CAPITULO 34
LA ÚLTIMA VISITA AL EPICENTRO
El aire en el piso de la Torre Storm se había vuelto denso, cargado de esa quietud antinatural que precede al impacto directo de un gran sismo, Kimberly no se había movido del despacho tras la ejecución de la demolición digital. Sabía que Arthur Thorne no se hundiría en el silencio, los hombres de su estirpe cuando pierden el poder del suelo que pisan, recurren a la única moneda que creen que todavía tiene valor de cambio, la carne de su propia sangre.
Dante estaba de pie junto a ella, observando las alertas que llegaban a su terminal. La aniquilación de la reputación de Arthur era total, pero él como depredador veterano, compartía el instinto de Kimberly. El terreno seguía vibrando bajo sus pies.
- Arthur ha salido de Greenwich - dijo Dante, consultando un informe de seguridad privada - Viene hacia aquí y no viene solo, Kimberly. Trae a Hilary con él.
Kimberly no se inmutó. Sus dedos acariciaron el borde de su tablet, donde una última secuencia de comandos esperaba ser activada para liberar la réplica final.
- Lo sé - respondió ella, y su voz tenía la frialdad del acero templado - Siempre supe que Hilary sería su último cartucho. Cree que si la trae aquí y amenaza con repudiarla, con enviarla lejos o con destruir su vida, yo cederé. Cree que el amor que le tengo a mi hermana es mi correa.
Se puso de pie y miró a Dante. Sus ojos, antes nublados por el cansancio ahora brillaban con una determinación feroz.
- Hay que arreglarse, Dante. Antes de que la visita llegue, quiero que este ático luzca exactamente como lo que es, el trono desde el cual vamos a ver cómo se desploma su mundo. No quiero que nos vea como una pareja en crisis, quiero que nos vea como la falla tectónica contra el cual se va a romper la cabeza.
Kimberly se retiró al vestidor. No eligió la seda negra del sabotaje ni el traje blanco de la junta. Esta vez, seleccionó un vestido de un azul medianoche tan profundo que parecía absorber la luz, con una estructura de hombros afilados y un corte impecable. Se puso los tacones de aguja más altos que tenía, ganando esa pulgada de altura que la hacía mirar al mundo desde arriba. Se aplicó un labial oscuro, casi negro y se colocó los pendientes de diamantes que Dante le había regalado, los que simbolizaban su nueva identidad.
Cuando salió, Dante ya estaba esperándola en el salón. Llevaba un traje negro hecho a medida, la camisa abierta en el cuello, luciendo una elegancia peligrosa. Se veía como el emperador de un mundo de cristal que él mismo había ayudado a reordenar sobre los escombros del pasado.
- Estás increíble - susurró Dante, tomándola de la mano.
- Estoy lista - corrigió ella - Asegúrate de que los guardias de la planta baja los dejen subir. Quiero que Arthur entre aquí pensando que tiene una oportunidad. Quiero que el golpe venga desde tan alto que el impacto destruya sus cimientos por completo.
El pitido del ascensor anunció la llegada del desastre final. Las puertas se abrieron y Arthur Thorne entró como una sacudida de rabia y desesperación. Llevaba el traje desaliñado y los ojos inyectados en sangre. Sujeto de su brazo, casi a rastras, venía Hilary. La pequeña Thorne estaba pálida, con los ojos hinchados de llorar, mirando a Kimberly con una súplica silenciosa.
- ¡Aquí tienes tu trofeo, Storm! - gritó Arthur, empujando a Hilary hacia el centro del salón - ¿Querías a las Thorne? ¡Aquí las tienes! ¡Me has quitado la empresa, me has difamado ante la SEC, me has dejado en la calle! ¡Pero no te llevarás a Hilary a menos que me devuelvas el control de las subsidiarias de las Islas Vírgenes!
Kimberly no se movió de su posición junto al ventanal. Mantuvo los brazos cruzados, observando a su padre con una lástima que fue más hiriente que cualquier insulto.
- Sigues negociando con personas, papá - dijo Kimberly, su voz resonando en el ático con una calma glacial - Sigues pensando que Hilary es un activo que puedes canjear por un par de firmas en Delaware. ¿Realmente creíste que después de nuestro último encuentro yo caería en ese truco de nuevo?
- ¡Es tu hermana! - bramó Arthur, apretando el brazo de Hilary hasta que la joven soltó un quejido - Si no firmas la devolución de Katrina Holdings a mi nombre ahora mismo, juro que enviaré a Hilary a Europa, a la institución que tanto odiabas y no volverás a verla en tu vida. La borraré del mapa como tú me has borrado a mí.
- ¿La institución de Suiza, Arthur? - intervino Dante, dando un paso al frente y cruzándose de brazos - Adelante, inténtalo. Intenta mover un solo dólar fuera del país para pagar esa matrícula, cada una de tus cuentas puente en el extranjero estaran congeladas antes del almuerzo. Para el sistema bancario internacional, eres un fantasma financiero. Tu suelo colapsó. No puedes pagar un pasaje de avión para ella y mucho menos un exilio de lujo.
Arthur tembló de rabia, apretando los dientes mientras miraba a Dante con un odio ciego.
- ¡Tengo amigos en el consejo, Storm! ¡Tengo favores que cobrar en Ginebra y en Londres! No necesito mis cuentas corrientes para hacer desaparecer a una niña desobediente. Kimberly, firma los malditos documentos de traspaso o te juro que mañana por la mañana tu hermanita estará a diez mil kilómetros de aquí, bajo un nombre falso, en un lugar donde tus millones no podrán comprar un rastro de pan.
Hilary miró a su hermana, con las lágrimas desbordando sus mejillas pero había algo nuevo en su mirada. Ya no era el pánico absoluto de las semanas anteriores era la tensión de quien aguarda el momento exacto en que la tierra se abre por completo.
- Mírate, Arthur - dijo Kimberly, caminando despacio hacia él. El sonido rítmico de sus tacones contra el hormigón pulido era el único metrónomo de la habitación - Estás arrastrando a tu hija menor por el salón de mi casa como si fuera un pagaré vencido. Viniste aquí buscando una negociación, pero para negociar se necesita tener algo que ofrecer, tener algo firme sobre lo que apoyarse y tú entraste a este ascensor estando ya en el abismo. con las manos completamente vacías.
- ¡Tengo su tutela legal! - rugió Arthur, sacudiendo a Hilary - ¡Soy su padre, maldita sea! Tengo el derecho absoluto sobre su destino hasta que cumpla los veintiún años y ninguna orden judicial de tu marido puede cambiar el código civil de este estado.