La vieja bodega estaba sumida en una penumbra dorada, iluminada solo por la luz de una lámpara de trabajo. Diana trabajaba con la precisión de una cirujana, cada movimiento de sus manos era una coreografía aprendida entre hilos y agujas, solo que esta vez, el tejido era la piel de Julián.
Él estaba sentado en una silla metálica, con el torso desnudo. Las cicatrices que cubrían su espalda y hombros contaban historias de una vida violenta, de un pasado que él nunca había querido compartir. A cada pasada del antiséptico, un gruñido escapaba de sus labios, pero su mirada nunca se apartaba de ella.
—Te tiemblan las manos —dijo él, aunque no era una crítica. Era una observación.
—Es por la rabia, Julián —respondió ella, tensando el nudo de la gasa—. Por ti, por Malena, por todo este desastre.
Él soltó una carcajada ronca que terminó en una mueca de dolor.
—Si te sirve de algo, me alegra que sea rabia y no miedo. El miedo te hace cometer errores. La rabia te hace sobrevivir.
Diana dejó el botiquín a un lado y se acercó a él. La cercanía era insoportable, pero necesaria. Sus dedos rozaron accidentalmente el pecho de Julián, y él se quedó inmóvil. El carácter "jodido" que siempre llevaba como escudo se había desvanecido, dejando a la vista un hombre cuya dureza era solo una fachada para un vacío inmenso.
—¿Quién te hizo esto en el muelle? —preguntó ella, bajando la voz—. No era un simple matón.
Julián suspiró, recostando la cabeza contra el respaldo de la silla.
—Un fantasma de mi vida anterior. Antes de ser mecánico, antes de este barrio... estaba en cosas que no podía controlar. Me alejé, intenté desaparecer, pero gente como esa nunca te deja ir del todo. Te dije que era una mala idea, Diana. Te dije que meterte en mi vida te traería peligros que no puedes coser con hilo y aguja.
Diana se arrodilló entre sus piernas, obligándolo a mirarla.
—Ya me metí, Julián. Y si me hubieras querido lejos, habrías dejado que me atraparan en el hangar. No lo hiciste.
Julián estiró la mano y, con una suavidad que no parecía pertenecerle, le retiró el cabello del rostro. Sus dedos estaban calientes y su piel áspera era una caricia eléctrica.
—No podía dejar que te rompieran. Eres lo único en este mundo que no está podrido.
Se quedaron así, en ese silencio cargado de palabras que aún no se atrevían a decir. En la otra esquina de la bodega, Malena dormía, agotada por el terror de la noche. Diana sintió que el tiempo se detenía. La tensión de los capítulos anteriores, el peligro, la estafa, todo se comprimió en ese instante de vulnerabilidad.
Julián se inclinó hacia ella. Su respiración era errática, mezclada con el olor a antiséptico y el aroma terroso de su propia piel. Diana no se apartó. Cuando sus labios se encontraron, no hubo la urgencia desesperada del taller; hubo algo más profundo, una exploración de dos náufragos encontrándose en medio de la tormenta. Fue un beso lento, una confesión muda de que, a pesar de sus pasados rotos, había un futuro posible entre ellos.
Julián la atrajo hacia sí, rodeándola con sus brazos, con cuidado de no lastimar sus costillas. Diana se hundió en ese abrazo, sintiendo que por primera vez, el "tipo jodido" y la "costurera sumisa" habían dejado de ser personajes para ser, simplemente, dos personas dispuestas a protegerse.
—Esto va a ser difícil —susurró él contra su cuello, su voz cargada de una honestidad cruda—. No sé cómo ser la persona que necesitas, Diana. Mi vida es un desastre.
—Entonces empezaremos de cero —respondió ella, sintiendo el latido de su corazón contra el pecho de él—. A remendar lo que quedó destrozado.
En ese momento, Diana supo que el amor no era el final de su lucha, sino el arma más potente que tendrían para el enfrentamiento final. Mientras Julián la estrechaba, ella sintió una paz que no le pertenecía al miedo, sino a la certeza.
Fuera, la noche comenzaba a aclararse. El Capítulo 25 sería el último, el desenlace donde la verdad saldría a la luz y donde, juntos, terminarían de ajustar las cuentas.