Entre Lodo y Seda

Capítulo 2: Tacones en el lodo y un plan perfectamente... ¿desastroso?

—¿Comprometerse? —repetí. El teléfono casi se me resbala de las manos. Sentí un calor súbito que me subió por las mejillas. Cuatro años de silencio sepulcral, ¿y el señorito Gian Marco tenía tanta prisa porque ya tenía el reemplazo listo con anillo en mano? ¡Y en su hacienda!

—Sí, señora Cristal... por favor, no diga que yo le conté, que me quedo sin trabajo —suplicó Lola al otro lado de la línea, con la voz temblorosa. —Tranquila, Lola. Tu secreto está a salvo conmigo. Gracias.

Colgué. Me quedé mirando el boceto del vestido de novia que tenía sobre el escritorio. Un diseño hermoso, con encaje francés y una falda de tul de seda que ahora mismo me daba ganas de triturar con las tijeras de costura. ¿Así que Gian Marco quería rehacer su vida? Perfecto, tenía todo el derecho. Pero a mí nadie me despacha a través de un abogado de mala muerte llamado Contreras, como si fuera un viejo mueble que estorba en la sala. ¡Eso sí que no!

Si Gian Marco quería su preciado divorcio para arrodillarse frente a su nueva campesina perfecta, tendría que mirarme a los ojos y pedírmelo él mismo.

Miré mi reflejo en el espejo del atelier: blusa de seda blanca, pantalones de sastre de tiro alto, mi cabello perfectamente peinado y unos tacones de aguja de diez centímetros que gritaban "clase alta de la ciudad" a un kilómetro de distancia.

—¿Quieres campo, Gian Marco? —le dije a mi reflejo—. Pues el campo va a recibir a la diseñadora del año.

Fui directo a mi departamento, armé una maleta gigante con mis conjuntos más divinos (y totalmente inapropiados para la vida rural), metí los papeles que me había mandado el abogado por correo electrónico para tener una excusa legal, y subí a mi auto. La Hacienda Hander quedaba a unas tres horas de la ciudad. Tres horas en las que mi mente no dejó de maquinar cómo sería el glorioso momento en que interrumpiera su idilio amoroso.

El viaje empezó bien. Música pop, aire acondicionado y autopista pavimentada. El problema empezó cuando el GPS me indicó que debía desviarme por un "camino secundario". Traducido al idioma real: una trocha de tierra, piedras y baches que amenazaba con desarmar las llantas de mi vehículo.

Para cuando vi el enorme letrero de madera que decía "Hacienda Hander", el sol ya empezaba a caer. El paisaje era imponente, lo admito. Grandes extensiones de pasto verde, colinas y un olor a naturaleza que... bueno, también olía un poco a estiércol, pero intenté ignorarlo.

Estacioné el auto cerca de la casa principal, una construcción rústica pero hermosa, con un porche grande lleno de plantas. Respiré hondo, retoqué mi labial rojo, me puse mis gafas de sol gigantes —aunque ya estaba atardeciendo, el estilo no se negocia— y abrí la puerta del auto.

Al primer paso que di, mi tacón derecho se hundió por completo en una mezcla sospechosa de lodo y algo más.

—¡Por los clavos de Cristo! —exclamé, tambaleándome como un bambi recién nacido. Logré sacar el pie, pero el zapato se quedó atrapado en el fango.

Ahí estaba yo, cojeando con un solo tacón, sosteniendo mi bolso de marca y tratando de mantener la dignidad, cuando escuché una risa a mis espaldas. Una risa gruesa, varonil y malditamente familiar.

—Vaya, vaya. Sabía que la ciudad era peligrosa, Cristal, pero no pensé que le tendrías miedo a un poco de tierra.

Me di la vuelta como pude, sosteniéndome de la puerta del carro. Era él.

Gian Marco. Estaba igual de guapo que hace cuatro años, o tal vez un poco más. Llevaba unos jeans desgastados, botas de trabajo de verdad (no como mis intentos de moda), una camisa a cuadros arremangada que dejaba ver sus brazos bronceados y un sombrero vaquero que, ridículamente, le quedaba de infarto. Venía acompañado por una yegua hermosa y, para mi desgracia, se veía completamente en su elemento.

—Gian Marco —dije, enderezando la espalda y cruzándome de brazos, ignorando el hecho de que mi pie descalzo estaba tocando el suelo frío—. No es miedo a la tierra. Es respeto por mis diseñadores de calzado.

Él caminó hacia mí con una sonrisa ladeada, esa misma sonrisa que me enamoró a los veintiséis y que ahora me daba ganas de borrarle de un plumazo. Se agachó, tomó mi tacón con una sola mano, lo sacó del lodo sin el menor esfuerzo y me lo entregó.

—Sigues siendo la misma exagerada de siempre —dijo, mirándome fijamente a los ojos. Hubo un segundo de silencio donde el aire pareció volverse pesado—. ¿Qué haces aquí, Cristal? Mi abogado me dijo que te llamó esta mañana. Pensé que firmarías en la ciudad.

—¿Y perderme el placer de ver cómo me lo pides en persona? Jamás —le respondí, arrebatándole el zapato y apoyándome en él para ponérmelo—. Además, tu abogado es un incompetente. Yo no hago negocios a distancia.

En ese momento, la puerta de la casa principal se abrió.

—¡Amor! ¿Ya regresaste de revisar el ganado? —una voz dulce, aguda y perfectamente modulada interrumpió nuestro reencuentro.

De la casa salió una mujer. Era alta, llevaba un vestido ligero floreado, el cabello rubio recogido en una trenza perfecta y una sonrisa de anuncio de pasta dental. No tenía ni una gota de sudor, ni una mancha de lodo. Parecía la reina del festival de la cosecha.

Gian Marco cambió su expresión de inmediato, suavizándose, y la miró.

—Sí, ya regresé—le dijo. Luego se volvió hacia mí, aclarándose la garganta—. Cristal... ella es Florencia. Mi... mi pareja. Florencia, ella es Cristal. Mi...

—Su esposa —lo interrumpí con una sonrisa angelical, extendiendo mi mano perfectamente manicurada hacia la rubia—. Mucho gusto, Florencia. Todavía soy la esposa.




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