Entre Lodo y Seda

CAPITULO 8 Orgullo, veneno y una firma que no va a llegar

CRISTAL

Si las miradas de Gian Marco hubieran sido flechas, yo ya parecería un colador. Al verse expuesto de esa manera frente a mí, y con Florencia mirándolo fijamente esperando que reaccionara como un hombre de verdad, su expresión se volvió de piedra. Esa tensión irritable y fría que nos separó hace cuatro años se congeló por completo.

—Tú no tienes absolutamente nada que opinar sobre mi vida, Cristal —me soltó Gian Marco con una voz tan cortante que me caló hasta los huesos. Dio un paso hacia mí, ignorando a Florencia por completo—. ¿Te parece divertido? ¿Te divierte venir a mi casa a espiar, a destruir todo lo que tocas y a meter las narices donde nadie te ha llamado?

Su tono no era el de un esposo arrepentido ni el del hombre que me había levantado en el gallinero hacía unos minutos. Era el tono de un hombre con el orgullo herido que quería aplastarme con sus palabras.

—Gian... —intentó intervenir Florencia, pero él la frenó levantando una mano, sin quitarme los ojos de encima.

—Viniste por tu divorcio, ¿no? —siguió él, dando otro paso que me obligó a retroceder hasta chocar con la pared del porche. Su cercanía ya no era bonita, era intimidante y cargada de resentimiento—. Viniste haciendo un berrinche porque querías que te lo pidiera en persona. Pues aquí me tienes. Firma los malditos papeles de una vez por todas y lárgate de mi hacienda. No te soporto un segundo más aquí. No eres más que un estorbo caótico.

El golpe dolió. Dolió en el centro de mi ego de diseñadora y en esa parte de mi corazón que, muy en el fondo, se había derretido un poquito con la escena de las gallinas. Pero si algo tengo, además de torpeza, es dignidad de alta costura.

Me sacudí los restos de tierra del helecho con una lentitud dramática, levanté la barbilla y le sostuve la mirada con toda la furia que pude reunir.

—¿Ah, sí? ¿Un estorbo? —le respondí, cruzándome de brazos—. Pues lamento informarte, querido, que este estorbo sigue siendo legalmente la dueña de la mitad de todo esto. Y ahora que veo lo desesperado que estás por deshacerte de mí para mantener tu mentira de "hombre perfecto" con tu novia, me lo voy a pensar dos veces.

Florencia soltó un jadeo de indignación.

—Gian Marco, haz algo —chilló la rubia—. ¡Dile que firme y que se vaya!

—No va a firmar nada hoy, Florencia —le dije yo, regálándole mi sonrisa más venenosa—. Mi abogado, que a diferencia del tuyo sí es competente, me recomendó revisar minuciosamente el inventario de la hacienda antes de poner mi valiosa firma en cualquier papel. Así que... me temo que se arruinó tu fin de semana de compromiso. Me quedo.

Gian Marco apretó los puños, y juro que escuché crujir sus nudillos.

—Tú no te quedas en mi casa, Cristal. Te vas hoy mismo, aunque tenga que subirte a la fuerza a tu carro.

—Atrévete —lo desafié, dando un paso hacia adelante, quedando a milímetros de su pecho—. Atrévete a ponerme una mano encima frente a tu novia y veremos qué dice el juez de divorcios sobre tu comportamiento.

El silencio que se formó entre los dos era una bomba de tiempo. Gian Marco me miraba con puro odio y frustración, pero detrás de toda esa rabia, yo podía ver el pánico en sus ojos oscuros. Pánico porque sabía que, mientras yo estuviera en la hacienda, él no tenía el control de absolutamente nada. Ni de su novia, ni de su pasado... ni de lo que realmente le pasaba conmigo.




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