EL VACÍO DEL VENCEDOR
Dante Storm entró en su ático con la adrenalina recorriéndole las venas como mercurio hirviente. Eran pasadas las once de la mañana. En su maletín llevaba la capitulación firmada de Arthur Thorne el peso de un imperio financiero que acababa de duplicar su tamaño en seis horas. Había ejecutado la maniobra más brillante de su carrera, una jugada maestra que las escuelas de negocios estudiarían durante décadas.
Pero en ese momento, no le importaba en absoluto.
Mientras el ascensor privado se deslizaba en silencio hacia su piso, Dante solo pensaba en Kimberly. Imaginaba su rostro al despertar, la confusión inicial transformándose en un alivio puro al saber que el monstruo que la había atormentado por años ya no tenía garras. Quería verla sonreír sin el peso del miedo, quería decirle que el cielo finalmente estaba despejado para ella.
Las puertas se abrieron.
Nadie respondió, Dante se detuvo en seco. El ático estaba bañado por una luz dorada y fría que exponía la absoluta quietud del lugar. Sus ojos buscaron el sofá de inmediato, el vestido verde esmeralda que él mismo había doblado con torpe ternura antes de salir seguía allí. Sin embargo, la energía del espacio había cambiado. El aire se sentía estático, despojado del rastro de jazmín y fuego que ella siempre dejaba a su paso.
Caminó hacia el dormitorio principal, el pulso le golpeaba con fuerza las costillas.
La habitación estaba impecable, la cama de lino lucía hecha, con las almohadas alineadas con una precisión que delataba una huida. Dante abrió el vestidor y el aire se le escapó de los pulmones. El pequeño bolso de viaje de Kimberly había rescatado de su antigua casa no estaba, el espacio donde el había colocado sus pocas pertenencias estaba vacío.
Regresó al salón a zancadas con la respiración entrecortada sus ojos se fijaron en la mesa de cristal, junto a la bolsa de cruasanes intactos, ya fríos y las orquídeas que tanto le gustaban a ella empezaban lánguidamente doblarse. No había un papel, ninguna nota, ningún recado solo el silencio ensordecedor de quien se marcha convencido de que estorba, de quien asumió al final que nunca tuvo un lugar al cual volver.
El veneno de Arthur Thorne seguía actuando, Dante cerró los ojos y maldijo su propia soberbia y arrogancia, creyó que destruyendo financieramente al viejo Thorne bastaba para protegerla. Olvidó las reglas que habitaban el mundo de Kimberly, para una mujer que siempre fue tratada como mercancía, el silencio y la ausencia de un hombre poderoso solo significa, abandono y deshecho. Ella se había despertado sola, vio las noticias de la aniquilación mediática de su apellido y dedujo la única conclusión lógica en su mundo de traumas, Dante la había usado como la última pieza de ajedrez, como la última pieza de su rompecabezas de poder y luego la había desechado como un objeto inservible.
Dante sacó el teléfono y marcó el número de su jefe de seguridad.
Cortó la llamada y se dejó caer en el sofá de cuero, el mismo donde ella lo había besado y seducido las noches anteriores. Hundió la cabeza entre las manos, la victoria de la mañana se transformaba en la derrota más amarga de su vida, ahora tenía un sabor a ceniza y no ha triunfo. Había ganado otro imperio pero acababa de perder el mundo que realmente le importaba al dejar que ella se le escapara entre los dedos por no haber tenido la maldita humildad de dejar una simple nota de tres líneas.
El teléfono vibró cinco minutos después.
El estómago de Dante se contrajo haciendo que un frío glacial recorriera su espalda. Solo ida.
Dante no dejó que terminara la frase, colgó. Guardó el teléfono y salió del ático hacia el ascensor como un rayo, dejando atrás las orquídeas muertas, los contratos firmados y su propio imperio.
Mientras el ascensor descendía a toda velocidad, Dante Storm comprendió la jugada final de Arthur Thorne, él le había ganado la última partida después de todo, desde su ruina. El viejo no necesitaba conservar o salvar su empresa para destruirlo, solo necesitaba que él actuara exactamente como un hombre frío, calculador, ambicioso y adicto al control que Kimberly siempre había temido.
Salió al garaje subterráneo, subió a su auto y encendió el motor con un rugido, su único destino el aeropuerto y partió hacia el esquivando el tráfico de Manhattan con una conducción suicida nacida de la misma desesperación. Zigzagueó entre el denso tráfico neoyorquino con la mente fija en una sola imagen, Kimberly sentada en una sala de embarque fría, mirando en el horizonte a los aviones partir y convenciéndose a sí misma de que la armadura de acero de la Torre Storm nunca tendría espacio para albergar su fuego.