Entré Los Escombros Del Imperio

CAPITULO 18

EL ECO DE LA OLA EXPANSIVA

Dante se quedó paralizado mientras observaba a Kimberly ponerse de pie. Sus movimientos eran mecánicos, privados de esa gracia felina y letal que solía exhibir en las juntas directivas de la calle 57. Ella se descalzó con una parsimonia espectral, dejando sus zapatos de tacón a un lado del arcén y permitiendo que sus pies descalzos entraran en contacto directo con la grava fría, el lodo y la maleza húmeda de la calzada. Con una lentitud que le heló la sangre al analista, Kimberly caminó hacia la bionda de metal oxidada y en lugar de guarecerse tras ella, la cruzó.

Se plantó al borde mismo del precipicio. El viento hostil de la montaña neoyorquina agitaba las solapas de su traje blanco sastre, ahora empercudido de fango. Parecía una aparición suspendida en el vacío entre el presente y un pasado que se negaba a cicatrizar.

  • No recuerdo con exactitud la cronología del impacto - comenzó ella, y su voz no parecía emerger de su laringe, sino de las profundidades del barranco - Pero todavía puedo escucharlo todo con una nitidez enfermiza. Si cierro los ojos, el chirrido de los frenos vuelve a perforarme los tímpanos, ese alarido metálico de los neumáticos perdiendo adherencia contra el asfalto mojado - hizo una pausa como si todo aquello estuviera pasando frente a ella - El sonido seco de algo irreversible que se quiebra en mil pedazos.

Dante ensayó un paso hacia el frente, pero sus músculos se congelaron cuando Kimberly extendió los dedos hacia la negrura de la noche, como si pretendiera palpar el aire denso de hacía una década.

  • El olor es la variable que peor gestiona mi memoria - continuó ella, con la mirada extraviada en la espesura de los pinos - Una mezcla densa, caliente, de sangre y gasolina. Un aroma dulce, químico y ferroso que se te metía por las fosas nasales y te lijaba la garganta, amalgamándose con el hedor a ozono y a tierra batida por la lluvia fina que caía esa noche de invierno. Íbamos solas, Dante. Mamá conducía. Siempre huíamos de él. Siempre.

Kimberly señaló con el índice un punto exacto en la vegetación, unos metros más abajo de donde se encontraban.

  • Yo ocupaba el asiento del copiloto. Recuerdo que ella iba riéndose de una de mis ocurrencias, ignorando el retrovisor por un maldito segundo. Y luego... el volantazo. El coche patinó, dio dos vueltas de campana sobre este mismo arcén y se despeñó hacia el fondo. El impacto contra los árboles fue una sucesión de golpes sordos. Cuando el vehículo se detuvo de lado, la noche se volvió de un silencio sepulcral, interrumpido solo por el goteo del radiador roto.

Dante no se atrevía a respirar. La ponzoña inyectada por Arthur Thorne se había disuelto por completo de su sistema, sustituida por una empatía sobrecogedora y opresiva. Estaba presenciando el desmantelamiento en vivo de un alma.

  • Mamá estaba herida, sangraba muchísimo por la frente y un corte, ella tenía otro corte profundo en el costado le teñía la ropa de un rojo oscuro, pero se negó a quedarse quieta. Con una fuerza que todavía no entiendo, logró arrastrarse hacia los asientos traseros y sacó a Hilary primero. Mi hermana era tan pequeña... apenas una mancha clara que mamá logró empujar fuera del auto poniéndola a salvo sobre la tierra. Pero yo... yo estaba completamente atascada. Las maderas del tablero y el metal retorcido de la puerta derecha me aplastaban las piernas, inmovilizándome

Kimberly cerró los ojos con fuerza y todo su cuerpo se tensó bajo el traje blanco, presa de un temblor violento.

  • Ella volvió a meterse al coche por mí. No le importó estar herida, ni que el humo negro y espeso empezara a saturar el aire. Comenzó a tirar de mi torso con una desesperación brutal, usando cada gramo de energía que le quedaba en los pulmones. Sus uñas se clavaban en mi piel, su sangre se mezclaba con mi sudor y solo escucho su voz, una y otra vez, con un tono que no le conocía, un grito desgarrado "No te voy a dejar aquí, Kim! ¡Vas a salir, te lo prometo!". Hizo un esfuerzo sobrehumano, un último tirón violento que finalmente logró destrabar mi cuerpo y sacarme del asiento. Pero ese esfuerzo... ese maldito esfuerzo le costó la vida. En cuanto mi cuerpo quedó libre y logramos salir a rastras, ella simplemente se desplomó sobre el arcén. Su corazón no pudo más.

Kimberly tragó saliva con dificultad y giró el rostro hacia la negrura, con los nudillos blancos de tanto apretar sus propios brazos.

  • Esa es la parte que no está en tus pulcros informes confidenciales, Dante. El papeleo oficial dice que ella murió en el acto debido al impacto de la explosión posterior. Dicen que yo me desmayé por el trauma pero es mentira. Mamá no murió al instante, fue una muerte lenta, agónica, y yo estuve ahí para presenciar cada maldito segundo. Mientras el coche se convertía detrás de nosotras en una bola de fuego que devoraba el bosque, yo estaba arrodillada en la grava, presionando su herida con mis manos rogándole a la nada, a cualquier Dios, que alguien llegara a tiempo.

Una lágrima solitaria, pesada, rodó por la mejilla de Kimberly, brillando bajo la luz espectral de la luna.

  • Estuvo lúcida todo el tiempo, Dante. Soportó el dolor de su pecho colapsando mientras me miraba fijamente, aferrándose a mis dedos con un agarre que se iba volviendo cada vez más débil, más frío. Estuvo lo suficientemente cuerda como para escuchar, a lo lejos, el aullido distorsionado de las primeras sirenas de emergencia abriéndose paso por la montaña. Escuchó el eco de la salvación acercándose y justo cuando los paramédicos llegaron arriba, que escuchó el crujir de las hojas secas y las ramas rompiéndose bajo las botas pesadas de los hombres que descendían por la ladera. Escuchó que venían a buscarnos... y solo entonces, cuando supo que Hilary y yo estábamos a salvo, me dedicó un último suspiro ahogado y se apagó bajo mis manos. Sus ojos se quedaron fijos en los míos, vacíos, reflejando el destello naranja de las llamas.




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