reducida a una niña asustada ante el abismo.
Diana dio un paso al frente, pero Julián la detuvo con un brazo firme sobre su pecho.
—Espera —susurró él.
En ese momento, Julián hizo algo inesperado. No saltó a la pelea; lanzó una herramienta pesada contra una torre de barriles metálicos vacíos al otro lado del muelle. El ruido ensordecedor de los barriles cayendo al suelo resonó como una explosión en el silencio de la noche. Los dos matones saltaron, desconcertados, y se alejaron un poco para investigar el origen del estruendo.
Fue el momento de actuar. Julián se movió como un rayo, acortando la distancia con una eficacia letal. En apenas dos movimientos, uno de los hombres terminó en el suelo, inconsciente. El otro intentó sacar una navaja, pero Julián le torció la muñeca con tanta fuerza que el arma cayó al agua con un leve chapoteo.
Diana corrió hacia Malena.
—¡Suéltame! —gritó Malena, retrocediendo al verla—. ¡Tú! ¡Todo es culpa tuya! ¡Mi madre está presa por tu culpa!
—Tu madre está presa porque es una criminal, Malena —dijo Diana con frialdad—. Y si te quedas aquí, tú vas a seguirle los pasos o algo peor.
Julián, tras dejar al segundo hombre fuera de combate, se acercó a ellas con el rostro impasible. Sus ojos cenicientos recorrieron el maletín de cuero y luego se fijaron en Malena.
—Tienes el seguro de vida de Victoria en ese maletín, ¿verdad? —dijo Julián—. Las llaves, los códigos, las cuentas en el extranjero. Si lo entregas, quizás tengas una oportunidad de no terminar hundida en esto.
Malena miró a Diana, luego a Julián, y finalmente se derrumbó. Dejó caer el maletín.
Pero antes de que alguien pudiera recogerlo, un sonido metálico los congeló: el cerrojo de un arma siendo preparada a pocos metros de distancia. Una tercera figura salió de las sombras, alguien que no habían visto llegar. Un hombre mayor, trajeado, con la mirada fría de los que nunca ensucian sus manos.
—Vaya, qué conmovedor —dijo el hombre, apuntando directamente a Julián—. La hija, la hermanastra y el mecánico. Victoria siempre dijo que su familia era su mayor debilidad.
Diana sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El hombre no venía a negociar; venía a limpiar los cabos sueltos. Julián, con una calma que rozaba lo suicida, se interpuso frente a Diana, abriendo levemente su chaqueta para mostrar que, él también, llevaba un arma oculta.
—Baja esa pistola —dijo Julián, con un tono de voz que Diana nunca le había escuchado: una autoridad peligrosa, propia de alguien que no estaba acostumbrado a pedir, sino a mandar—. Porque si disparas, no te garantizo que salgas vivo de este muelle para contar cuánto ganaste con este error.
El hombre sonrió. —Eso ya lo veremos.
El muelle se quedó en silencio. El viento marino agitaba el cabello de Diana, y ella supo que el Capítulo 23 no comenzaría con palabras, sino con el sonido de un disparo.