Entre Hilos y Espinas 2: El Precio de la Verdad

Capítulo 16: El hilo de la redención

​El guardia, desconcertado por el leve crujido metálico, se detuvo justo debajo de la viga donde Diana se encontraba suspendida. Con una frialdad que ella misma no sabía que poseía, Diana soltó un pequeño perno que había desprendido del sistema de ventilación. El objeto cayó al suelo a varios metros de distancia, generando un estrépito metálico que obligó al guardia a apartarse de su posición. En ese instante de distracción, Diana se dejó caer sobre un montón de lonas apiladas, rodando para ocultarse detrás de un contenedor de carga.

​A través de una pequeña abertura en el metal, observó cómo el guardia, convencido de que solo había sido una rata o un desperfecto, volvía a la mesa central donde sus compañeros continuaban con la evacuación forzada. El corazón de Diana golpeaba con fuerza, pero sus manos estaban firmes. Sabía que no podía enfrentarlos a todos, pero sí podía ganar el tiempo suficiente para que la patrulla de la fiscalía —que ya escuchaba a lo lejos— entrara al recinto.

​—Julián, necesito que satures el sistema eléctrico del bloque B —susurró al auricular, manteniendo su voz lo más baja posible—. Si apagas las luces y bloqueas las puertas automáticas de los contenedores, quedarán atrapados en el almacén sin posibilidad de huir por las salidas de emergencia.

​—Es arriesgado, Diana. Si corto la corriente, el sistema de seguridad podría activarse y cerrar los contenedores donde están los retenidos —respondió Julián, con tono tenso—. Pero si es la única forma, lo haré ahora.

​Un segundo después, el almacén se sumió en una oscuridad total. Los gritos de confusión de los hombres resonaron en el espacio vacío, mezclados con el sonido de los motores de los vehículos intentando arrancar en vano. Diana aprovechó la penumbra para avanzar hacia el sector de las celdas. Se movía con la seguridad de quien conoce el patrón de un tejido, esquivando las cajas y las herramientas esparcidas.

​Al llegar al primer contenedor, forzó la cerradura con su herramienta de precisión. La puerta cedió y, al abrirla, un rostro conocido apareció ante ella: Doña Rosa, visiblemente agotada pero con una mirada de alivio que le devolvió el alma al cuerpo.

​—¿Diana? —susurró la mujer, apenas pudiendo articular palabra—. ¿Cómo...?

​—Silencio, Rosa. No es momento de explicaciones, sino de salir de aquí —dijo Diana, mientras la ayudaba a bajar.

​En ese preciso instante, las luces del almacén parpadearon y se encendieron de golpe. Los hombres de "El Carnicero" habían recuperado el control del panel manual. Diana vio cómo el ejecutor se giraba hacia ellas, con un arma en la mano, justo cuando una explosión en la puerta principal del almacén indicaba que la patrulla de la fiscalía había llegado.

​La confusión volvió a reinar. Diana se interpuso entre Doña Rosa y el hombre que intentaba avanzar hacia ellas. No era una lucha de fuerza, sino de posición. Ella sabía dónde estaba el panel de seguridad que Julián le había indicado. Con un movimiento rápido, alcanzó un cable expuesto y lo cortó, provocando un cortocircuito que inhabilitó la salida de los guardias justo cuando los oficiales de policía irrumpían con sus armas en alto.

​El Carnicero, viendo que la situación estaba perdida y que no tenía salida, bajó su arma lentamente mientras los agentes lo rodeaban. Diana soltó el alambre, sintiendo que un peso insoportable caía de sus hombros. Había llegado al corazón de la mentira y, contra todo pronóstico, había logrado recuperar a quien la red de Artemis intentó borrar. La red se había deshecho, y ella, la modista que aprendió a ver lo invisible, estaba finalmente lista para cerrar este capítulo de su vida con la dignidad de quien sabe que cada nudo ha sido desatado con justicia.




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