Entre Hilos y Espinas 2: El Precio de la Verdad

Capítulo 4: El precio del miedo

​El amanecer en Bejuma no trajo alivio, sino una claridad punzante que exponía las grietas en el plan de Diana. Mientras Julián revisaba los sistemas de seguridad del taller, Diana se sentó frente a la máquina, aunque sus manos estaban quietas sobre la tela. La alianza con Marcos Arismendi era un arma de doble filo: tenían el conocimiento legal, pero también habían atraído la atención de un hombre que, aunque destruido por Elena, todavía cargaba con el peso de su propia historia. Diana necesitaba verificar que la lealtad de Marcos fuera real y no una maniobra desesperada para salvar su propio pellejo.

​—Si vamos a proceder con el desmantelamiento de las cuentas de Rodrigo, necesitamos infiltrar su reunión de esta tarde en el club social —dijo Julián, sin desviar la mirada de las pantallas. Su voz era un recordatorio constante de que, en esta guerra, la información era la moneda de cambio—. Rodrigo no hace nada sin sus asesores financieros. Si logramos interceptar el maletín que lleva a cada encuentro, tendremos las claves físicas de acceso a sus cuentas en el extranjero.

​Diana asintió, aunque una punzada de duda recorrió su pecho. Infiltrar el club social era territorio hostil. Era el lugar donde su madrastra había cerrado sus tratos más oscuros y donde ella misma había sido tratada como una intrusa durante años. Recordó las miradas de desprecio de las esposas de los socios, la forma en que su padre siempre la ignoraba cuando ella aparecía sin invitación. Ahora, ella no iría como una costurera, sino como un fantasma que venía a reclamar justicia.

​—Yo entraré —sentenció Diana, poniéndose de pie—. Nadie me buscará en la recepción si me visto con la elegancia adecuada. Tengo suficiente tela de alta calidad para confeccionar algo que pase desapercibido y, al mismo tiempo, me garantice acceso a las áreas restringidas. Si Rodrigo me ve, asumirá que estoy allí para pedir disculpas o para mendigar una parte de la herencia. Usaré su propia arrogancia contra él.

​Julián se giró, examinándola con una mezcla de admiración y preocupación.

​—Es un riesgo innecesario, Diana. Si te atrapan, el archivo que encontramos en el patrón de tu madre no servirá de nada. Necesitas a alguien que conozca los puntos ciegos del club. Yo puedo entrar como personal de mantenimiento. Conozco cómo están instaladas las cámaras y los sensores de movimiento.

​Diana negó con la cabeza.

​—No, Julián. Tú eres el único que puede mantener el sistema de monitoreo fuera de línea mientras estoy dentro. Si Rodrigo sospecha algo y llama a sus contactos, necesitamos a alguien fuera que sepa cerrar las comunicaciones. Yo seré el cebo y tú serás la red.

​Esa tarde, el club social hervía con la actividad de los socios que aún intentaban mantener las apariencias. Diana llegó vestida con una sencillez impecable, un diseño propio que imitaba la estética de la élite, permitiéndole moverse entre las mesas sin que nadie cuestionara su presencia. Se sentía como una intrusa en su propio pasado, pero el miedo se había transformado en una frialdad necesaria. Observó a Rodrigo sentado en la esquina más reservada, rodeado de los hombres que durante años habían financiado la opresión de su familia.

​Rodrigo lucía diferente; la ansiedad le había marcado surcos profundos en la frente. Sus manos, que siempre se movían con la seguridad de quien cree tener el control, ahora jugueteaban nerviosamente con su teléfono. Cada pocos minutos, miraba hacia la puerta, como si esperara a alguien que no llegaba. Era la señal que Diana esperaba. Julián le había dado una pequeña unidad de rastreo que ella debía colocar cerca de la silla de Rodrigo.

​Diana se acercó bajo el pretexto de buscar a un antiguo conocido de su padre. Al pasar frente a la mesa, fingió un tropiezo, dejando caer su bolso sobre la silla vacía que estaba al lado de Rodrigo. El ruido fue mínimo, pero suficiente para llamar la atención.

​—Diana —dijo Rodrigo, con una voz cargada de veneno—. ¿Qué haces en un lugar como este? Deberías estar en tu taller, cosiendo trapos baratos, en lugar de intentar jugar con los adultos.

​Ella le dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

​—Solo estaba de paso, Rodrigo. Veo que las cosas no van tan bien como esperabas. El club parece estar más vacío de lo que recuerdo.

​Él se puso en pie, furioso.

​—Lárgate antes de que llame a seguridad. No tienes nada que hacer aquí.

​Diana se retiró, dejando el bolso en el suelo por un segundo de más antes de recogerlo. Fue suficiente. El dispositivo estaba colocado. Julián, desde la furgoneta de mantenimiento aparcada en el callejón trasero, empezó a recibir los datos. En su teléfono, Diana recibió un mensaje breve: "Posición asegurada. Estoy entrando en sus sistemas. Prepárate para salir".

​Mientras caminaba hacia la salida, Diana sintió una oleada de poder. No solo había logrado infiltrarse; había confirmado que Rodrigo estaba desesperado. El "Manual del Piloto", aquel esquema que su madre había denunciado, estaba empezando a fallar. Al salir del club, el aire fresco le devolvió la cordura. Ya no era la joven que temía la sombra de su madrastra. Ahora, ella era la que proyectaba la sombra sobre ellos.

​Al llegar al taller, Julián la recibió con una expresión tensa.

​—Tenemos acceso a los archivos de su servidor privado, Diana. Pero hay algo más. Han mencionado a alguien llamada "La Administradora". Parece que Elena no era la única que movía los hilos. Hay alguien por encima de ella que está coordinando las transferencias desde una cuenta en Suiza.

​Diana se quedó paralizada. Si Elena no era la cabeza de la hidra, entonces todo su plan tendría que cambiar. No solo debían derribar a la familia; debían encontrar a la mente maestra que había financiado años de engaños. La red se extendía mucho más allá de las fronteras de Bejuma. Diana se sentó ante su máquina de coser, no para trabajar, sino para pensar. El diseño se estaba volviendo demasiado grande, y cada nueva pieza que descubría solo complicaba el patrón. Pero ella no se rendiría. Si había una administradora, encontraría el hilo que conectaba su cuenta bancaria con el taller, con la señora del pan, y con el mismo suelo que pisaba. La guerra apenas estaba cambiando de frente, y ella estaba lista para pelear.




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