Entre Hilos y Espinas 2: El Precio de la Verdad

Capítulo 6: El diseño del caos

​La proximidad de la gala de aniversario de "Artemis" convertía cada hora en el taller en una carrera contra el reloj. Diana, cuya vida antes se medía en entregas de costura, ahora medía el tiempo en vulnerabilidades de seguridad y puntos de presión financiera. Mientras el sol se ocultaba tras las montañas de Bejuma, ella trabajaba en el traje que usaría para la gala; no era solo una prenda de vestir, era un elemento táctico. El tejido contenía un compartimento oculto donde planeaba insertar la llave maestra digital que Julián había desarrollado, una pequeña pieza de hardware capaz de conectarse a los servidores locales del evento si se acercaba lo suficiente a la consola principal.

​—Julián, si logramos que Marcos distraiga a la seguridad privada en la entrada con los documentos de la fiscalía, ¿cuánto tiempo me das dentro de la zona restringida? —preguntó Diana, sin dejar de mover la aguja con una precisión quirúrgica.

​Julián, que seguía concentrado en mapear la red eléctrica del recinto donde se celebraría la gala, levantó la vista. Su rostro denotaba una tensión que no había mostrado antes.

​—Si la distracción funciona, tienes un margen de siete minutos antes de que el protocolo de redundancia de "Artemis" detecte que el servidor ha sido accedido desde una terminal no autorizada. Siete minutos, Diana. Ni uno más. Si te atrapan ahí, no habrá abogado, por muy bueno que sea Marcos, que pueda sacarte de las manos de don Valerio.

​La mención de don Valerio hizo que la habitación se enfriara. El patriarca era mucho más que un mentor para su padre; era el arquitecto de una red que había asfixiado la autonomía económica de la familia durante una década. Diana recordó las veces que lo vio en su casa, siempre impecable, siempre ofreciendo consejos que, en retrospectiva, eran órdenes disfrazadas de benevolencia.

​Marcos entró en el taller, interrumpiendo el silencio. Traía consigo noticias que cambiaron el tono de la conversación.

​—He hablado con mis contactos en la fiscalía —dijo, dejando caer una carpeta sobre la mesa—. Hay un movimiento sospechoso en las cuentas de tu padre, Diana. Don Valerio está preparando una maniobra para declararlo en quiebra técnica la misma noche de la gala. Quieren usarlo como chivo expiatorio para limpiar el rastro de Artemis antes de que la investigación pueda avanzar.

​Diana detuvo su trabajo. La traición tenía nuevas dimensiones. No solo querían mantener el sistema, querían sacrificar a su propio padre para proteger la estructura. A pesar de todo el dolor y la distancia, el pensamiento de su padre siendo destruido por el hombre al que servía le provocó una oleada de ira fría.

​—No lo permitiré —dijo ella, con una determinación que sorprendió a los dos hombres—. Si quieren usar a mi padre como pantalla, haremos que esa pantalla sea el escenario donde expongamos sus nombres. Si la fiscalía tiene los documentos, Marcos, quiero que los entregues en el momento exacto en que yo logre extraer el último archivo del servidor. No antes, no después.

​Julián se levantó y se acercó a Diana, poniendo una mano sobre su hombro.

​—Esto va a ser peligroso, Diana. La red de don Valerio no se limita a abogados y contadores; tiene gente en cada rincón de esta ciudad. Si sospechan algo, no vendrán a hablar.

​—Lo sé —respondió ella—. Pero he estado tejiendo este momento durante semanas. He estudiado cada nudo de su operación. La arrogancia de don Valerio es su mayor error; él cree que nadie se atrevería a desafiarlo porque piensa que todos le deben algo. Pero a mí no me debe nada, y yo no le debo nada a él.

​La noche de la gala se acercaba. Diana regresó a su labor, terminando las costuras invisibles del traje. Sabía que cada detalle importaba. Aquella gala no sería la celebración que don Valerio esperaba; sería el evento donde el tejido de mentiras que había mantenido su imperio comenzaría a deshilacharse. Diana estaba lista. La costurera, el mecánico y el abogado caído habían diseñado un plan donde cada uno tenía un cierre coherente, y aquel sería el primer paso para liberar a Bejuma de la sombra de Artemis. El patrón estaba marcado, y no habría marcha atrás.




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