NEGOCIACIÓN EN LA PENUMBRA
El dormitorio principal de la Torre Storm estaba diseñado para el silencio pero esa noche el aire vibraba con la frecuencia de una granada a la que le han quitado el seguro. Kimberly estaba acostada en el borde de la inmensa cama de lino gris. El teléfono, su arma de sabotaje descansando sobre la mesa de noche, la luz de la pantalla proyectaba un resplandor azulado sobre su rostro, dándole una apariencia espectral y decidida.
Dante estaba parado mirándola por un largo rato, se quitó la camisa con un movimiento brusco, arrojándola a un sillón sin mirar dónde caía. Su torso, tenso y marcado por la marca que ella le había dejado días atras era un mapa de la batalla que se libraba bajo su piel.
Dante se acercó a la cama, no lo hizo con la furia del ejecutor, sino con la parsimonia de un depredador que ha decidido cambiar de táctica. Se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que el calor de su cuerpo empezara a invadir el espacio personal de Kimberly.
Kimberly se tensó, el sabotaje digital era fácil, el sabotaje de los sentidos era donde ella flaqueaba. Dante lo sabía. Él conocía el protocolo de intercepción de su propio cuerpo.
Él la tomó del mentón, obligándola a mirarlo. Sus pulgares acariciaron sus pómulos, borrando la rigidez de su máscara de porcelana.
Él la besó, no fue el beso hambriento del ático, ni el beso de rescate de la montaña. Fue una negociación carnal, lenta y profunda, diseñada para desmantelar sus defensas desde adentro, Dante usaba su boca, sus manos y su peso para recordarle a Kimberly que el desastre y el orden tenían una forma muy específica de encajar.
Kimberly sintió que el sismo en su pecho empezaba a cambiar de dirección. La rabia, antes una llama fría y dirigida, se estaba transformando en un deseo que quemaba con la misma intensidad. Él la rodeo con su cuerpo, atrapándola en un abrazo que no era de acero, sino de fuego.
Ella cerró los ojos, gimiendo cuando los labios de él encontraron el punto exacto donde la piel era más sensible. Por un segundo, la orden de venta en los mercados asiáticos pareció una abstracción, algo que pertenecía a otro mundo. Aquí, bajo la piel de Dante, la única moneda que importaba era el aliento que les faltaba a ambos.
Dante se movía con una maestría que rozaba la crueldad, dándole justo lo que ella deseaba para luego negárselo, obligándola a buscarlo, a suplicar con gestos lo que su orgullo se negaba a decir con palabras. Estaba usando el placer como una cadena de oro, tratando de convencerla de que su celda era el paraíso.
Kimberly abrió los ojos. En la penumbra, vio el reflejo de las luces de Nueva York en el techo de la habitación. Vio la perfección de Dante, su control incluso en medio del éxtasis y se dio cuenta de lo que estaba pasando. Él no estaba perdiendo la cabeza por ella estaba intentando que ella perdiera la suya para ganar la partida.
Era una OPA hostil sobre su voluntad.
Con una fuerza que nació del fondo de su desastre, Kimberly lo empujó. Fue un movimiento brusco que tomó a Dante desprevenido, enviándolo hacia atrás en el colchón.
Ella se incorporó, con el pecho agitado y los ojos brillando con una luz de victoria amarga. Tomó el teléfono de la mesa de noche antes de que él pudiera reaccionar.
Dante se incorporó, con el cabello desordenado y el rostro transformado por una mezcla de frustración y un deseo que ya no podía fingir que era táctico.