EL VEREDICTO DE LOS MERCADOS
El aire de Midtown a las nueve de la mañana era un muro de humedad y ruido que Kimberly golpeó de frente al salir de la Torre Storm. El asfalto neoyorquino emanaba un calor denso que distorsionaba el horizonte pero para ella, el mundo se había vuelto de un frío polar. Sus tacones golpeaban el pavimento con una cadencia frenética, una marcha militar hacia ninguna parte era una huida sin destino fijo cuyo único motor era el pánico visceral de haber sido una vez más desechada como basura corporativa.
Caminaba entre la marea humana de oficinistas encorvados y turistas despistados, sintiéndose como un espectro que nadie podía ver, una anomalía en el engranaje de la ciudad. Su mente se había convertido en un bucle claustrofóbico que reproducía, una y otra vez, la misma secuencia, la cama inmensa, las sábanas grises, el vacío pulcro.
"Los hombres como él no coleccionan ruinas" , se repetía a sí misma, machacando sus propias esperanzas, convirtiendo el dolor en un mantra de pura supervivencia.
Buscando un refugio donde el oxígeno no le faltara entró en una pequeña cafetería de una calle lateral. Era un local anónimo de luces mortecinas, donde el lujo quirúrgico de Dante Storm no podía alcanzarla. Se deslizó hacia un rincón oscuro, lejos de la ventana, y pidió un café americano que no tenía la menor intención de beber. Cuando intentó rodear la taza con las manos, estas temblaban tanto que tuvo que esconderlas de inmediato bajo la mesa, avergonzada de su propia debilidad
Sobre la barra del local, un televisor de pantalla plana sintonizado en un canal de noticias financieras rompiendo la monotonía del murmullo general. Kimberly levantó la vista de golpe justo cuando el rótulo de "ÚLTIMA HORA" en un rojo sangre artificial cruzó la pantalla.
Kimberly sintió un vacío súbito en el estómago, como si el suelo de la cafetería se hubiera abierto bajo sus pies. En la pantalla, apareció un gráfico de barras que caía en picada, seguido por una fotografía de Dante: impasible, gélido, con esa mirada gris que parecía predecir el futuro. Acto seguido, la pantalla mostró un video de apenas unos minutos antes, Arthur Thorne, su padre, siendo escoltado fuera del edificio central de su propio imperio por dos guardias de seguridad privados. Se veía anciano. Destruido.
La taza de café terminó de enfriarse sobre la mesa mientras el veneno de las últimas palabras de su padre hacía metástasis en el sistema de Kimberly. "Él y yo somos de la misma especie... usó tu propio cuerpo para quemarte desde adentro".
En ese instante, las piezas del rompecabezas encajaron en la mente de Kimberly con la crueldad exacta de una trampa para osos, Dante no la había buscado en el barranco de Connecticut por compasión o remordimiento. No la había cargado en brazos hasta su ático por un destello de humanida, lo había hecho para extraerle la última gota de información confidencial. Había necesitado confirmar que Arthur era vulnerable y asegurarse de que ella estuviera lo suficientemente rota, anestesiada y perdida en sus sábanas como para no interferir mientras él le arrebataba el reino a su familia.
Él había esperado pacientemente a que ella se durmiera, agotada y entregada para sentarse en su despacho de acero y destruir lo poco que quedaba de su apellido. Lo de anoche no había sido un rescate. Había sido una expropiación
Con los dedos gélidos y entumecidos, Kimberly sacó su teléfono del bolso. El aparato comenzó a vibrar con una ráfaga violenta de notificaciones de prensa y mensajes de texto que prefirió ignorar. Abrió directamente la aplicación de una aerolínea internacional.
Su padre había tenido razón en su diagnóstico más cruel, ella solo había sido la llave que Dante necesitaba para abrir la caja fuerte de los Thorne y una vez que la pesada puerta de hierro estuvo abierta, el inversor simplemente había dejado la llave olvidada en una cama vacía.
No iba a quedarse en Nueva York a ver cómo él celebraba su victoria en las portadas de las revistas de negocios. No iba a permitir que él volviera a mirarla desde su altura para darle una palmada condescendiente en la espalda y agradecerle los servicios prestados. Si el mundo la había catalogado siempre como un desastre, se comportaría como tal desaparecería de la faz de la tierra, dejando únicamente cenizas a su paso.
Buscó el primer vuelo disponible que la sacara del continente de inmediato. No le importaba el destino, solo la cantidad de kilómetros de distancia. París. Salida a las 14:00 PM. Vuelo AF007.
Pulsó el botón de "Reservar". Al introducir los datos de su tarjeta de crédito personal aquella vinculada a la cuenta blindada en las Islas Caimán que Dante conocía pero que no podía bloquear sin un proceso legal de varios meses, una punzada de amargura le atravesó el pecho. Estaba obligada a usar el dinero que la hacía libre para huir del único hombre que le había prometido que ya lo era.
"Reserva confirmada. Pasajero: Kimberly Miller. Terminal 1, JFK".
Guardó el teléfono en el bolsillo y se puso de pie. Al pasar junto al espejo biselado de la salida, su reflejo le devolvió la imagen de una mujer que había muerto mil veces en vida y que estaba a punto de hacerlo una vez más. Ya no quedaba ni el rastro de la seda verde esmeralda, ni el aroma a jazmín en su piel, ni la ilusión de una tregua. Solo quedaba el negro riguroso de su ropa y la palidez espectral de una rendición absoluta.