Estoy envuelta entre bocetos, telas de tul y una lista interminable de pendientes en mi atelier. Sí, tengo una empresa de diseño y confección de vestidos de novia. Irónico, ¿verdad? Te preguntarás qué hace una persona a la que le ha ido recontra mal en el amor manejando el negocio de los "felices por siempre".
Verán, mi historial amoroso es un chiste de mal gusto:
Teníamos tantos planes: matrimonio, hijos, una casa hermosa. Pero el muy imbécil nunca especificó las coordenadas. Yo juraba que viviríamos en la ciudad, no que un día me saldría con la brillante idea de mudarnos a vivir entre vacas, gallinas y patos. Y no es que odie a los animales, es que soy... ¿cómo decirlo? Un imán para las catástrofes. Soy distraída, asustadiza y propensa a los desastres involuntarios.
Como la vez que confundí los termos en la nevera y le di leche materna de mi cuñada a mi madre en el café. O la vez que me dejaron cuidando a mi sobrinito recién nacido y, por un bendito accidente, se me resbaló de las manos directa al sofá (gracias a Dios era acolchado). O peor aún, cuando juraba que su biberón estaba tibio y el pobre angelito se quemó un poquito la lengua. Me gané el odio de mi hermano y mi cuñada por dos meses enteros. Ni yo misma me lo perdonaba. Ahora ya nos llevamos bien, y mi sobrino ya tiene 10 años, así que está a salvo... claro, siempre y cuando me mantenga a tres metros de distancia.
¿En qué iba? Ah, sí. Mi tercer novio. El mismísimo Gian Marco Hander Morris. Sí, apellido de rico. Y efectivamente lo es, pero le dio por la vida de campo. Yo tampoco me quedo atrás, soy de clase alta, pero lo mío son los tacones, no las botas de caucho.
El punto es que dejó de ser mi novio para convertirse en mi esposo. Hace cuatro años, con 26 míos y 28 de él, tuvimos la "linda idea" de casarnos. Fue una boda sencilla, hermosa, llena de amor... hasta que se terminó la luna de miel. Justo después de hacer el amor por última vez, me soltó la bomba: "Nos mudamos a la Hacienda Hander".
Mi respuesta fue un no rotundo. Tenía mi vida, mi negocio y mis sueños aquí. Ni siquiera me lo había advertido. Discutimos, dejamos de hablarnos y él simplemente agarró sus cosas y se fue. Lo extrañé, no lo voy a negar. Mi familia insistía en que debía dejarlo todo y seguir a mi esposo, pero ¿renunciar a mi carrera? Jamás. Así que entramos en un limbo extraño. Nunca nos divorciamos, simplemente cortamos toda comunicación. ¿Le he sido infiel? No. He conocido tipos guapos, pero mi personalidad caótica los ahuyenta rápido, y además me refugié por completo en el trabajo. Él, por su parte, se quedó en su burbuja, ejerciendo de veterinario del pueblo, una profesión que honestamente estudió casi por hobby.
Y todo este resumen de mi vida viene a cuento porque hace unos minutos recibí una llamada. ¿De él? Ja, ya quisiera. De su abogado, un tal licenciado Contreras.
—Señora Cristal, el señor Gian Marco necesita el divorcio. Solicito que se presente en mi oficina el lunes a primera hora —me dijo con una voz monótona que me encendió la sangre.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué no me lo dice él personalmente? Sabe perfectamente dónde vivo —respondí, apretando el teléfono.
—Señora, mi representado busca hacer las cosas apacibles y terminar en buenos términos. Le dejará la mitad de los bienes que le corresponden, de eso no se preocupe.
—No me interesa su dinero. Ahora dígame una cosa, ¿por qué después de cuatro años de desaparición le urge tanto el divorcio? ¿Eh?
—Señora, eso no me corresponde a mí decírselo, pero...
No lo dejé terminar y le colgué la estúpida llamada. Algo me estaban ocultando y yo lo iba a averiguar.
Suegros no tengo, Gian Marco es huérfano. Tengo una cuñada, pero nos detestamos mutuamente; según ella, yo jamás estuve "a la altura" de su hermano. ¿Quién me podría dar información? ¡Claro! Su nana. Él se la llevó a la hacienda. A ver, ¿cómo era que se llamaba? ¿Lucía? ¿Lisseth? ¿Lola? ¡Sí, Lola!
Busqué el número en mi agenda y marqué. Tras varios timbrazos, por fin atendieron.
—¿Bueno? Hacienda Hander Morris, ¿quién habla?
—¡Lola! ¿Cómo estás? Te saluda Cristal.
—¿Se... señora Cristal? —Lola bajó la voz de inmediato. Escuché el ruido de sus pasos apresurados y el crujir de una puerta, como si mi nombre fuera un pecado prohibido en esa casa—. ¿Cómo así me llama? ¿Necesita algo?
—Sí, Lola, necesito que me digas la verdad. Te prometo que no te voy a involucrar en nada. ¿Gian Marco está por ahí?
—No, señora... él salió con... con una amiga, sí.
El aire se me congeló en los pulmones.
—¿Una amiga? —repetí, tratando de que mi voz no temblara—. Qué interesante. Cuéntame más, Lola. ¿Cómo están las cosas por allá?
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Editado: 16.07.2026