Entré Los Escombros Del Imperio

CAPITULO 15

EL KILÓMETRO CERO DEL DESASTRE

El velocímetro de su auto marcaba una cifra que habría aterrorizado a cualquier patrulla de caminos, pero Kimberly ya no veía los números solo veía el rastro borroso de las luces de la autopista fundiéndose en una línea continua de neón hostil. El rugido ensordecedor del motor era lo único que lograba acallar aunque fuera por ráfagas intermitentes la voz ponzoñosa de Arthur Thorne resonando en las paredes de su cráneo.

"Solo eres un activo que ha logrado arrebatarle a un competidor herido" le había siseado él y el veneno de la frase se entrelazaba ahora con los ecos de reproches mucho más antiguos, aquellos que llevaban una década pudriéndose en su memoria. "Eres un desastre, Kimberly. Una fuerza destructiva que arrasa con todo lo que toca."

Manejaba sin rumbo fijo, dejando atrás los límites de la ciudad, internándose de forma temeraria en las carreteras secundarias del norte del estado, donde la oscuridad se volvía más espesa y los árboles se cerraban sobre el asfalto como dedos de sombra. Una parte de ella, la que todavía guardaba el calor de las manos de Dante grabada en sus caderas y la ferocidad salvaje de su defensa pública en la junta, quería gritar que su padre mentía. Quería forzarse a creer que Dante Storm era el primer hombre en su existencia que no intentaba tasarla ni ponerle una etiqueta de precio a su dignidad.

Sin embargo, el frío de la lógica formal, ese mismo mecanismo de defensa que la había ayudado a sobrevivir a los castigos psicológicos de la mansión se instalaba en su pecho como un bloque de hielo. Su propia investigación, los años que pasó diseccionando a Dante en las sombras para hallar sus debilidades, no hacían más que validar las palabras de Arthur. Dante era un depredador de la más alta escuela, un hombre que no dejaba una sola variable al azar, que compraba barato, vendía caro y desconocía el significado de la palabra "pérdida" porque siempre encontraba la manera de compensar los saldos negativos en la siguiente jugada.

¿Y qué era ella sino una compensación? La ficha colateral que él había movido para asegurar la capitulación total de los Thorne y quedarse con el treinta por ciento de los activos de la reserva. Había perdido su lugar en el mundo, ya no era la hija rebelde que desafiaba al patriarca y se sabía incapaz de fungir como la consorte trofeo o la socia de papel en una multinacional de hielo. Estaba a la deriva, exactamente igual que aquella noche fatídica en la que el mundo se detuvo para siempre.

Casi sin percatarse, sus manos guiaron el volante hacia el norte. El paisaje le resultó dolorosa, asfixiantemente familiar, las curvas se cerraron con brusquedad, el asfalto se tornó irregular y el olor a pino húmedo y tierra mojada inundó sus fosas nasales a través de las rejillas de ventilación. Kimberly redujo la marcha. Su corazón empezó a martillear contra sus costillas con una cadencia pesada, un compás de pura angustia.

Se detuvo en una curva cerrada, un tramo desierto de la calzada que bordeaba un barranco protegido apenas por una valla de bionda metálica oxidada por el tiempo. Apagó el motor y extinguió las luces ópticas. El silencio que se desplomó a continuación fue absoluto, roto de forma agónica únicamente por el clic-clic metálico del bloque motor enfriándose en la penumbra.

Había regresado al epicentro del desastre. Al kilómetro cero donde, hacía exactamente diez años, su madre había dejado de ser su único anclaje en el mundo para transmutarse en un recuerdo fragmentado entre el cristal templado roto y el metal retorcido.

Kimberly descendió del vehículo. Sus zapatos de tacón, los mismos que habían pisado con soberbia el mármol de Miller & Co. esa misma mañana, ahora se hundían sin piedad en la tierra blanda y la grava del arcén. Caminó hacia el borde del abismo, apoyando las palmas de las manos sobre el metal helado de la barrera.

  • Hola, mamá - susurró, y su propia voz se quebró de inmediato al contacto con el aire gélido de la noche.

Esa noche de hace una década, ella ocupaba el asiento del copiloto. Recordaba con una nitidez enfermiza la lluvia torrencial golpeando el parabrisas, el olor a lavanda del perfume de su madre y la forma en que ella se reía con una ligereza hermosa, ignorando por un instante que huían de la sombra asfixiante de Arthur. Un error de cálculo, un neumático que cedió ante el planeo acuático, un giro desesperado del volante... y luego el vacío absoluto.

Kimberly había sobrevivido, pero solo para convertirse en el despojo viviente que Arthur Thorne jamás pudo perdonarle. Recordaba la voz de su padre al día siguiente del entierro, desprovista de lágrimas, clavándose en sus oídos de adolescente como un veredicto inapelable: "Ella conducía ese maldito auto porque tú insististe en marcharte. Eres un desastre, Kimberly. Una maldición. Tu madre está bajo tierra por tu culpa, porque traes la ruina a cualquiera que cometa la estupidez de quererte."

Durante diez años, Arthur le había machacado la psique con esa misma letanía, cada vez que Kimberly intentaba destacar, cada vez que saboteaba una de sus transacciones o escandalizaba a la junta directiva, él la miraba con asco y le recordaba su naturaleza maldita, "Mírate, solo sabes destruir. Destruiste a tu madre, destruiste el orden de esta casa y ahora pretendes destruir mi legado. Eres un desastre que solo sirve para causar incendios."

Se deslizó por la valla metálica hasta sentarse directamente en el suelo, de espaldas al abismo, abrazando sus rodillas contra el pecho. El frío de la tierra húmeda empezó a calarle los huesos, atravesando el traje blanco que ahora lucía manchado de lodo y grava, pero no le importaba en absoluto. Aquí, en el cuadrante exacto de su demolición original, no tenía la obligación de fingir que era una Thorne y mucho menos la futura Señora Storm. No requería ser la divisa de cambio de ningún consorcio. Solo era Kimberly, la niña rota que todavía buscaba una mano que la sostuviera sin exigirle la firma de un contrato de exclusividad a cambio.




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