Entré Los Escombros Del Imperio

CAPITULO 17

LA CARTOGRAFÍA DEL DOLOR

El asfalto bajo los neumáticos del Bentley de Dante no era solo una carretera, era una herida abierta que se internaba en las entrañas de la oscuridad del estado de Nueva York. Dante manejaba con una concentración casi feroz, con los ojos inyectados en sangre fijos en la señal GPS que parpadeaba en el tablero como un recordatorio flagrante de su propia impotencia. Había dejado atrás los rascacielos y el orden geométrico de la ciudad, sustituyéndolos por la naturaleza caótica, opresiva y desalmada de los bosques del norte.

  • ¿Por qué aquí, Kimberly? - se preguntaba en un susurro áspero, mientras el vector digital le indicaba que el punto de destino se ubicaba en un tramo de la calzada que parecía conducir directamente a la nada.

Allí no existían hoteles de cinco estrellas, ni refugios exclusivos para la élite de Manhattan, ni rastros de civilización. Solo había árboles que se tragaban la poca luz de la noche y al borde del camino, el abismo.

Las palabras de Arthur Miller seguían flotando en el pero ahora adquirían un eco sustancialmente diferente. Dante ya no experimentaba la rabia helada del hombre de negocios que se teme traicionado, sino la inquietud punzante del que empieza a asimilar que el supuesto desastre de Kimberley Thorne no obedecía a una estrategia corporativa, sino a una patología del alma. Si su propósito era desmantelar Storm Holdings, ¿Por qué escapar hacia el vacío? Si ella era una espía sofisticada, ¿Por qué apagar el teléfono en mitad de un bosque desierto?

Cuando Dante arribó a la coordenada exacta, hundió el pie en el freno. A lo lejos, las luces de cruce de su coche iluminaron el destello metálico del deportivo de Kimberly, estacionado de forma irregular en el arcén. Estaba por completo a oscuras, con las puertas abiertas y el corazón de Dante dio un vuelco violento. Por una fracción de segundo, el tiburón implacable de Wall Street se evaporó de su propia estructura solo quedó un hombre aterrado ante la posibilidad inminente de hallar un cadáver en lugar de una explicación.

Frenó de golpe y descendió del vehículo, dejando la puerta del conductor abierta de par en par. El frío glacial de la montaña lo golpeó en el rostro con un aroma seco a resina, agujas de pino y tierra vieja. Caminó a zancadas hacia el auto de ella pero estaba desierto.

  • ¡Kimberly! - bramó, y su propia voz fue devorada de inmediato por la densidad de los pinos.

Entonces, la vio.

Permanecía sentada directamente sobre la tierra húmeda, conformando una mancha blanca y fantasmal contra la hostilidad del bosque. Estaba apoyada contra la valla de metal oxidada que apenas protegía una curva cerrada sobre el barranco. Parecía diminuta, una figura frágil que no guardaba el menor punto de encuentro con la mujer que había hecho tambalearse el consejo de administración esa misma mañana. Tenía la cabeza sepultada entre las rodillas y el cabello rubio, antes peinado con una rigidez impecable, caía ahora sobre sus hombros en un desorden trágico.

Dante se aproximó con cautela, sintiendo la grava crujir bajo sus zapatos sastre. El sonido alertó a Kimberly, obligándola a levantar la vista. Sus ojos, bajo la luz mortecina de la luna, aparecían hundidos, cercados por unas sombras y un desgarro que ninguna cantidad de maquillaje habría logrado camuflar. No había un solo atisbo de desafío en su mirada. Solo una fatiga infinita, una orfandad que calaba hasta los huesos.

  • ¿Cómo me has encontrado? - susurró ella. Su voz era apenas un hilo quebradizo, desgarrada por el frío de la madrugada y por un llanto contenido que amenazaba con ahogarla.
  • Tengo un protocolo de rastreo satelital instalado en todos mis activos, Kimberly - respondió él, arrojando la palabra "activo" de forma premeditada, buscando forzar una grieta, una reacción que lo devolviera a la lógica.

Ella liberó una risa amarga, un sonido seco que se transformó de inmediato en un violento escalofrío.

  • Activos, por supuesto - devolvió ella, entrelazando los dedos congelados - Viniste a certificar que tu costosa propiedad no se hubiera despeñado por el precipicio antes de que las firmas de la fusión fueran completamente oficiales. Qué negligencia por mi parte descuidar el inventario.

Dante se detuvo a escasos dos metros de ella. La cizaña de Arthur Miller intentó brotar una última vez en su mente, advirtiéndole que aquello podía constituir una magnífica puesta en escena dramática, pero el entorno real era demasiado crudo, demasiado hostil para albergar una mentira. El dolor de Kimberly se respiraba en el aire, era algo físico.

  • Tu padre me aseguró que me odias - declaró Dante, y la rigidez de su voz empezó a resquebrajarse - Me juró que lo de estas mañanas en el ático no había sido más que un simulacro, una metodología para quemarme desde las estructuras internas. Me dijo que habías huido de la mansión porque él había logrado descubrir tu juego.

Kimberly lo contempló, y por primera vez en toda la noche, una chispa de la antigua furia prendió en sus pupilas, pero era una indignación dirigida hacia el vacío absoluto de la nada.

  • Mi padre no sabe un maldito demonio de mí - siseó ella, y un sollozo desgarrador le partió la frase en dos - Él está convencido de que el universo entero se rige exclusivamente por el odio o por los márgenes de ganancia, porque esas son las únicas variables que habitan en su pecho hueco - Ella alzó una mano temblorosa, señalando con un ademán vago hacia la negrura que se abría detrás de la barandilla metálica - ¿Tienes la menor idea de qué cuadrante es este, Dante? ¿Tu equipo de analistas te dio el historial de esta carretera?

Él observó la calzada, la curva traicionera y la bionda deformada por el paso del tiempo. De pronto, con el impacto de un disparo, las piezas sueltas del rompecabezas que él mismo había recopilado durante años sobre la dinastía Thorne encajaron con una violencia matemática brutal. Los informes confidenciales de la prensa hablaban de un accidente trágico en el norte del estado, de una pérdida irreparable que Arthur Thorne se había encargado de sepultar bajo toneladas de relaciones públicas y acuerdos de confidencialidad.

  • Aquí murió, en este mismo lugar murió ella - continuó Kimberly, girando apenas para clavar la vista en el fondo del precipicio, abrazándose las piernas como si intentara evitar que su propio cuerpo se rompiera en pedazos - Hoy hace exactamente diez años. Ella era mi única ancla, Dante. El único ser humano que me miraba sin calcular cuánto beneficio podía extraer de mí en un futuro y desde el segundo en que su corazón se detuvo entre los hierros de este barranco, yo solo he sido el maldito desastre que sobrevivió. Mi padre me mira cada mañana y solo experimenta el recordatorio de que la única persona a la que él amaba o la única que le pertenecía realmente se marchó para siempre, y yo me quedé aquí.




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