CAPITULO 13
MENTIRAS DISFRAZADAS DE VERDADES
Desde su posición Dante observó cómo Kimberly se subía a su propio auto, un deportivo de líneas agresivas que rugió al encenderse, rasgando el silencio sepulcral de Greenwich. No hubo vacilación en sus hombros ni rastro de duda en su paso, ella no esperó a nadie simplemente engranó la primera marcha y aceleró, haciendo que la grava saltara contra los pasos de rueda mientras se alejaba de la propiedad sin dedicarle una sola mirada al espejo retrovisor. Se movía con la determinación quirúrgica de quien acaba con un miembro infectado para salvar el resto del cuerpo.
Dante esperó a que el eco del motor de Kimberly se disolviera por completo en la distancia antes de alejarse de su vehículo. El aire de la propiedad era denso, saturado de esa humedad plomiza que precede a las tormentas que no limpian, sino que ensucian. Se ajustó los puños de la chaqueta sastre, sintiendo la marca que los labios de ella le habían tatuado en el cuello como una quemadura que todavía palpitaba a ras de piel. Algo definitivo había estallado dentro de esas paredes de piedra blanca y su instinto, el mismo algoritmo mental que le permitía oler una quiebra antes de que apareciera en los balances le gritaba que Kimberly no se había marchado solo con sus recuerdos. Se había ido con una hemorragia interna que pretendía cauterizar a solas, lejos de su escrutinio.
Caminó hacia la entrada principal. No se molestó en llamar. Empujó las imponentes puertas de roble con una brusquedad que hizo que los empleados del servicio se dispersaran por los pasillos como sombras asustadas.
- ¿Dónde está Thorne? - inquirió Dante, lanzando la pregunta con un tono que no admitía dilaciones.
- En la biblioteca, señor Storm - respondió el mayordomo, cuya voz temblaba visiblemente ante la presencia del hombre que acababa de expropiar el destino de su estirpe.
Dante cruzó el vestíbulo con zancadas largas y precisas al traspasar el umbral de la biblioteca, el hedor a tabaco de pipa y coñac añejo lo golpeó de frente. Arthur Miller permanecía sepultado en su sillón de orejas, con una copa de cristal de roca a medio llenar entre los dedos y la mirada fija en las brasas agonizantes de la chimenea. Exhibía la estampa decadente de un monarca en el exilio o quizás, la de un prisionero condenado en su propio castillo.
- Has llegado tarde para la función de despedida, Dante - dictaminó Arthur sin dignarse a levantar la vista - Tu... adquisición reglamentaria acaba de marcharse. Se ha ido en ese ruidoso juguete suyo, como si sufriera la alucinación de que puede escapar de su propia sangre con pura velocidad.
Dante se plantó frente a él, interponiéndose entre el viejo y la chimenea, proyectando una silueta imponente que eclipsó la luz moribunda del fuego.
- ¿Qué le has dicho, Arthur? - demandó Dante, con una vibración barítona que heló el ambiente - Ha salido de aquí como si este maldito suelo quemara.
Arthur liberó una risa seca, un chasquido amargo en su garganta que degeneró en una tos áspera. Finalmente, alzó la cabeza. Sus ojos, antaño calculadores, destellaban ahora con una luz maliciosa, la última munición de un general que sabe que ha perdido la guerra, pero conserva el arsenal suficiente para sabotear la paz del vencedor.
- ¿Qué le he dicho? La verdad simplemente le he quitado la mascara Dante pero tú no estás al tanto de que Kimberly siempre ha sostenido una relación sumamente conflictiva con la realidad, estás demasiado obnubilado por las capas exteriores de el botín como para darte cuenta de la realidad - Arthur se inclinó hacia adelante, depositando la copa sobre la mesa con un tintineo sutil pero seco - Solo me he esmerado en recordarle cuál es su estatus real en tu universo, Dante. Porque ambos somos hombres de números y sabemos perfectamente que no la has instalado en tu ático por su brillante coeficiente financiero, por mucho que su ego y el tuyo precisen creerlo. Salió de aquí huyendo, sí, pero no por miedo a mí. Salió corriendo porque ya consiguió exactamente lo que quería. Vino a esta casa a escupirme en la cara que ahora la firma es suya, que vinculó sus acciones personales y que el control de la reserva de su abuela te pertenece a ti solo porque a ella le beneficia. Kimberly no es una víctima indefensa, Dante es una Thorne de pura cepa. Te ha usó de escudo en las juntas para arrebatarme el control de la empresa, y en cuanto vio los papeles firmados, me desechó como a un trapo viejo. Me abandonó sin un ápice de remordimiento porque ya no le sirvo para nada.
Dante entornó las pupilas grises y los músculos de su mandíbula se tensaron de forma peligrosa.
- Mide tus palabras, Arthur. Estás pisando un terreno que ya no te pertenece.
- ¿Te duele la verdad del analista? No conjeturo, te observo, Dante - Arthur se incorporó con evidente dificultad, apoyándose en el brazo del sillón, pero logrando rescatar esa arrogancia rancia que el dinero parece otorgar incluso en la más absoluta ruina - La defendiste, la blindaste durante toda esta semana con la junta directiva, he de admitir que fue un despliegue escénico encomiable. El gran titán Storm marcando el territorio sobre su propiedad recién adquirida y dándole su voz. Qué romántico pero definitivamente estúpido he innecesario pero hablemos sin tapujos corporativos, Kimberly es un desastre sistémico. Es impulsiva, es errática y padece una necesidad patológica de validación a diaria. La has tomado porque representa el trofeo más complejo de mi vitrina, el único que se te resistía, no porque la consideres tu igual en la mesa de negociaciones.
Arthur Thorne camino hacia el ventanal, dejando que sus palabras calaran en el hombre que tenía a su espalda.
- ¿De verdad crees que esa mujer te necesita? Te aseguro que en este preciso instante, mientras conduce de regreso a Manhattan, ya está calculando cómo sacarte de la ecuación. Ella es así, Dante. Es insaciable, fría y egoísta. Utilizó el cuerpo de su hermana como carnada, utilizó mi debilidad para obligarte a intervenir y ahora utiliza tu cama para blindarse. En el segundo en que consolide su posición en el consejo de administración y no necesite tu apellido para que Wall Street la respete, te va a dejar tirado exactamente igual que hizo conmigo esta tarde