Entré Los Escombros Del Imperio

CAPITULO 8

ARQUITECTURA SÍSMICA

La luz del amanecer en Manhattan no pedía permiso, entraba como una expropiación. El resplandor se filtraba por los ventanales de la Torre Storm, dibujando líneas de un naranja eléctrico sobre las sábanas de lino gris.

Kimberly despertó con la sensación de un peso ausente. Extendió la mano, buscando el calor de la noche anterior pero solo encontró el vacío frío del colchón. Dante no estaba.

Se incorporó lentamente, estirándose con la pereza de un felino que acaba de descubrir un territorio nuevo. Ignoró su propia ropa, ese vestido verde esmeralda que yacía en el suelo como el divertido cadáver de una batalla ganada y caminó descalza hacia el vestidor de Dante.

Buscó entre las perchas milimétricamente alineadas y robó una camisa de algodón blanca. Al ponérsela el tejido fresco la envolvió con su aroma, sándalo, metal y una seguridad tan perfecta que resultaba casi insultante. Dejó los botones superiores e inferiores desabrochados, permitiendo que la prenda flotara sobre sus muslos con una soltura absoluta.

Salió al salón principal con paso silencioso en una aproximación puramente táctica. La estancia estaba bañada por una luz cenicienta y frente al ventanal que dominaba el Empire State, estaba él.

Dante Storm creía que el silencio era su mejor arma. Estaba sentado en su sillón de cuero negro, con una pierna cruzada con elegancia arquitectónica, sosteniendo el periódico financiero como si sostuviera el destino del mundo. El café negro humeaba en la mesa de cristal y su mirada irradiaba una calma que a Kimberly le pareció un reto directo.

Él pensaba que con su estrategia de ternura de la noche anterior había logrado domar al monstruo, pensaba que el café y el periódico eran el sello de una victoria doméstica. Kimberly sintió una punzada de pura diversión en la boca del estómago, Dante veía la vida en un aburrido blanco y negro de gráficos y balances ella prefería fracturarle la perspectiva, alterando las coordenadas de su terreno firme, aunque tuviera que activar una falla geológica para quebrar el lienzo de su orden.

Caminó hacia él. Dante, con ese instinto de depredador bajó ligeramente el periódico. Sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en la forma en que la luz matutina transparentaba la camisa blanca. Sus facciones no se alteraron, pero Kimberly notó el sutil endurecimiento de su mandíbula. El analista estaba recalculando la situación.

  • Dos minutos tarde, Kimberly - dijo él, con su voz vibrando en el aire quieto, manteniendo el tono plano de quien dicta un informe trimestral - El café se está enfriando.
  • A mí me aburren las cosas frías, Dante -respondió ella, con una sonrisa ligera y descarada - Y más los hombres que se esconden detrás de las noticias antes de dar los buenos días.

Kimberly no fue hacia la cafetera, caminó directamente hacia él. Dante intentó mantener su fachada de indiferencia volviendo a subir el periódico, un escudo de papel impreso con los índices de Wall Street pero ella simplemente no creía en las barreras estructurales. Con un movimiento rápido y felino, le arrebató las hojas de las manos, las arrugó sin el menor cuidado y las lanzó al aire, dejando que se dispersaran de mala manera contra el ventanal.

Dante se congeló, sus manos quedaron suspendidas en el aire durante un milisegundo, vacías, sosteniendo la nada. Una llamarada de pura sorpresa cruzó sus pupilas grises antes de que sus cejas se juntaran en una línea severa. Nadie en los últimos diez años le había arrebatado nada de las manos, mucho menos con semejante desparpajo.

  • ¿Qué demonios...? - comenzó Dante, enderezando el torso, el tono frío tiñéndose de una advertencia peligrosa. Pero ella ya no le dio espacio para ejecutar ninguna defensa.

Se sentó a horcajadas en su regazo, aplastando los pantalones de su traje de sastre con la calidez de sus piernas desnudas. El impacto físico obligó a Dante a tensar todo el cuerpo, fue el primer impacto de magnitud 7.2 Mw destinado a agrietar su templanza. Kimberly sintió los músculos de los muslos de él volverse duros como rocas bajo su peso, le rodeó el cuello con los brazos, enredando los dedos en su pelo oscuro para obligarlo a mirarla de cerca. Tan cerca que el aliento a menta de ella y el de café de él se mezclaron en el mismo centímetro de aire.

  • Olvida el mercado por cinco minutos, Storm - susurró ella, con una voz suave, juguetona y cargada de una soltura que rompía toda su estampa rígida - Olvida quién compra a quién. Anoche jugamos a tu juego del caballero paciente, pero esta mañana me toca a mí y yo no sé negociar.

Dante la miró fijo, atrapado entre la indignación de ver sus protocolos vulnerados y la violenta respuesta de su propio cuerpo ante la cercanía de ella. Sus manos subieron de golpe, buscando el control. Sus dedos, grandes y firmes, se clavaron en la cintura de Kimberly. Inicialmente, el gesto fue el de un hombre que se dispone a apartar un obstáculo, a recolocar una pieza fuera de lugar pero el calor de la piel de ella bajo la fina camisa blanca actuó como un cortocircuito en su mente analítica. Sus dedos no la empujaron se cerraron con fuerza, reteniéndola contra él.

Antes de que él pudiera articular una sola palabra de reproche corporativo, ella la anuló mediante un segundo movimiento sísmico devastador, mordiéndole el labio inferior con una picardía salvaje. Dante soltó un gruñido profundo, un sonido gutural bajo y áspero que nació en el fondo de su pecho y que jamás habría permitido salir en presencia de otra persona.

No fue un beso protocolario, fue una onda de choque expansiva que fracturó su mundo gris desde el subsuelo. Kimberly lo besó con una urgencia deliciosa, saboreándolo, reclamando su boca con una libertad absoluta, Dante se resistió apenas una fracción de segundo, intentando mantener los labios tensos, pero la audacia de Kimberly lo barrió por completo. Abrió la boca, cediendo al asalto y le devolvió el beso con una intensidad oscura y hambrienta, como si la rigidez estructural que tanto pregonaba se hubiera evaporado en un solo segundo.




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