Jonathan Rojas nunca fue el tipo de persona que llamaba la atención.
En clases, se sentaba al fondo, evitando miradas y participando lo justo para no meterse en problemas. Sus notas tampoco ayudaban mucho... pero ya se había acostumbrado a eso.
Tener pocos amigos no le molestaba. O al menos, eso era lo que se repetía todos los días.
La entrada del metro Quinta Normal estaba llena, como siempre a esa hora. Gente entrando y saliendo, pasos apurados, ruido constante.
Jonathan caminaba mirando el suelo, con los audífonos puestos, aunque no estuviera escuchando nada.
—Mira quién está acá... el weón raro del curso —dijo una voz atrás.
Jonathan apretó la mandíbula, pero no se dio vuelta.
—¿Te hací el sordo ahora?
Silencio.
—Oye, te estoy hablando, po weón.
Jonathan siguió caminando, como si nada.
—¿Qué te creí, tan choro? —el empujón lo hizo tropezar un poco—. Te hací el bacán ahora.
Se detuvo. Respiró hondo. No iba a pescar.
—Mírame cuando te hablo, po —insistió el tipo, agarrándolo del hombro y girándolo a la fuerza.
La mochila de Jonathan cayó al suelo.
Algunos miraron de reojo. Nadie se metió.
—Ya, ¿y ahora qué? —el matón sonrió—. ¿Vai a seguir haciéndote el weón?
Jonathan levantó la mirada, por primera vez.
Y eso fue suficiente.
—Ahí estái... —dijo el otro, acercándose más—. Así me gusta.
El primer golpe no tardó en llegar.
Jonathan apenas alcanzó a reaccionar cuando, entre el ruido de la gente, una voz se alzó por sobre todo:
—¡Córtalaaa!
El ruido alrededor pareció apagarse por un segundo.
Todos giraron la cabeza.
Yessica avanzaba entre la gente, abriéndose paso sin apuro, pero sin dudar. Su mirada estaba fija en el matón.
—¿No tení nada mejor que hacer que pegarle a alguien que está en el suelo? —dijo, firme.
El tipo soltó una risa corta.
—¿Y voh quién erí?
Yessica ni siquiera dudó.
—Alguien que no se va a quedar mirando como voh hací la wea que querai.
El grupo se miró entre sí, incómodo.
--Ya, ándate mejor —insistió el matón, dando un paso hacia ella—. No te metai en lo que no es tuyo.
Yessica sostuvo la mirada.
—¿Y si no? —respondió—. ¿Le vai a pegar también a una mina frente a todos?
El silencio pesó más que cualquier grito.
Algunas personas comenzaron a mirar con más atención.
—Además —agregó ella, sin bajar la voz—, ¿no cachai que esto es un delito? Puedo llamar a los pacos ahora mismo.
El matón chasqueó la lengua. Miró alrededor. Ya no era lo mismo: ahora había ojos encima.
Dudó.
—Ya, vámonos —murmuró al final.
Uno a uno, el grupo empezó a retroceder hasta desaparecer entre la gente.
El ruido volvió de golpe.
Como si nada hubiera pasado.
Yessica soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y recién entonces miró al chico en el suelo.
—Oye... ¿estai bien?