Entré Los Escombros Del Imperio

CAPITULO 26

EL PESO DE LAS CADENAS DE ORO

El aire dentro de la cabina del Airbus A380 se sentía viciado, cargado de una electricidad estática que dificultaba la respiración. Dante Storm permanecía de pie en el pasillo, como un dios caído en desgracia, el traje arrugado, la corbata ausente y una mirada fija que pretendía proyectar devoción pero que Kimberly solo lograba traducir como asfixia.

En la cocina del avión, los auxiliares de vuelo murmuraban sobre el hombre que acababa de congelar un vuelo transatlántico con una sola llamada. Para la prensa, aquello sería un romance de leyenda, para Kimberly era la prueba irrefutable de que nunca sería libre mientras habitara el radar de Dante.

  • Bájate del avión, Kimberly - ordenó él. El ruego en sus ojos era incapaz de matizar el tono del hombre acostumbrado a que el mundo se doblegara - Limpié el camino, Arthur ya no puede tocarte. El ático te espera.

Kimberly lo miró. No quedaba rastro del deseo eléctrico de las mañanas vividas, ni de la gratitud de la noche anterior. Solo una náusea gélida y profunda.

  • ¿El ático me espera? - repitió ella, y su voz cortó el silencio de la cabina - ¿O lo que espera es mi vitrina, Dante?.

Dante dio un paso al frente extendiendo la mano, pero ella retrocedió hasta que su espalda impactó contra la ventanilla. Al otro lado, las luces intermitentes de la pista de rodaje parpadeaban como una advertencia.

  • Hice todo esto por ti - insistió él, y una nota de cruda frustración rasgó su voz - Destruí a tu padre para que no tuvieras que volver a temerle. Moví cielo y tierra para que entendieras que eres mía.
  • Esa es la palabra mágica, ¿verdad? "Mía" - Kimberly soltó una carcajada amarga - Crees que porque me salvaste de un monstruo, ahora tienes el derecho de secuestrar mi vida. No detuviste este avión por mi dolor, Dante. Lo hiciste porque tu ego no soporta que una de tus propiedades tome una decisión sin tu maldito permiso.
  • ¡Estás siendo irracional! - estalló él, perdiendo el control - Estás huyendo por un maldito malentendido. Te despertaste sola y asumiste lo peor porque estás rota, Kimberly. ¡Estoy intentando arreglarte!
  • Ese es tu problema - respondió ella, irguiéndose con una dignidad que lo hizo palidecer - No soy una empresa en quiebra que puedas reestructurar. No soy un activo que necesite un fondo de rescate. Al detener este avión, me demostraste que eres exactamente igual a Arthur Thorne. Él me usaba para su beneficio, tú me usas para alimentar tu complejo de salvador. Solo cambiaste mi jaula por una con un traje más caro y una cama más grande.

Dante se quedó inmóvil. El silencio subsiguiente pesó más que el rugido latente de los motores. Buscó una grieta en su postura, un punto débil para negociar el retorno, pero se estrelló contra un muro de hielo que él mismo había edificado al sobrepasar el límite de su poder.

  • Si cruzas esa puerta, Kimberly haremos como si nada hubiera pasado y seguiremos nuestra vida juntos pero si te quedas en este avión - amenazó él, regresando a su registro gélida - te vas a un mundo donde no tienes absolutamente nada, perderás mi protección y tu padre encontrará la forma de arrastrarte con él al fondo.
  • Prefiero estar en el fondo por mi propia cuenta, que en la cima bajo tu zapato.

Kimberly avanzó, esquivándolo, para tomar su bolso del asiento. Al rozarlo, el aroma a sándalo y metal de Dante, que antes representaba su refugio, le resultó repulsivo.

  • No voy a bajarme - sentenció, clavando sus ojos en los de él - Y si intentas usar a tus abogados o tus millones para sacarme de aquí a la fuerza, mañana los titulares no hablarán de tu victoria sobre los Thorne, hablarán de cómo Dante Storm secuestró a una mujer en la pista porque es incapaz de aceptar un no como respuesta.

Dante apretó los puños. La humillación de ser rechazado en la cumbre de su mayor triunfo financiero fue un golpe que no supo procesar. Había desmantelado un imperio en seis horas solo para descubrir que el desastre Thorne era lo único en el mundo que su dinero no podía comprar.

  • Te vas a arrepentir - susurró, y sus palabras sonaron como una promesa de tormenta.
  • Ya me arrepiento, Dante. Me arrepiento de haber creído que no importaba la profundidad del hipocentro porque tu siempre serías un lugar seguro.

La sombra de Dante pareció devorar el pasillo. Desapareció el hombre que doblaba vestidos con ternura, solo quedó el arquitecto de la voluntad ajena, el hombre que no toleraba una pérdida en su hoja de balances.

  • No has entendido nada - dijo él, y el aire pareció congelarse - No voy a dejar que te destruyas por una rabieta de orgullo. Si crees que este avión se va a mover conmigo aquí abajo viendo cómo te alejas, es que aún no sabes quién soy.

Dante hizo una seña imperceptible hacia el umbral. Dos hombres de su equipo de seguridad personal aparecieron de inmediato.

  • Señorita Thorne - dijo Dante, usando deliberadamente su apellido de soltera para recordarle que acababa de disolver su acuerdo - el vuelo 007 ha sido cancelado por razones administrativas de la propiedad. Esta aeronave pertenece ahora, a través de una participación mayoritaria de emergencia, a Storm Corp. Y yo no autorizo este viaje.

Kimberly se plantó frente a él, con los ojos encendidos en furia líquida.

  • ¡No puedes hacer esto! ¡No puedes comprar el maldito cielo, Dante!
  • Puedo comprar el metal que te transporta, y con eso me basta - respondió él, acortando la distancia hasta que el calor de su cuerpo la obligó a retroceder contra el asiento - No voy a pedirte que bajes. Voy a sacarte de aquí porque eres incapaz de ver que tu huida es un suicidio.

Dante la tomó del brazo. No fue un impacto violento, sino una sujeción de acero que anulaba cualquier réplica. Kimberly intentó zafarse, golpeando su pecho con la mano libre, pero él la inmovilizó contra su cuerpo, envolviéndola en un agarre que funcionaba como un búnker y una prisión a la vez.

  • ¡Suéltame! ¡Te odio, Dante! ¡Eres un monstruo! -gritó ella, mientras la tripulación observaba en un viciado silencio, paralizada ante el despliegue de poder bruto.
  • Puedes odiarme todo el camino de vuelta al ático - susurró él contra su oído, levantándola en vilo con una facilidad pasmosa - Pero vas a estar viva para hacerlo.




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