CRISTAL
Como el sol ya se había ocultado por completo y la trocha de regreso a la ciudad era intransitable de noche para mi pobre auto de diseñadora, Gian Marco no tuvo más remedio que dejarme quedar. Bueno, "dejarme" es un término generoso; prácticamente me tiró las llaves de la habitación de huéspedes con la misma calidez con la que se vacuna a un toro.
—No toques nada, Cristal. No respires muy fuerte. No quiero que destruyas la casa —fue su romántica bienvenida antes de encerrarse en su despacho.
Unas horas después, el olor a comida casera me arrastrá hasta el comedor rústico. Me había cambiado por un conjunto de satén rosa que consideré "apropiado para el campo", aunque seguía arrastrando unos tacones más bajos pero igual de peligrosos para mi nula estabilidad.
La mesa estaba puesta. Lola, la nana, me sirvió un plato de comida con una mirada que mezclaba el pánico y la emoción de estar viviendo una telenovela en vivo. Gian Marco ya estaba sentado al otro extremo de la mesa larga, cortando sus alimentos en silencio, ignorándome olímpicamente.
—Gracias, Lolita —dije con una sonrisa, acomodándome en la silla—. Menos mal que aquí alguien sí tiene modales.
Gian Marco ni siquiera se molestó en levantar la mirada de su plato. La indignación, que llevaba horas acumulándose en mi garganta, simplemente explotó.
—Sabes, Gian Marco, me parece fascinante tu actitud —empecé, cruzándome de brazos—. Pero no me vas a ignorar toda la noche. Aquí el verdadero desastre eres tú. ¿Una novia, Gian Marco? ¿En serio? ¡Llevas un año con esa Barbie de granja!
—Te recuerdo que llevamos cuatro años separados, Cristal —respondió él sin alterarse, dejando los cubiertos a un lado con parsimonia—. Tú te quedaste con tu vida en la ciudad y yo con la mía aquí. Tenía todo el derecho a rehacer mi vida.
—¡Separados, no divorciados! —le grité, golpeando la mesa con el puño (lo que hizo que mi vaso de agua temblara peligrosamente)—. Hay algo que se llama respeto, decencia... ¡fidelidad! Técnicamente me estabas engañando. ¡Le fuiste infiel a nuestro matrimonio! Mientras yo me mataba trabajando en mi atelier, rechazando a tipos guapísimos que querían conmigo porque "ay, no, yo soy una mujer casada y respeto mi compromiso", tú estabas aquí jugando a la casita feliz con la rubia esa.
Gian Marco soltó un suspiro pesado que resonó en todo el comedor. Se inclinó hacia adelante en la mesa, clavando sus ojos oscuros en los míos.
—¿Infiel? ¿Te estás escuchando? —su tono subió de nivel—. ¡Tú me abandonaste el mismo día de la boda!
—¡Yo no te abandoné! ¡Tú me querías secuestrar en este safari!
—¡Esta es mi casa, Cristal! Te lo dije después de la boda porque quería que fuera una sorpresa, un lugar para empezar desde cero, lejos del ruido. Pero tus vestidos y tus desfiles eran más importantes que tu esposo. No me busques la lengua con la infidelidad, porque tú le fuiste infiel a este matrimonio el día que decidiste que tus telas valían más que nosotros. Florencia me ha apoyado en todo este año, ella sí quiere esta vida.
—¡Pues qué bueno por Florencia y su amor por el estiércol! —le respondí, sintiendo un nudo amargo en la garganta que intenté disfrazar con rabia—. Pero debiste tener los pantalones de pedirme el divorcio antes de meterla en tu cama, no cuando ya le ibas a poner un anillo. Me ocultaste tu vida entera. Eres un mentiroso, Gian Marco.
Para enfatizar mi punto, decidí ponerme de pie dramáticamente y retirarme de la mesa como la diva herida que era. El problema fue que mi silla se trabó con la alfombra rústica de lana. Al dar el tirón hacia atrás, perdí el equilibrio.
—¡Ahhh! —grité.
En un intento desesperado por no caer al suelo, mis manos buscaron de dónde agarrarse. Alcancé el borde del mantel.
El resultado fue catastrófico: los platos, la jarra de jugo de naranja y el florero se deslizaron en cámara lenta hacia el piso en un estrépito de cerámica rota y comida esparcida. Yo terminé sentada en el suelo, con una hoja de lechuga de la ensalada pegada en mi rodilla y el satén rosa manchado de jugo de naranja.
Lola asomó la cabeza desde la cocina, abrió los ojos como platos y volvió a esconderse de inmediato.
Gian Marco se quedó de pie, mirando las ruinas de lo que quedaba de la cena. Luego me miró a mí, que intentaba quitarme la lechuga de la pierna con la mayor dignidad posible.
—Definitivamente —dijo Gian Marco, pasando una mano por su rostro cansado—, tenerte aquí va a ser mi peor castigo.
—El sentimiento es mutuo, Hander —le respondí desde el suelo, mirándolo con furia—. Y búscate un buen trapeador, porque de aquí no me voy hasta que me pidas perdón de rodillas.
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Un golpe seco y ensordecedor en mi puerta me sacó de mis maravillosos sueños con pasarelas de París a las cinco de la mañana. Sí, las cinco. A esa hora en la ciudad la gente decente ni siquiera ha apagado la alarma.
—¡Arriba, Cristal! —gritó la insoportable voz de Gian Marco desde el pasillo—. Si vas a quedarte en mi hacienda a destruir comedores, vas a ganarte el techo. Te espero afuera en diez minutos. Si no sales, te quedas sin desayuno.
—¡Eres un monstruo, Hander! —le grité al techo, tapándome la cara con la almohada.
Diez minutos después, salí al porche arrastrando los pies. Por supuesto, no tenía ropa de granja. Me puse unos jeans ajustados blancos (un error táctico terrible) y unas botas altas de cuero con un tacón bastante sensato para mis estándares, pero ridículo para el lodo.
Gian Marco estaba ahí, recostado contra un poste, tomando café en un jarro de lata. Me miró de arriba abajo y soltó una risa burlona.
—Pantalones blancos. Brillante, Cristal. Vamos, hoy te toca el gallinero y luego ayudarme a revisar unos terneros. A ver si el trabajo de verdad te quita las ganas de hacer berrinches.
Él caminó adelante, con su paso firme y seguro. Yo lo seguía maldiciendo internamente cada bache del camino. Gian Marco pensaba que poniéndome a trabajar me iba a hostigar, a cansar y que saldría corriendo de vuelta a la ciudad firmando el divorcio en el capó de mi auto. Ese era su plan: desgastarme.
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Editado: 05.08.2026