A sus veintidós años, sus manos cargaban con la memoria de un negocio familiar que alguna vez trajo alegría a su hogar. Su madre había muerto cinco años atrás debido a una enfermedad silenciosa que se la llevó en pocos meses, dejando la casa sumergida en un silencio denso y un vacío que las telas amontonadas en las esquinas intentaban llenar sin éxito. Tras la pérdida, Diana se aferró a la costura no solo como un sustento, sino como la única forma de mantener vivo el recuerdo de las largas tardes en las que su madre le enseñaba a enhebrar el hilo sin mirar, a cortar al bies y a rematar los bordes para que nunca se deshilacharan.
El taller improvisado ocupaba la habitación más pequeña de la casa, justo al fondo del pasillo, donde la luz del sol de la tarde entraba de lado por una ventana guillotina. Sobre la mesa de corte, una mesa alargada de pino rústico, descansaban unas pesadas tijeras de sastre de acero templado, una cinta métrica desgastada que colgaba de un clavo en la pared y varias cajas de metal que antes contenían galletas, ahora repletas de botones de nácar, carretes de hilos de todos los colores imaginables y alfileres con cabeza de vidrio.
Diana detuvo el pedal. El silencio regresó de golpe a la habitación, interrumpido únicamente por el piar lejano de las aves en el patio. Levantó el prensatelas, tiró suavemente del lino y, con un cortahilos que llevaba sujeto a la muñeca con una banda elástica, rebanó las hebras sobrantes. Examinó la puntada con ojo crítico; estaba perfecta, alineada y firme. Aquel remate era para un juego de sábanas que la señora Mendoza, una vecina de toda la vida, le había encargado la semana pasada. No era un trabajo glamoroso, pero los pocos billetes que recibiría le servirían para comprar más insumos y mantener su pequeña caja de ahorros oculta debajo de una tabla suelta del suelo del taller.
—Diana, ¿ya terminaste de perder el tiempo ahí adentro? —La voz áspera y demandante de Victoria, su madrastra, resonó desde el pasillo, rompiendo la paz del espacio.
Diana inhaló profundamente, sintiendo cómo la tensión le agarrotaba los hombros. Dejó la sábana doblada con cuidado sobre el mesón y se levantó de la silla. Caminó hacia la puerta de madera, la abrió y salió al pasillo, encontrándose de frente con la mujer que, desde hacía un año, controlaba cada rincón de la casa. Victoria vestía un conjunto de lino costoso que desentonaba con la sobriedad del hogar, llevaba el cabello rígidamente peinado y sostenía un fajo de facturas en la mano. Detrás de ella, apoyado contra la pared con una sonrisa cínica, estaba Sergio, su hijo mayor, un joven de veinticuatro años que no estudiaba ni trabajaba, pero que siempre parecía vigilar a Diana con ojos oscuros y pesados.
—Estaba terminando el encargo de la señora Mendoza, Victoria —respondió Diana con tono calmado, manteniendo una distancia prudente. Sus manos, instintivamente, se resguardaron en los bolsillos de su delantal de trabajo.
—Esa vecina tuya paga centavos, Diana. Deberías enfocarte en atender las necesidades de esta casa antes de recibir encargos externos que solo traen mugre y retazos viejos a las habitaciones —replicó Victoria, cruzándose de armas mientras revisaba con desdén las uñas de su mano libre—. Tu padre está por llegar de la distribuidora. Ha pasado todo el día bajo el sol supervisando los despachos y quiero la cena lista en la mesa en veinte minutos. Malena necesita que le planches el vestido verde para su salida de esta noche, y no quiero escuchar excusas.
—El vestido de Malena está listo desde ayer por la tarde, colgado en su clóset —aclaró Diana, fijando su mirada en la de Victoria sin amedrentarse, aunque la presencia de Sergio a pocos metros la incomodaba profundamente. El joven dio un paso al frente, cruzando los brazos, sus ojos fijos en el cuello del delantal de Diana.
—Como sea. Mueve esas piernas y ve a la cocina —ordenó Victoria dando media vuelta, sus tacones resonando con fuerza sobre las baldosas del pasillo mientras se dirigía a la sala principal.
Sergio no la siguió de inmediato. Permaneció en el pasillo, bloqueando ligeramente el camino hacia la cocina. Cuando Diana intentó pasar por su lado, manteniendo la vista al frente, él se inclinó levemente hacia ella.
—Deberías hacerle caso a mi mamá, primor. Trabajas demasiado por nada —susurró Sergio, con un aliento denso que hizo que a Diana se le erizara la piel de los brazos. Intentó rozar el hombro de ella con su mano, pero Diana reaccionó con rapidez, retrocediendo un paso completo hacia la entrada de su taller.
—No me toques, Sergio —dijo ella en un hilo de voz, pero con una firmeza que hizo que la sonrisa del joven se congelara por un segundo.
—Solo quería ayudar, hermanita —respondió él con tono burlón, levantando las manos en señal de falsa paz antes de dar la vuelta y caminar hacia la sala, donde se escuchaban las risas de Malena, la hermanastra menor de Diana.
Con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas, Diana caminó a paso rápido por el pasillo hacia la cocina. El miedo inicial se transformó rápidamente en una chispa de indignación y coraje. No iba a permitir que ellos la destruyeran. Mientras encendía la estufa y colocaba la olla de hierro para preparar la cena, miró a través de la ventana de la cocina que daba a la calle.