Entre Hilos Y Espinas 1

Capítulo 23: El precio de la sangre

​El tiempo pareció fragmentarse en segundos eternos. El hombre de traje, con una frialdad matemática, tensó el dedo sobre el gatillo. Pero no contaba con la naturaleza errática de Julián. En el instante exacto en que el hombre iba a disparar, Julián no buscó refugio; se lanzó hacia él como un depredador, desviando el cañón del arma justo cuando el fogonazo iluminó el muelle.

​El disparo impactó en un contenedor metálico, soltando una lluvia de chispas.

​—¡Diana, corre! —gritó Julián, forcejeando cuerpo a cuerpo con el desconocido.

​Diana no corrió. Mientras Malena chillaba en el suelo, Diana se lanzó sobre el maletín de cuero, lo agarró con fuerza y, usando la linterna táctica como un arma improvisada, golpeó con todas sus fuerzas la mano del otro atacante que intentaba incorporarse. La desesperación le dio una fuerza sobrenatural.

​El forcejeo entre Julián y el hombre trajeado era brutal. Julián era pura potencia bruta, pero el otro conocía técnicas de combate que lo hacían peligroso. Un golpe seco impactó en las costillas de Julián, haciéndolo jadear. El hombre logró zafarse, levantó el arma de nuevo, pero Diana, sin pensarlo, lanzó el pesado maletín contra la cabeza del sujeto.

​El impacto fue suficiente. El hombre tambaleó, perdió el equilibrio y, tras un breve forcejeo al borde del muelle, cayó hacia las aguas oscuras del puerto. Un chapoteo y luego el silencio, solo interrumpido por el sonido de las olas lamiendo el metal.

​Julián se desplomó contra el suelo, respirando con dificultad, sujetándose el costado. Diana corrió hacia él.

​—¡Julián! —exclamó, arrodillándose a su lado. La luz de la luna reveló una mancha oscura extendiéndose sobre su camiseta negra—. Estás herido.

​—Es solo un corte... o una costilla —murmuró él, forzando una sonrisa torcida—. Odio las peleas que no puedo ganar en cinco segundos.

​—Cállate —dijo ella, presionando con sus manos sobre la herida para contener la sangre. Su ropa, una vez inmaculada, se teñía de rojo, pero no le importaba.

​Malena, temblando, se acercó a ellos con el rostro desencajado. —Se ha ido... ¿ha muerto?

​—No lo sé —respondió Julián, mirando hacia el agua—. Pero los que estaban afuera habrán escuchado el disparo. Tenemos que movernos. Ahora.

​Diana ayudó a Julián a levantarse. Entre ella y Malena lo llevaron hasta el todoterreno. El trayecto de vuelta fue una carrera contra la propia debilidad de Julián y la persecución que, inevitablemente, comenzaría. Durante el camino, Malena no dijo una palabra, pero sus manos, apretadas contra el maletín, delataban el peso de lo que ahora sabían.

​Cuando llegaron a una zona segura, lejos de los muelles, Julián se vio obligado a detener el coche. La palidez de su rostro era alarmante.

​—No vamos a un hospital —sentenció él, su carácter jodido volviendo a la superficie incluso en ese estado—. Demasiadas preguntas.

​—Julián, te estás desangrando —insistió Diana, con lágrimas de rabia en los ojos—. No puedes ser así de terco ahora.

​—He sobrevivido a cosas peores —él le tomó la mano, su agarre aún sorprendentemente fuerte—. Escucha, Diana. En el maletín está el nombre del verdadero jefe de la operación: el hombre que financió a Victoria. Si entregas eso, tú y tu padre estarán a salvo. Pero si me llevas a un hospital, los rastrearán. Tienes que terminar esto tú sola.

​Diana sintió que el mundo se le venía encima. La posibilidad de perderlo justo cuando acababa de encontrar algo real en medio de la mentira era insoportable. Pero vio en los ojos de él la misma determinación que la había salvado a ella en el hangar.

​—No voy a dejar que mueras —dijo Diana, con una voz que sorprendió a Malena—. Malena, ayúdame a llevarlo a la vieja bodega de suministros que alquilé. Allí tengo mi botiquín de emergencia. Es el lugar más seguro que conozco.

​Mientras conducían hacia el refugio, Diana miró por el espejo retrovisor. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, indiferentes al drama que se desarrollaba en la oscuridad. Había perdido el miedo, había perdido la ingenuidad, pero había ganado una lealtad que no tenía precio.

​En la bodega, mientras preparaba las gasas y el antiséptico, Diana se dio cuenta de algo: la costurera que una vez remendó vestidos para otros había terminado de remendar su propia vida. Pero el hilo que unía su destino al de Julián estaba tenso, a punto de romperse o de volverse eterno.




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