EL CLUB THE OBSIDIAN
Al cruzar el umbral del salón privado, el murmullo de las conversaciones masculinas descendió un octavo. La mesa imperial de la esquina estaba ocupada por la tríada del poder financiero de la Costa Este, su padre, Arthur que palideció de inmediato al verla entrar con ese vestido verde esmeralda tan sugerente, Julian Vane, el heredero de la corporación hotelera Vane y un patético presumido con ínfulas de aristócrata y en el centro exacto ejerciendo un vacío gravitacional absoluto, Dante Storm.
Dante ni siquiera se inmutó, sostenía una copa de cristal de roca entre sus dedos largos y de articulaciones firmes. Su traje negro, confeccionado a medida en Savile Row, se ceñía a su anatomía con la precisión de una armadura medieval. Sus ojos, dos rendijas de acero templado, recorrieron la silueta de Kimberly desde los tacones de aguja de patente hasta la sonrisa fria y distante que ella sopesaba en los labios. No había deseo en su mirada, sino algo mucho más peligroso, análisis. Estaba calculando su impacto, midiendo su resistencia como un ingeniero que evalúa una falla en el terreno antes de construir.
Dante Storm inclinó la cabeza apenas un par de milímetros, fue el primer indicador de que registraba su existencia.
Al cruzar las piernas, la seda verde esmeralda cedió. La abertura del vestido cumplió su función de cebo técnico, expuso una generosa porción de piel suave y contorneada, a una altura que ninguna esposa trofeo se atrevería a exhibir en los salones del The Obsidian. Kimberly detectó el milimétrico endurecimiento en la línea de la mandíbula de Dante. Un punto para el desastre.
Julian Vane soltó una carcajada seca y carente de humor, quebrando la densa capa de tensión que amenazaba con congelar los cubiertos de plata. Julian pertenecía a esa estirpe de hombres que evaluaban a las mujeres como commodities de inversión de edición limitada.
Julian se inclinó hacia el frente, buscando la mirada cómplice de Dante en la cabecera de la mesa.
El silencio posterior cayó sobre la mesa con el peso del plomo fundido, Arthur bajó la vista hacia su plato de porcelana abochornado por la impertinencia de su socio. Kimberly, sin embargo no pestañeó. Por el contrario, se reclinó sutilmente en su asiento mientras le sostenía la mirada a Julián dejando que las palabras de humillación de Julian flotaran en el aire como polvo antes de asentarse.
Julian la llamaba fuego, un viejo concepto ruidoso y predecible, ué estúpido. El fuego quema hacia arriba y avisa con el humo. Lo que Kimberly traía esa noche al The Obsidian no era una llamarada; era un movimiento de placas tectónicas. Una fuerza que no buscaba consumir la superficie, sino fracturar el subsuelo, derrumbando los pilares de mármol sobre los que hombres como Julian y Dante edificaban su arrogancia. El verdadero peligro de un sismo de magnitud 7,5 Mw es que no da señales. Se gesta en el silencio de las profundidades hasta que la energía acumulada se libera, letal e irreversible.
Con una parsimonia letal, Kimberly permitió que el dobladillo de seda de su vestido rozara la pierna de Dante por debajo del mantel. El contacto fue una descarga de alto voltaje; un chispazo eléctrico que Kimberly sintió reverberar directamente en su médula espinal como la primera onda expansiva de un terremoto inminente.
Dante no se apartó. Su cuerpo permaneció inmóvil, pero Kimberly sintió la rigidez absoluta de sus músculos bajo la tela de Savile Row. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de una presión atmosférica aplastante, justo como el silencio que precede a la catástrofe.