Entré Los Escombros Del Imperio

CAPITULO 9

EL PRECIO DEL LINAJE

La fachada de cristal de Thorne & Co. se alzaba en el Midtown como un obelisco de plata y arrogancia. Esa mañana, sin embargo, el aire que rodeaba el edificio parecía cargado de una presión invisible que hacía que los empleados se apartaran al paso de la pareja que acababa de descender del Bentley negro.

Dante Storm caminaba con su habitual elegancia depredadora pero algo en su postura había cambiado. Su traje gris marengo lucía impecable, pero el primer botón de la camisa estaba cerrado con una rigidez inusual, ocultando la marca violenta que Kimberly le había tatuado con los labios apenas una hora antes.

A su lado, Kimberly era la encarnación de una victoria bélica, vestía un traje de chaqueta blanco impoluto y sus tacones de aguja impactaban contra el mármol con la precisión de un disparo. Sus labios, teñidos de un rojo sangre, sostenían una sonrisa que no prometía paz.

Al alcanzar la planta presidencial, el silencio se volvió absoluto. Al fondo del pasillo, justo ante las imponentes puertas de roble del salón de juntas, una figura los esperaba, Arthur Thorne.

Su padre no llevaba la máscara de derrota que Kimberly anticipaba. Al contrario, lucía su mejor traje de tres piezas y esa sonrisa condescendiente que a ella siempre le revolvía el estómago, la misma que Arthur reservaba para los socios a los que estaba a punto de liquidar.

  • Dante, mi querido muchacho - dijo Arthur, extendiendo una mano que el otro estrechó con una frialdad estrictamente profesional - Qué mañana tan agitada. Las acciones están volando parece que el mercado ha recibido con entusiasmo este cambio de planes.
  • El mercado adora las sorpresas, Arthur - respondió Dante, su voz resonando con eco en el pasillo - Especialmente cuando vienen respaldadas por un compromiso de fusión total.

Arthur asintió, pero sus ojos gélidos y calculadores, se desviaron de inmediato hacia su hija.

  • Dante, ¿te importaría darnos un minuto? - pidió Arthur con una cortesía melosa que ocultaba cuchillas - Como padre, me gustaría darle una pequeña bendición a Kimberly antes de que asista a su primera junta oficial como parte del clan Storm. Ya sabes cómo son estas cosas... asuntos de linaje.

Dante dudó su instinto de analista le advirtió que no debía dejarla a solas con ese hombre, pero Kimberly le puso una mano en el brazo. El contacto fue breve, mas Dante percibió la imperceptible vibración de tensión en sus dedos.

  • Está bien, Dante. Entra tú - dijo ella, sosteniéndole la mirada - No querrás que los analistas sospechen que el gran Storm es incapaz de abrir una sesión sin su esposa - y le brindo una sonrisa con su habitual coquetería desafiante que tanto le caracterizaba.

Dante la escudriñó un segundo más, buscando alguna fisura en su armadura de porcelana. Al no encontrarla, asintió y cruzó el umbral del salón.

En cuanto las puertas de roble se cerraron, la afabilidad de Arthur Thorne se evaporó como el humo. Su rostro se transfiguró en una mueca de furia contenida y un rubor colérico le escaló por el cuello, agarró a Kimberly del brazo, clavándole los dedos y la empujó hacia un rincón del vestíbulo, lejos del alcance de las secretarias.

  • ¿Qué demonios crees que has hecho? -siseó Arthur, transformando su voz en un látigo - He leído las nuevas cláusulas, Kimberly. Has vinculado tus acciones personales a la fusión. Le has entregado el control de la reserva de tu abuela a Storm. ¡Ese era mi seguro de vida!

Kimberly se zafó del agarre con un movimiento seco y cortante, se alisó la solapa de la chaqueta m manteniendo la barbilla en alto.

  • No, padre. Ese era mi seguro de vida - lo corrigió ella con un susurro helado - Tú ibas a entregar a Hilary como un cordero al matadero a cambio de una inyección de capital. Yo solo he cambiado la divisa. Ahora la firma es mía, no tuya.
  • ¡Eres una estúpida engreída! - Arthur dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio vital hasta que Kimberly pudo oler su loción - ¿Crees que por haberte metido en su cama ya manejas el poder? Dante Storm no te ve como una socia, eres un activo que le ha arrebatado a un competidor herido. Para él, eres una transacción exitosa.para mí, eres la hija que acaba de traicionar su propia sangre por las migajas de atención de un tiburón.

Kimberly sintió que las palabras de su padre la perforaban con más saña que cualquier golpe físico. No era la rabia lo que le dolía, sino la confirmación de una sospecha latente. El eco de la noche anterior y de la mañana en el ático pareció agrietarse bajo el peso de la lógica corporativa.

  • Para ti - declaró ella, con la voz trémula pero sostenida por un orgullo feroz - ninguna de las dos ha sido nunca otra cosa que una moneda de cambio. Hilary era la opción dócil y barata. Yo fui la pieza defectuosa que lograste colocar a precio de oro. No te importa la empresa, papá. Te revienta haber perdido la correa.
  • Disfruta de tu poder mientras dure, Kimberly - escupió Arthur, recomponiendo su fachada aristocrática antes de que algún empleado los viera - Pero grábate esto en este mundo, el que firma el contrato es el dueño y tú acabas de suscribir tu propia servidumbre. Entra ahí y finge que eres una Storm pero ambos sabemos que solo eres un desastre que ha encontrado un amo más rico.

Arthur le dio la espalda y entró en el salón de juntas, dejándola a solas con el silencio del pasillo.

Kimberly se quedó inmóvil. El aire acondicionado del edificio parecía haberle succionado el oxígeno de los pulmones. Se contempló en el reflejo de los cristales su traje blanco seguía impecable y ni un solo mechón de su peinado se había desviado, pero por dentro sentía el inicio de un desmoramiento catastrófico. Las palabras de su padre operaban como un veneno lento, activo... transacción... moneda de cambio.

Cerró los ojos y respiró hondo, intentando invocar la fuerza tectónica que había desatado esa mañana en el sillón de cuero negro. Se obligó a enderezar la columna, ajustó su máscara de frialdad y sepultó la humillación bajo una gruesa capa de hielo.




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