CAPITULO 27
LA CÁRCEL DE CRISTAL
El ascenso al piso de la Torre Storm nunca se había sentido tan lento ni tan cargado de una hostilidad eléctrica. El silencio dentro de la cabina del ascensor era un muro sólido. Dante permanecía de pie, con la mirada fija en las puertas metálicas, mientras Kimberly se abrazaba a sí misma en la esquina opuesta. Su ropa todavía estaba impregnada del olor a queroseno de la pista del JFK.
Al abrirse las puertas, no hubo bienvenida. El ático, bañado por las luces artificiales de la ciudad que empezaba a encenderse, se sentía como una vitrina de exposición vacía.
Dante entró primero, pero no se quitó la chaqueta. Se dirigió de inmediato a la consola principal de seguridad junto a la entrada. Sus dedos volaron sobre la pantalla táctil con una precisión quirúrgica.
- Brandon - dijo al intercomunicador, sin mirar a Kimberly - activa el protocolo de estancia restringida. Anula las credenciales de salida del ascensor para el código de Kimberly. Nadie entra ni sale de este piso sin mi autorización biométrica presencial.
Kimberly, que acababa de cruzar el umbral se detuvo en seco. El sonido de los cerrojos electrónicos encajando en las puertas de servicio y el zumbido del ascensor desactivándose resonaron en el salón como disparos.
- ¿Qué has hecho? - preguntó ella, y su voz fue un susurro cargado de horror puro.
Dante se giró lentamente. Sus ojos grises habían recuperado esa opacidad de mercurio frío que ella tanto temía, ya no era el hombre que la cargaba en sueños, era el carcelero que protegía su inversión más valiosa.
- Te salvé de ti misma, Kimberly - respondió él - Demostraste que eres incapaz de tomar decisiones racionales. Si te dejo salir por esa puerta, volverás a correr hacia el primer precipicio que encuentres. No voy a permitirlo.
Kimberly caminó hacia el ventanal, buscando el horizonte de Nueva York, pero el cristal se sentía diferente. Antes era una vista al poder, ahora era el límite exacto de su celda.
- Me encerraste - dijo ella, girándose para enfrentarlo - Convertiste este lugar en una maldita jaula, Arthur Thorne me encerraba con miedo y amenazas, pero tú... tú usas tecnología y contratos. Eres más eficiente, Dante, te lo concedo. Pero el resultado es el mismo, vuelvo a ser una simple prisionera de lujo
- Eres mi futura esposa - corrigió él, acercándose con pasos medidos - Y eso te convierte en la socia mayoritaria de la empresa que acabo de absorber. Hay protocolos de seguridad, riesgos de mercado, amenazas de prensa que no entiendes...
- ¡Deja de hablar como un maldito folleto corporativo! - gritó Kimberly, y su furia finalmente rompió el hielo del salón - Me bajaste de un avión por la fuerza. Me arrastraste por una pista de aterrizaje como si fuera un activo en disputa. Me quitaste el derecho a huir de ti.
Dante la tomó de los hombros, pero esta vez Kimberly no se dejó abrazar. Se mantuvo rígida, con los ojos inyectados en odio.
- Te quité el derecho a destruirte - siseó él, apretando el agarre - Arthur quería verte muerta emocionalmente para controlarte, yo quiero que vivas para que entiendas que este imperio es tuyo tanto como mío. Con el desplome de las acciones de tu padre esta mañana, los lobos de Wall Street te habrían despedazado en horas si te dejaba desprotegida. Pero si para que vivas tengo que mantenerte bajo llave hasta que recuperes la cordura, lo haré. Prefiero que me odies viva a que me ames en una tumba.
Kimberly se soltó de su agarre con un movimiento brusco. Se alejó hacia el mueble bar, pero no para beber. Se quedó mirando la superficie pulida, observando su propio reflejo desdibujado.
- ¿Crees que puedes poseer un incendio cerrando las ventanas, Dante? - preguntó ella con una calma que resultó más aterradora que su grito anterior - Crees que porque tienes el control del ascensor y de mis cuentas, tienes el control de mi voluntad. Te equivocas. Acabas de cometer el mismo error que mi padre, pensar que el cuerpo es el premio.
Se giró hacia él, la sonrisa que mostró era la misma que usaba antes de causar un desastre en las galas de caridad, pero esta vez no tenía nada de traviesa. Era letal.
- A partir de ahora, Dante Storm, vas a tener exactamente lo que compraste, una figura de mármol. Voy a estar aquí, voy a ir a tus juntas, voy a sonreír a tus socios y voy a dormir en tu cama porque no tengo otra opción pero no esperes volver a encontrar a la mujer que ha vivido contigo los últimos días. Esa mujer se quedó en la pista del JFK. Aquí solo queda el desastre Thorne y te aseguro que el mantenimiento de esta propiedad te va a salir mucho más caro de lo que imaginas. ¿Quieres una guerra de balances? La vas a tener.
Dante dio un paso largo, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. La furia en su rostro era una tormenta contenida a duras penas.
- No me hables de costos, Kimberly. Acabo de arriesgar una OPA hostil en París, de violar tres leyes federales de aviación y de paralizar el JFK por ti. Si quisiera una estatua de mármol, habría comprado una en Christie's por una fracción de lo que me costó detener ese avión. ¡Quiero a la mujer que me miró anoche como si yo fuera su único jodido refugio!.
- ¡Esa mujer era una estúpida que no sabía que su refugio era también su verdugo! - le escupió ella a la cara, con lágrimas de rabia desbordando sus ojos ,- ¿Quieres que te aplauda por comprar Air France para bajarme a rastras? Mi padre jugaba con contratos, Dante, tú juegas con el espacio aéreo. La única diferencia entre Arthur Thorne y tú es la escala de su megalomanía.
- ¡Te salvé de la ruina absoluta! - rugió Dante, perdiendo los estribos y estrellando el puño contra la barra de madera, haciendo que las botellas de cristal tintinearan con violencia - Tu apellido estaba manchado, tu legado destruido en una sola mañana de pánico bursátil. Te di un lugar seguro mientras el mundo entero te apuntaba con el dedo.