Entré Los Escombros Del Imperio

CAPITULO 14

SEMILLAS DE CIZAÑA

El trayecto de Greenwich a Manhattan fue un borrón distópico de luces de neón, asfalto mojado y sombras chinescas. Dante Storm conducía el Bentley con una agresividad gélida, con las manos aferradas al volante de cuero con tanta fuerza que sus nudillos destacaban como relieves de mármol bajo la luz tenue del tablero. Cada vez que el motor rugía al adelantar de forma temeraria en la autopista, las palabras de Arthur golpeaban el interior de su cráneo con la rítmica y despiadada precisión de un martillo hidráulico.

"No fue deseo. Fue una transacción de control."

Dante intentaba desechar el eco de esa voz, se repetía a sí mismo que Arthur era un hombre acabado, un animal corporativo moribundo que lanzaba dentelladas desesperadas para emponzoñar lo único que Dante había empezado a valorar fuera de los gráficos de Wall Street. Pero la sospecha es un parásito de una eficiencia aterradora, una vez que halla una fisura en la armadura analítica, se alimenta del silencio y de la ausencia.

Cuando el ascensor privado lo depositó finalmente en su piso, Dante esperaba encontrar el ático iluminado. Deseaba con una urgencia casi primitiva percibir el sonido lejano de sus pasos, el aroma de su perfume de jazmín terroso flotando en el ambiente o su silueta desafiante recortada contra los rascacielos. Necesitaba verla para que la sola realidad de su presencia desintegrara las calumnias de su padre.

Sin embargo, el ático lo recibió sumergido en una penumbra sepulcral.

Dante caminó hacia el centro del gran salón y el impacto de sus zapatos sobre el hormigón pulido le devolvió un eco que sonaba exactamente igual a su propia soledad. No encendió las luces artificiales. Nueva York, a través de los inmensos ventanales de suelo a techo, proyectaba una luminiscencia azulada y fría que confería al mobiliario de diseño un aspecto espectral, casi mortuorio.

Entonces, lo vio.

En mitad de la estancia, justo en el perímetro exacto donde ella lo había desarmado la noche anterior yacía el vestido verde esmeralda que ella había dispuesto llevar a la tintorería al final de la tarde. Una mancha de seda brillante que parecía el cadáver abandonado de la pasión que habían compartido dias antes. Ver la prenda allí, vacía y deslucida por la sombra, hizo que el estómago de Dante se contrajera con violencia. Era el recordatorio visual de que el desastre se había marchado y de que por una razón indescifrable, no había regresado a su lado.

El reloj digital del panel de la cocina marcó las 8:00 PM con un parpadeo de neón hostil.

Dante permanecía sentado en el mismo sillón de cuero negro donde esa mañana ella se había sentado a horcajadas sobre su regazo como cada mañana desde el uno que se había instalado en ese piso, sometiéndolo con una ferocidad que ahora, bajo el tamiz de la sospecha, empezaba a parecerle una coreografía milimétricamente calculada día a dia. Tenía el teléfono móvil aprisionado en la palma de la mano. La pantalla iluminaba sus facciones cansadas, acentuando las ojeras oscuras y la marca violeta que los labios de ella le habían tatuado en el cuello. Un vestigio físico que ahora se sentía más como una marca de hierro candente que como un vestigio de deseo espontáneo.

Marcó su número por décima vez en las últimas dos horas.

El tono de llamada comenzó a rasgar el silencio. Un pitido. Dos. Tres. Cuatro. Cada repique operaba como una punzada de ansiedad que le recorría la espina dorsal. Finalmente después de varias horas, la voz grabada de Kimberly, esa cadencia aterciopelada y cargada de una ironía descarada que él tanto adoraba, saltó en el buzón de voz.

"Hola, soy Kimberly. Si no respondo es porque estoy causando un incendio o iniciando un temblor en algún lado de este país. Deja tu mensaje si te atreves."

Dante cortó la comunicación sin pronunciar palabra. Lanzó el dispositivo sobre la mesa de cristal de un manotazo. El impacto resonó con la contundencia de un disparo en mitad de la noche.

  • ¿Dónde demonios estás, Kimberly? - susurró hacia la oscuridad del ático y su propia voz le sonó extraña, desprovista de la autoridad con la que manejaba los flujos de capital del mundo.

Se incorporó y caminó hacia el ventanal, contemplando el hormiguero incandescente de Manhattan. La ciudad que él dominaba con un chasquido de dedos se percibía de repente inmensa, ajena y hostil. Arthur Thorne había ejecutado su última jugada con una maestría ponzoñosa. "Utilizó el cuerpo de su hermana como carnada, utilizó mi debilidad para obligarte a intervenir y ahora utiliza tu cama para blindarse."

Dante cerró los ojos y repasó la cinta de su memoria con la precisión de un perito judicial. Recordó la mirada de Kimberly en la junta directiva tras el altercado en el pasillo. ¿Era dolor genuino lo que había visto en sus pupilas o era la frustración matemática de una estratega que se sabía descubierta? Rememoró aquella primera mañana, la soltura absoluta con la que le había arrebatado el periódico financiero de las manos para forzarlo a capitular. ¿Había sido pasión desbordada o una técnica de distracción masiva diseñada para asegurar que él no viera los hilos corporativos que ella movía por detrás?

La lógica formal, su aliada histórica en los mercados, se estaba volviendo en su contra como un arma de doble filo. Kimberly Thorne era una mujer superdotada para los negocios, capaz de desviar activos a paraísos fiscales y de resistir los castigos psicológicos más severos de su dinastía. No era una debutante asustada el mejor que nadie lo sabía, era una jugadora de alta escuela. Y él, Dante Storm, cegado por el calor de su piel bajo una camisa de algodón egipcio, le había entregado las llaves de su holding, el respaldo de su firma y el control de su intimidad en menos de una semana.

Avanzó hacia la barra del bar y se sirvió un whisky doble. El líquido le abrasó la garganta, pero fue incapaz de mitigar el frío glacial que se le había instalado debajo del esternón. Regresó al centro del salón y se detuvo frente al vestido verde esmeralda.




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