Seis meses después de que el polvo se asentara sobre las cenizas de Victoria De la Vega, el "Atelier Diana" se había convertido en el nombre más codiciado de la ciudad. No era solo por la técnica impecable de Diana, sino por un estilo propio: una mezcla de delicadeza táctica y una resistencia que parecía impregnada en cada puntada. Sin embargo, en el mundo de la alta costura, la belleza suele ser el señuelo perfecto para una trampa mortal.
La gala de inauguración de su nueva colección en el centro financiero estaba en su apogeo. Champagne francés, luces de neón y las personalidades más influyentes de la ciudad se agolpaban bajo el techo de cristal del salón principal. Diana, impecable en un traje de seda cruda diseñado por ella misma, se sentía como una reina que había conquistado su reino. A su lado, Julián —incómodo pero magnético en su traje oscuro que apenas lograba ocultar la tensión de sus hombros—, escaneaba la sala con la precisión de un halcón. Él ya no era el mecánico de barrio; era el socio operativo de Diana, el hombre que mantenía a los "depredadores" lejos de su luz.
—Demasiada gente, Diana —murmuró Julián al oído de ella, su voz un recordatorio constante de que, sin importar el brillo, el peligro seguía presente—. Huele a perfume caro y a intenciones baratas.
—Es el éxito, Julián. Acostúmbrate —respondió ella con una sonrisa, aunque su mano, oculta tras una copa, buscó la de él.
Fue en ese momento cuando la música, un vals clásico, fue interrumpida por un estruendo metálico. El sistema de seguridad de la gala, diseñado por el mismo Julián, se bloqueó. Las luces pasaron de un dorado cálido a un rojo pulsante y agresivo. En las pantallas gigantes de la sala, donde debía proyectarse el catálogo de moda, apareció una imagen de baja calidad: la bodega donde habían pasado la noche en que Julián fue herido, con una fecha marcada en rojo: mañana.
El caos estalló. Los invitados comenzaron a gritar, pero Julián ya estaba en movimiento, cubriendo a Diana con su cuerpo.
—Es un mensaje —dijo él, con los ojos inyectados en sangre—. No es un hackeo; es una declaración de guerra.
Desde la pasarela, una figura emergió de entre las sombras. No era un matón de muelle, ni un socio de Victoria. Era Marcus Thorne, un magnate de la logística internacional que, según los archivos que encontraron en el maletín, era quien movía los hilos detrás de la red de Victoria. A su lado, una mujer joven, con una elegancia glacial, caminaba con una confianza que le dio un vuelco al corazón de Diana: era alguien que conocía sus puntos débiles mejor que nadie.
—Señorita Diana, qué exposición tan exquisita —la voz de Thorne resonó en el salón, amplificada por el sistema de sonido—. Pero ha olvidado una regla fundamental del mercado: cuando se destruye un imperio, las piezas que quedan sueltas no desaparecen. Se reorganizan.
Thorne se acercó a ellos, ignorando a la seguridad privada. Sus guardaespaldas, hombres que parecían máquinas de guerra, rodearon la pareja, aislándolos del resto de la gala.
—Ustedes no son solo modistas —continuó Thorne—. Son los dueños de los servidores donde se encuentran mis cuentas personales. Y lo que es peor, son los portadores de un secreto que mi querida Victoria no tuvo la inteligencia de gestionar.
Diana sintió que la sangre se le helaba. El maletín, los datos, las pruebas... todo lo que creían haber entregado a la justicia, alguien lo había alterado.
—No tenemos nada que hablar contigo, Thorne —ladró Julián, poniendo a Diana detrás de él—. Si intentas un solo movimiento, te juro que ni siquiera llegarás a la puerta.
Thorne se rió, un sonido hueco y carente de humor. Luego, miró hacia la puerta del salón. Allí, entrando con una calma aterradora, aparecieron dos abogados de alto nivel y el jefe de policía que había ayudado a Diana. Pero no venían a arrestar a Thorne. Venían a escoltarlo.
—La justicia es como la seda, Diana —dijo Thorne, pasando una mano sobre una de las maniquíes de la colección—. Es cara, se rompe si se tira demasiado fuerte y, sobre todo, pertenece a quien puede pagarla. Diana, Julián... hoy no empieza una gala. Hoy empieza su liquidación.
Antes de que Julián pudiera reaccionar, el sistema de incendios del salón se activó, inundando el lugar con un gas denso y asfixiante que anuló toda visibilidad. Las luces se apagaron por completo.
—¡Diana, no me sueltes! —gritó Julián en la oscuridad absoluta, agarrándola de la cintura—. ¡Es una emboscada!
—¡Julián, mira! —Diana señaló hacia una salida lateral, donde las sombras se movían más rápido que la luz.
Alguien los estaba esperando allí, alguien que no era Thorne. Era una sombra del pasado de Julián, un rostro que él creía haber enterrado hace años. Un hombre que, al verlos, esbozó una mueca de victoria.
—Hola, hermano —susurró una voz desde el humo—. Pensaste que podías esconderte tras las faldas de una costurera, pero el pasado tiene una forma muy peculiar de ajustar las cuentas.
El gas seguía llenando la sala, la gente corría despavorida, y el Atelier Diana, su sueño y su refugio, estaba siendo destruido en segundos. Diana entendió en ese momento que la lucha contra Victoria había sido solo un juego de niños. Lo que venía ahora era una guerra corporativa y personal que los obligaría a elegir entre el imperio que habían construido o el amor que apenas empezaba a florecer.
Julián apretó su mano, tirando de ella hacia la salida.
—Corre —le ordenó—. Ahora sí que no queda hilo que nos salve.
La cacería ha comenzado.