EL DESPOJO DE LOS SÍMBOLOS
Kimberly abandonó el invernadero con el eco de las advertencias de Hilary vibrando en sus oídos, al cruzar el umbral que conectaba la estructura de cristal con el ala trasera de la residencia principal, el ambiente mutó de forma drástica. La humedad cálida y floral fue suplantada por un aire acondicionado demasiado frio, artificial y esterilizado. Cada impacto de sus tacones sobre el mármol pulido del vestíbulo parecía despertar los fantasmas de antiguas cenas silenciosas, reproches velados y correcciones milimétricas de postura.
Evitó la escalinata señorial de la entrada sabía con certeza matemática que su padre no se encontraría en el piso inferior, Arthur Miller no era un hombre de retiradas discretas ni de esperas pasivas sino un depredador que custodiaba su territorio desde las alturas.
Al alcanzar la planta presidencial de la casa, Kimberly se dirigió a sus dependencias. No precisaba una maleta de gran volumen lo único que verdaderamente le importaba de aquel mausoleo cabía en un espacio ridículamente reducido. Sin embargo, al accionar el pomo de la puerta de su dormitorio, se detuvo en seco.
Arthur estaba allí.
No adoptaba una postura de descanso permanecía rígido ante el gran ventanal, con las manos entrelazadas a la espalda, contemplando el Bentley negro de Dante que aguardaba abajo en la rotonda como una mancha de petróleo sobre un lienzo inmaculado. El aroma denso de su tabaco de pipa una fragancia que para Kimberly siempre había operado como el preámbulo de un juicio inminente impregnaba las cortinas de seda gris.
Kimberly prescindió de la réplica, avanzó directamente hacia su tocador de madera de cerezo con paso firme. Ignoró las hileras de ropa de diseñador que abarrotaban el vestidor adjunto, indumentaria que ella jamás había escogido y vestidos que solo cumplían la función de exhibir el buen gusto del patriarca y dirigió sus manos hacia un pequeño joyero de madera tallada que había pertenecido a su abuela materna.
Arthur liberó una risa seca, un chasquido amargo que resonó en las paredes desiertas de la habitación.
Kimberly abrió un compartimento falso en el fondo de un antiguo baúl de viaje. Extrajo una chaqueta de cuero desgastada, la misma prenda que había utilizado para escandalizar a la junta directiva en la gala benéfica de los Miller años atrás. Debajo del cuero, recuperó un fajo de cartas atadas con una cinta descolorida y una cámara Leica analógica. Aquello constituía todo su inventario real, sus únicos asideros con la cordura antes de ser tasada como una divisa corporativa.
Arthur acortó la distancia entre ambos con pasos lentos y calculados, invadiendo su espacio personal con esa agresividad pasiva que había condicionado la existencia de su hija.
Kimberly cerró la cremallera del bolso con un golpe seco y se lo colgó del hombro. Se irguió por completo, plantándole cara a su padre y sosteniéndole la mirada por primera vez en veinticuatro años sin el lastre del pánico infantil.