CAPITULO 29
LA INVASIÓN DEL BÚNKER
Dante no se movió de la mesa durante diez minutos. El zumbido de las alarmas locales cesó cuando Matthew, desde las oficinas centrales, logró aislar el bucle en el servidor del ático pero el daño sistémico ya estaba programado. El teléfono de Dante vibró. Era una línea encriptada.
- Dime - contestó, sin preámbulos.
- Señor, el algoritmo de preapertura en la bolsa de Tokio detectó el bloque de órdenes ocultas - la voz de Mathew sonaba como si estuviera al borde de un colapso cardíaco - La firma digital es inequívoca, es la clave de fideicomiso personal de Kimberly Thorne. No podemos hackearla desde fuera. Requiere una autenticación de hardware o su huella digital en un dispositivo físico homologado por la SEC. Si esa orden se ejecuta a las nueve de la mañana de Japón, las acciones de Thorne & Co. caerán un cuarenta por ciento antes de que Wall Street despierte. La fusión nacerá muerta.
Dante apretó el teléfono hasta que los nudillos se le volvieron blancos. Miró la puerta cerrada del dormitorio.
- ¿Cuánto tiempo tengo antes de que el bloque sea irrevocable para el mercado institucional?
- Tres horas y cuarenta minutos. Señor... si ella no cancela esa orden, Storm Corp. tendrá que liquidar activos en Europa para cubrir el margen de garantía. Nos costará más de lo que ganamos al destruir a Arthur.
- Quédate en la línea. No hagas nada hasta que vuelva a llamarte.
Dante colgó. Se quitó la chaqueta del traje y la arrojó sobre una silla ensangrentada de vino. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa, sintiendo que el aire acondicionado del ático, ese que se jactaba de tener pureza de quirófano le quemaba los pulmones. Cruzó el salón con zancadas pesadas y empujó la puerta del dormitorio sin llamar.
Kimberly no estaba en la cama. Estaba sentada en el suelo, apoyada contra el somier de lino gris, con las piernas cruzadas y la espalda recta
No se había molestado en encender las luces de la habitación, la única iluminación provenía del resplandor azulado y frío de la pantalla de su terminal portátil, que proyectaba gráficos financieros sobre sus pómulos afilados. Al verlo entrar, ni siquiera parpadeó.
- No te di permiso para entrar - dijo ella, con una calma que cortaba como el cristal.
- No necesito tu permiso en mi propia casa, Kimberly - Dante cerró la puerta de un golpe, bloqueando el pestillo interno - Llama a Tokio. Cancela esa orden de venta ahora mismo.
Kimberly soltó una risa seca, un sonido desprovisto de cualquier alegría.
- ¿O si no qué, Dante? ¿Vas a comprar la Bolsa de Tokio también? ¿Vas a emitir una orden federal para congelar el yen? Adelante, llámalos. Quiero ver cuántos millones te cuesta detener el amanecer en Asia.
Dante avanzó hasta quedar de pie justo encima de ella. Su sombra la cubrió por completo, una masa imponente de músculo y furia contenida que habría hecho retroceder a cualquier director de fondo de cobertura de Nueva York. Pero Kimberly levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con una audacia suicida.
- No juegues conmigo - Siseó Dante, agachándose hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de ella - Estás destruyendo tu propio maldito patrimonio por un ataque de orgullo. Si esa orden se ejecuta, no solo me golpeas a mí. Te dejas a ti misma en la calle. Te quedas sin el escudo de Storm Corp.
- Ya te lo dije en el avión pero tu enorme ego te impide escuchar, prefiero estar en la calle que en tu vitrina - respondió ella, y su voz subió de tono, cargada de un resentimiento que llevaba horas cocinándose en las sombras de su relación - Mi padre me vendía por trozos en sus contratos. Tú me compraste entera en una OPA hostil. Crees que porque me salvaste de sus deudas eres diferente, pero eres el mismo monstruo, Dante. La única diferencia es que tú hueles mejor y tienes una vista más alta desde tu maldita jaula.
Dante la tomó de las muñecas con un movimiento fulminante, levantándola del suelo de un solo tirón. El terminal portátil de Kimberly cayó sobre la alfombra, mostrando el temporizador parpadeante del mercado asiático, 03:12:45.
- ¡No soy Arthur Thorne! - rugió Dante, y por primera vez en toda su vida profesional y personal, el control absoluto que lo caracterizaba se fragmentó por completo. Su voz temblaba de una rabia elemental - Arthur te usaba como un escudo contra sus fracasos. Yo destruí su imperio para que nadie volviera a ponerle un precio a tu cabeza. ¡Arriesgué mi posición, mi reputación legal y el capital de tres generaciones de mi familia para bajarte de ese avión porque no puedo concebir este mundo sin ti dentro de él! ¡¿Y me llamas monstruo?!
Kimberly intentó zafarse de su agarre de hierro, retorciendo las muñecas, pero Dante no cedió un milímetro. La cercanía entre ambos era tan íntima que podían sentir el latido violento de sus corazones chocando entre sí.
- ¡Me bajaste por la fuerza! - le gritó ella, con las lágrimas corriendo finalmente por sus mejillas, limpias y furiosas - ¡Bloqueaste mis cuentas! ¡Desactivaste el ascensor! Me tratas como a un prisionero de guerra y esperas que te dé las gracias por el lujo de mis cadenas. Si tanto te importo, ¿Por qué no me dejaste ir a París? ¿Por qué no me dejaste respirar lejos de tu sombra? ¡Porque tienes miedo, Dante Storm! Tienes un pánico maldito a descubrir que hay algo en este mundo que no se dobla ante tu talonario de cheques.
Dante la soltó de golpe, como si sus muñecas quemaran. Dio dos pasos hacia atrás, respirando con dificultad, con el rostro desencajado. Las palabras de Kimberly lo habían golpeado en un lugar donde ningún competidor de Wall Street había logrado llegar jamás, su vulnerabilidad más profunda. El silencio que se instaló en el dormitorio era denso, pesado, impregnado del dolor de dos personas rotas que solo sabían comunicarse a través del conflicto.