Entre Lodo y Seda

CAPITULO 6 El peso del sombrero

El espacio entre los dos se volvió diminuto. Podía sentir el calor que emanaba de su pecho a través de la camisa a cuadros y el olor a madera, café y campo que, muy a mi pesar, me resultaba jodidamente embriagador. Gian Marco no me había soltado; al contrario, sus dedos se afianzaron un poco más en mi cintura. Sus ojos oscuros ya no buscaban pelea, buscaban... otra cosa. Algo que me hizo contener el aliento.

Estaba a punto de romper el silencio, tal vez con un insulto para disimular que el corazón me iba a mil por hora, cuando una voz agitada destruyó el hechizo.

—¡Gian Marco! ¡Señora Cristal! —Lola entró al gallinero casi derrapando, con el delantal a medio amarrar y los ojos como platos.

Gian Marco me soltó tan rápido que por poco vuelvo a caerme sobre el saco de maíz. Se aclaró la gorda garganta de inmediato y se acomodó el sombrero, fingiendo una seriedad que no engañaba a nadie. Yo di un paso atrás, sacudiéndome un par de plumas que se me habían quedado pegadas en los jeans blancos (que, por cierto, ya no eran blancos, sino de un color marrón sospechoso).

—¿Qué pasa, Lola? —preguntó Gian Marco, recuperando su tono firme, aunque su respiración seguía algo alterada.

—Ay, mi niño... es la señorita Florencia. Acaba de llegar en la camioneta grande y viene... bueno, viene con una cara que asusta a los perros. Está en el porche de la casa esperándolo. Dice que quiere hablar con usted ya mismo.

Miré a Gian Marco. Vi cómo la mandíbula se le tensaba y cómo esa mirada cálida que me había regalado hacía un segundo se apagaba para transformarse en una máscara de preocupación. Claro, la novia perfecta había regresado por su explicación.

—Está bien, Lola. Dile que ya voy —respondió él con un suspiro pesado. Luego se volvió hacia mí, recuperando esa distancia fría que tanto nos caracterizaba—. Quédate aquí, Cristal. Limpiate esas plumas y no te muevas. Ya causaste suficiente caos por hoy.

—¡Yo no causé nada, fueron tus gallinas caníbales! —le grité mientras él ya salía a zancadas del gallinero—. ¡Y no me ordenes qué hacer!

Lola se quedó un momento conmigo, mirándome con una mezcla de lástima y complicidad mientras yo intentaba, sin éxito, quitarme el maíz de los bolsillos.

—Ay, señora Cristal... si viera la cara que puso Gian cuando la vio caer. Casi le da un síncope. En el fondo, él no ha cambiado tanto.

—No defiendas al mentiroso, Lolita —le dije, haciendo un puchero dramático—. Tiene una novia rubia y perfecta en el porche.

—Perfecta, pero aburrida —susurró Lola con una sonrisita traviesa antes de dar la vuelta—. Camine, señora, no se quede aquí que las gallinas se van a volver a alborotar. Vamos por la puerta de atrás.

Salimos del gallinero bordando los árboles para que Florencia no me viera llegar hecha un desastre. Mientras caminaba, sentí un pinchazo extraño en el pecho. Gian Marco seguía siendo mi esposo, y ese momento de tensión pura entre las gallinas me había recordado que la química entre nosotros seguía intacta, por mucho que nos detestáramos.

Pero ahora Florencia estaba aquí. Y yo, con mis pantalones sucios, mi orgullo herido y mi torpeza natural, no pensaba quedarme escondida en la cocina como si fuera la intrusa. Al fin y al cabo, legalmente, la dueña de la historia seguía siendo yo.

Gian Marco

Ver la camioneta de Florencia estacionada frente al porche me cayó como un balde de agua fría. Me acomodé el sombrero, intentando recuperar la compostura que Cristal me había robado en menos de cinco minutos dentro de ese maldito gallinero.

Todavía sentía la molesta vibración de la adrenalina en las manos. Me maldije internamente. Cuatro años construyendo una vida perfecta, ordenada y pacífica en la hacienda, convenciéndome de que la tranquilidad del campo era lo único que necesitaba, y bastó con que Cristal apareciera cubierta de plumas y pataleando en el suelo para que todo mi entorno se convirtiera en un terremoto. No era amor, me repetía a mí mismo; era simplemente el efecto Cristal. Esa capacidad innata que tenía para desquiciar a cualquiera y alterar mi ritmo cardíaco.

Caminé hacia el porche con paso firme, tragándome la frustración. Florencia estaba de pie, de brazos cruzados, golpeteando el suelo con la punta de su zapato. Al verme llegar, sus ojos se entrecerraron con una indignación fría.

—Florencia —comencé, deteniéndome a unos pasos de ella—. Qué bueno que regresaste. Ayer no me dejaste explicarte...

—No vine a escuchar más excusas, Gian Marco —me interrumpió, con la voz cargada de una rabia contenida—. Vine por una respuesta clara. ¿Por qué sigo siendo la "otra" después de un año de relación? Me prometiste estabilidad. Me dijiste que estabas listo para que construyéramos un futuro aquí, ¡pero estás casado!

—Estoy separado, Florencia. Legalmente es un matrimonio que ya no existe en la práctica. Cristal y yo no tenemos contacto desde hace cuatro años, cada quien hizo su vida. Mi abogado ya tiene los papeles listos, ella solo vino porque es una exagerada dramática que quería hacer un espectáculo.

—¿Ah, sí? ¿Y para firmar un papel tenía que quedarse a dormir en tu casa? —Florencia dio un paso hacia mí, bajando la voz, con los ojos cristalizados—. Gian, tú y yo hemos llevado las cosas con calma. Mucha calma. He respetado tus tiempos, tus silencios... el hecho de que en todo este año ni siquiera hayamos tenido intimidad porque decías que querías hacer las cosas "bien" y esperar a que todo fuera formal.

Me tensé por completo. Las palabras de Florencia me cayeron como un golpe bajo. Tenía razón. En doce meses de noviazgo, nunca habíamos pasado de los besos en el porche. Yo me había escudado en el respeto, en el valor de la espera, en que la vida de campo requería otros procesos. Pero la realidad me golpeó de frente: no era caballerosidad, era un bloqueo. Un maldito bloqueo que ni yo mismo sabía cómo explicar sin quedar como un cobarde.




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