Cristal
—¡No voy a competir con un fantasma del registro civil! —el grito de Florencia retumbó en todo el porche, y honestamente, me llegó directo al orgullo. ¿Fantasma yo? ¡Por favor! Un fantasma no usa perfume importado ni tiene un atelier exitoso en la ciudad.
Verán, Lola me había dicho que camináramos por la puerta de atrás para evitar problemas, pero mi curiosidad es más fuerte que mi instinto de supervivencia. En cuanto entramos a la casa, le dije que iría a cambiarme los pantalones sucios de maíz, pero mis pies me llevaron directamente a la gran ventana de la sala, que daba justo hacia donde la parejita feliz discutía.
Me pegué al marco de la ventana, cuidando de no hacer ruido, aunque con las plumas que aún me quedaban en el cabello parecía más un espantapájaros que una espía de élite.
Al principio solo escuchaba murmullos, pero cuando Florencia soltó la bomba sobre la falta de intimidad en su año de noviazgo, juro que casi me da un síncope. ¿Gian Marco guardando el celibato? ¿El mismo hombre que en nuestra luna de miel parecía que quería recuperar el tiempo perdido de toda una vida? Mi cerebro caótico entró en cortocircuito. Una parte de mí sintió un subidón de ego monumental —¡ja! ¡La reina de la cosecha no había tocado territorio sagrado!—, pero la otra se llenó de puras preguntas. ¿Por qué no había estado con ella? ¿Tanto la respetaba... o es que el campo le había apagado el motor?
—¡Exijo que firme esos papeles hoy mismo y se vaya de mi vista! —sentenció Florencia afuera, con una voz que ya no sonaba tan dulce.
—Florencia, cálmate, no es tan fácil... —intentó decir Gian Marco, y por el tono de su voz, supe que estaba perdiendo la paciencia.
Tenía que escuchar mejor. La ventana tenía un pequeño espacio abierto abajo, así que me agaché, apoyando mis manos en el suelo de madera. El plan era perfecto, digno de una película de agentes secretos. El único problema es que olvidé un pequeñísimo detalle rústico: el gato de la hacienda.
Un felino enorme, gordo y de color naranja apareció de la nada debajo del sofá. Al ver mis movimientos extraños, asumió que yo era una especie de presa gigante o un juguete interactivo. Sin previo aviso, el gato se lanzó directo a mi tobillo descalzo y clavó sus garras con entusiasmo.
—¡¡CON UN DEMONIO, QUÍTATE!! —chillé del susto.
El dolor me hizo dar un salto felino hacia adelante. Perdiendo por completo el centro de gravedad, mi cuerpo empujó la gran ventana de madera, que no estaba bien asegurada. La hoja de la ventana se abrió de par en par con un golpe seco, y yo salí disparada hacia el porche, tropezando con el enorme macetero de helechos que adornaba la entrada.
El resultado, como ya es costumbre en mi historial clínico de desastres, fue espectacular.
Caí de rodillas en las maderas del porche, arrastrando el helecho conmigo, terminando con la mitad de la planta sobre mi espalda y un montón de tierra negra esparcida sobre mis jeans (que ahora eran una obra de arte abstracta entre lodo, maíz y abono orgánico). El gato, asustado por el estruendo, saltó sobre la camioneta de Florencia y desapareció.
Un silencio sepulcral se apoderó del lugar.
Lentamente, me quité una hoja de helecho que me tapaba el ojo izquierdo y levanté la mirada. Florencia me miraba con la boca tan abierta que pensé que se le iba a desencajar la mandíbula. Gian Marco, por su parte, tenía los ojos cerrados, el puente de la nariz apretado entre los dedos y una vena en la frente que parecía a punto de estallar.
—Buenos días... —dije con una sonrisa angelical, tratando de acomodarme el cabello revuelto—. Solo salía a tomar un poco de aire puro. Dicen que la tierra de la hacienda es excelente para el cutis.
Gian Marco exhaló un suspiro que sonó como el escape de un camión viejo.
—Cristal —dijo con esa voz peligrosamente baja que usaba cuando estaba a un milímetro de perder los estribos—. Dime que no estabas escuchando detrás de la ventana.
—¿Escuchando? ¿Yo? —me puse de pie con toda la dignidad que una mujer cubierta de tierra puede reunir, mirándolo fijamente a los ojos—. Para tu información, fui atacada por un tigre naranja. Pero ya que lo mencionas... —giré la cabeza hacia Florencia, clavando mis ojos en ella con una chispa de picardía que no pude contener—... qué interesante conversación tenían. Así que... ¿un año de pura "caballerosidad", eh?
La cara de Gian Marco pasó de la furia absoluta a una palidez incómoda en un segundo. Sabía perfectamente que yo lo sabía todo.
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Editado: 05.08.2026