Entre mis paredes: Historias escritas en el silencio

Crochet

Marina vivía en un pequeño departamento en la ciudad de Bahía Blanca, Argentina. Era conocida en el barrio como la loca de las lanas porque cada vez que alguien se la cruzaba en la calle, iba con una pequeña bolsa repleta de ovillos de colores.

Su obsesión había comenzado luego de que su hijo menor abandonara el hogar. La noche en la que Marina se quedó sola en el departamento, agarró un viejo gancho de crochet, que había pertenecido a su madre, y se puso a tejer una bufanda con un ovillo de lana roja, que había comprado seis años antes para un proyecto escolar de uno de sus hijos. Esa noche, Marina se quedó hasta altas horas para terminar la bufanda.

Al otro día, cuando fue al supermercado, pasó junto a una tienda de hilados. No pudo resistir la tentación de entrar. Compró cuatro ovillos de lana negra y, apenas llegó a su casa, comenzó a trabajar en su nuevo proyecto. Quería tejer una manta de lana, lo suficientemente grande como para cubrir su solitaria cama de dos plazas.

Marina sabía que cuatro ovillos no alcanzarían para algo tan inmenso, y fue por esa razón que al otro día decidió regresar al local en busca de más lana. Como la vendedora no tenía más color negro, Marina decidió llevar lana del color más oscuro que encontró: tres ovillos violetas, dos marrones y uno gris oscuro.

Esa tarde, cuando entró a su departamento, Marina comenzó a tejer. La lana que había comprado le duró dos días.

Fue al tercer día que decidió contactar con una fábrica productora de lanas para comprar al por mayor. Pagó el envío express y se pasó todo el fin de semana esperando que llegara el cargamento con sus lanas. Cuando oyó el timbre, se puso de pie y corrió a la puerta. Le temblaban los brazos de la emoción y tuvo que reprimir un pequeño grito en cuanto vio las grandes cajas.

Esperó a que los dos hombres se fueran para ponerse a tejer. La lana de colores se entrelazaba a medida que Marina movía la aguja de un lado a otro. Pronto su proyecto se volvió realidad, pero no se detuvo.

Marina no podía parar. Cada vez que terminaba un ovillo, hacía un pequeño nudo y continuaba tejiendo con otro color.

La manta pronto se volvió una gran alfombra con la que hubiese podido cubrir todo el suelo de la sala de estar. Marina, quien se había esforzado por mantener los colores oscuros, había perdido la cuenta. Ya no le importaba qué color era. Sentada en su pequeño sillón, con la vista clavada en el televisor, tejía sin detenerse. Cuando se acababa el ovillo, estiraba su brazo dentro de la caja y sacaba otro.

Su rutina comenzó a girar en torno al tejido. Marina solo dejaba de tejer para ir al baño, comer algo o dormir sentada en el pequeño sillón. Pronto la manta comenzó a ganar lugar en su departamento. Los suelos comenzaron a estar inundados por esa suave lana de colores.

Cada vez que Marina quería ir al baño, debía pisotear su manta. De vez en cuando, la punta de sus pies pateaba un ovillo que se perdía debajo de la manta de gigantes que no dejaba de tejer.

Como necesitaba más espacio, y con ayuda de su hijo más grande, metió el tejido en su habitación. La puerta estaba abierta y Marina podía seguir tejiendo desde la comodidad de su sillón, pero nunca más pudo acceder a su cuarto.

Fue una mañana de domingo que Marina cayó en la cuenta de que tampoco podía ir al baño. Los kilos de lana que había comprado para continuar con su tejido habían cubierto el pequeño pasillo y se comenzaban a apoderar de la cocina. Tuvo que pedirle permiso a su vecina, Irene, para poder utilizar su baño.

Claro que ella aceptó, como toda buena vecina. Y Marina se sintió cómoda yendo a su departamento cada vez que le urgía hasta que Irene sugirió que dejara de tejer esa gran manta e hiciera otras cosas, más pequeñas, que no le impidieran usar sus propias instalaciones.

Desde ese día, Marina nunca más volvió a salir de su departamento. Ofendida, tejió más que nunca. Volvió a llamar a los proveedores de lana y solicitó unas cuantas cajas más.

Esta vez, cuando los muchachos llegaron e ingresaron a su hogar, notaron que apenas se podía caminar. Una capa de tejido de colores había cubierto el suelo y era mucho más esponjoso que una simple alfombra. Apenas pudieron ver a Marina, quien, cuando les abrió la puerta, quedó detrás de un montículo de tejido azul claro y naranja. Su voz fue suficiente para que los hombres dejaran las cajas y se marcharan.

Así fue como el diminuto departamento se convirtió en un camino de cuevas de lanas. Marina había aprendido a hacer pequeños huecos en el tejido para poder desplazarse en busca de comida o directo al sillón. Pero su obsesión no se había detenido y cada mediodía, luego de comer un pequeño sándwich de jamón y queso, continuaba con su labor.

Su desafío era no cortar el tejido. Una y otra vez, cada vez que su ovillo se acababa, rebuscaba entre la manta hasta dar con una de las cajas que los hombres habían traído para tomar otro y, luego del nudo, continuar tejiendo.

Tejió y tejió. Por fuera, si alguien miraba hacia la ventana del departamento de Marina, podían verse diferentes colores. Marrón, amarillo y rosa desde la ventana de la cocina. Violeta, naranja y rojo desde su habitación.

Pocos fueron los vecinos que se animaron a tocar la puerta, preguntándose si Marina se encontraba bien. Todo el barrio hablaba de la loca de las lanas. Pero solo algunos, entre ellos Irene, dejaron bolsas de comida en el pasillo para que Marina saliera y las agarrara.

Las primeras semanas Irene podía escuchar la puerta del departamento de Marina cerrarse. Cada vez que escuchaba un portazo, salía al pasillo y veía que la comida había desaparecido. Pero a la cuarta semana, la comida comenzó a acumularse en el pasillo e Irene ya no escuchaba más el sonido de la puerta golpeándose.

Fue entonces cuando decidió llamar a los tres hijos de Marina y explicarles la situación. Ella sabía que Ricardo, Lautaro y Sonia habían intentado todo para convencer a su madre de que dejara su pasatiempo. Pero al igual que con ella, Marina había construido un muro de lana entre ella y sus hijos.



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En el texto hay: cuentos, memorias, pandemia

Editado: 24.12.2025

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