LA CARTOGRAFÍA DEL DOLOR
El asfalto bajo los neumáticos del Bentley de Dante no era solo una carretera, era una herida abierta que se internaba en las entrañas de la oscuridad del estado de Nueva York. Dante manejaba con una concentración casi feroz, con los ojos inyectados en sangre fijos en la señal GPS que parpadeaba en el tablero como un recordatorio flagrante de su propia impotencia. Había dejado atrás los rascacielos y el orden geométrico de la ciudad, sustituyéndolos por la naturaleza caótica, opresiva y desalmada de los bosques del norte.
Allí no existían hoteles de cinco estrellas, ni refugios exclusivos para la élite de Manhattan, ni rastros de civilización. Solo había árboles que se tragaban la poca luz de la noche y al borde del camino, el abismo.
Las palabras de Arthur Miller seguían flotando en el pero ahora adquirían un eco sustancialmente diferente. Dante ya no experimentaba la rabia helada del hombre de negocios que se teme traicionado, sino la inquietud punzante del que empieza a asimilar que el supuesto desastre de Kimberley Thorne no obedecía a una estrategia corporativa, sino a una patología del alma. Si su propósito era desmantelar Storm Holdings, ¿Por qué escapar hacia el vacío? Si ella era una espía sofisticada, ¿Por qué apagar el teléfono en mitad de un bosque desierto?
Cuando Dante arribó a la coordenada exacta, hundió el pie en el freno. A lo lejos, las luces de cruce de su coche iluminaron el destello metálico del deportivo de Kimberly, estacionado de forma irregular en el arcén. Estaba por completo a oscuras, con las puertas abiertas y el corazón de Dante dio un vuelco violento. Por una fracción de segundo, el tiburón implacable de Wall Street se evaporó de su propia estructura solo quedó un hombre aterrado ante la posibilidad inminente de hallar un cadáver en lugar de una explicación.
Frenó de golpe y descendió del vehículo, dejando la puerta del conductor abierta de par en par. El frío glacial de la montaña lo golpeó en el rostro con un aroma seco a resina, agujas de pino y tierra vieja. Caminó a zancadas hacia el auto de ella pero estaba desierto.
Entonces, la vio.
Permanecía sentada directamente sobre la tierra húmeda, conformando una mancha blanca y fantasmal contra la hostilidad del bosque. Estaba apoyada contra la valla de metal oxidada que apenas protegía una curva cerrada sobre el barranco. Parecía diminuta, una figura frágil que no guardaba el menor punto de encuentro con la mujer que había hecho tambalearse el consejo de administración esa misma mañana. Tenía la cabeza sepultada entre las rodillas y el cabello rubio, antes peinado con una rigidez impecable, caía ahora sobre sus hombros en un desorden trágico.
Dante se aproximó con cautela, sintiendo la grava crujir bajo sus zapatos sastre. El sonido alertó a Kimberly, obligándola a levantar la vista. Sus ojos, bajo la luz mortecina de la luna, aparecían hundidos, cercados por unas sombras y un desgarro que ninguna cantidad de maquillaje habría logrado camuflar. No había un solo atisbo de desafío en su mirada. Solo una fatiga infinita, una orfandad que calaba hasta los huesos.
Ella liberó una risa amarga, un sonido seco que se transformó de inmediato en un violento escalofrío.
Dante se detuvo a escasos dos metros de ella. La cizaña de Arthur Miller intentó brotar una última vez en su mente, advirtiéndole que aquello podía constituir una magnífica puesta en escena dramática, pero el entorno real era demasiado crudo, demasiado hostil para albergar una mentira. El dolor de Kimberly se respiraba en el aire, era algo físico.
Kimberly lo contempló, y por primera vez en toda la noche, una chispa de la antigua furia prendió en sus pupilas, pero era una indignación dirigida hacia el vacío absoluto de la nada.
Él observó la calzada, la curva traicionera y la bionda deformada por el paso del tiempo. De pronto, con el impacto de un disparo, las piezas sueltas del rompecabezas que él mismo había recopilado durante años sobre la dinastía Thorne encajaron con una violencia matemática brutal. Los informes confidenciales de la prensa hablaban de un accidente trágico en el norte del estado, de una pérdida irreparable que Arthur Thorne se había encargado de sepultar bajo toneladas de relaciones públicas y acuerdos de confidencialidad.