Entré Los Escombros Del Imperio

CAPITULO 30

NEGOCIACIÓN EN LA PENUMBRA

El dormitorio principal de la Torre Storm estaba diseñado para el silencio pero esa noche el aire vibraba con la frecuencia de una granada a la que le han quitado el seguro. Kimberly estaba acostada en el borde de la inmensa cama de lino gris. El teléfono, su arma de sabotaje descansando sobre la mesa de noche, la luz de la pantalla proyectaba un resplandor azulado sobre su rostro, dándole una apariencia espectral y decidida.

Dante estaba parado mirándola por un largo rato, se quitó la camisa con un movimiento brusco, arrojándola a un sillón sin mirar dónde caía. Su torso, tenso y marcado por la marca que ella le había dejado días atras era un mapa de la batalla que se libraba bajo su piel.

  • Tokio abre en tres horas, Kimberly - dijo Dante, su voz bajando a ese tono profundo que solía usar para cerrar tratos imposibles - Mis analistas ya están viendo el movimiento en las sombras. Con esa orden de venta vas a destruirá el patrimonio de tu familia y pondrá a Storm Corp. en una posición de vulnerabilidad sistémica.
  • No me hables de patrimonio, Dante - respondió ella, sin abrir los ojos - Te repito el patrimonio del que tanto hablas es lo que usó mi padre para venderme y lo que usaste tú para comprarme. Estoy liberando al mercado de una mentira.

Dante se acercó a la cama, no lo hizo con la furia del ejecutor, sino con la parsimonia de un depredador que ha decidido cambiar de táctica. Se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que el calor de su cuerpo empezara a invadir el espacio personal de Kimberly.

  • Puedes quemar los números, puedes sabotear las redes - murmuró él, extendiendo una mano para rozar el cabello de ella con una delicadeza que Kimberly no esperaba - Pero no puedes borrar lo que pasó en este mismo colchón.

Kimberly se tensó, el sabotaje digital era fácil, el sabotaje de los sentidos era donde ella flaqueaba. Dante lo sabía. Él conocía el protocolo de intercepción de su propio cuerpo.

  • ¿Es esto lo que vas a hacer? - preguntó ella, finalmente abriendo los ojos para encontrar esos ojos grises que ahora ardían con una luz oscura - ¿Vas a intentar follarme para que olvide el botón de ejecutar? Es una técnica de gestión de crisis bastante primitiva para alguien de tu nivel.
  • No es gestión de crisis, Kimberly. Es un recordatorio - Dante le quitó un mechón de cabello que caí en su frente con una suavidad tal que ella no opuso resistencia - Es un recordatorio de que, aunque intentes odiarme con cada neurona de tu cerebro, tu cuerpo sigue reconociendo que este es el único lugar donde no tienes que fingir que eres de piedra.

Él la tomó del mentón, obligándola a mirarlo. Sus pulgares acariciaron sus pómulos, borrando la rigidez de su máscara de porcelana.

  • Cáncela, Kimberly. Detén la orden de Tokio y te juro que mañana mismo revisaremos los protocolos de seguridad pero no me pidas que te deje ir cuando cada centímetro de ti me está gritando que te quedes.

Él la besó, no fue el beso hambriento del ático, ni el beso de rescate de la montaña. Fue una negociación carnal, lenta y profunda, diseñada para desmantelar sus defensas desde adentro, Dante usaba su boca, sus manos y su peso para recordarle a Kimberly que el desastre y el orden tenían una forma muy específica de encajar.

Kimberly sintió que el sismo en su pecho empezaba a cambiar de dirección. La rabia, antes una llama fría y dirigida, se estaba transformando en un deseo que quemaba con la misma intensidad. Él la rodeo con su cuerpo, atrapándola en un abrazo que no era de acero, sino de fuego.

  • Fírmame esta paz, Kimberly - susurró él contra su cuello, mientras sus manos buscaban la seda de su ropa - Deja que Tokio arda si quieres pero no me quemes a mí.

Ella cerró los ojos, gimiendo cuando los labios de él encontraron el punto exacto donde la piel era más sensible. Por un segundo, la orden de venta en los mercados asiáticos pareció una abstracción, algo que pertenecía a otro mundo. Aquí, bajo la piel de Dante, la única moneda que importaba era el aliento que les faltaba a ambos.

Dante se movía con una maestría que rozaba la crueldad, dándole justo lo que ella deseaba para luego negárselo, obligándola a buscarlo, a suplicar con gestos lo que su orgullo se negaba a decir con palabras. Estaba usando el placer como una cadena de oro, tratando de convencerla de que su celda era el paraíso.

  • Cáncela... - murmuró él de nuevo, su voz perdiéndose entre los besos que recorrían su abdomen.

Kimberly abrió los ojos. En la penumbra, vio el reflejo de las luces de Nueva York en el techo de la habitación. Vio la perfección de Dante, su control incluso en medio del éxtasis y se dio cuenta de lo que estaba pasando. Él no estaba perdiendo la cabeza por ella estaba intentando que ella perdiera la suya para ganar la partida.

Era una OPA hostil sobre su voluntad.

Con una fuerza que nació del fondo de su desastre, Kimberly lo empujó. Fue un movimiento brusco que tomó a Dante desprevenido, enviándolo hacia atrás en el colchón.

Ella se incorporó, con el pecho agitado y los ojos brillando con una luz de victoria amarga. Tomó el teléfono de la mesa de noche antes de que él pudiera reaccionar.

  • Buen intento, Dante Storm - dijo ella, y su voz ya no temblaba - Casi me convences de que tu lengua es más poderosa que tu chequera. Casi me haces olvidar que cada vez que me tocas, estás calculando cuánto te va a costar en la apertura de los mercados.

Dante se incorporó, con el cabello desordenado y el rostro transformado por una mezcla de frustración y un deseo que ya no podía fingir que era táctico.

  • Kimberly, por el amor de Dios...
  • No - lo cortó ella, señalando la pantalla del teléfono - Tokio abre en dos horas y veinticinco minutos. El precio de mi voluntad no es una noche de sexo por muy buena que sea. Si quieres que detenga la orden, vas a tener que darme algo que realmente te duela perder. No tus acciones, no tu dinero... sino tu control.




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