Entrecruces

Capitulo 5 : Los Refuerzos

Capítulo 5: Los Refuerzos

El aroma dulce y tibio de los panqueques recién hechos llenaba la cocina de la casa de Gerardo. Layla colocó el último plato sobre la mesa con una sonrisa cálida.

—Ya están tus panqueques, Noel —anunció con alegría.

—¡Yumm! —dijo el niño, subiendo a la silla con las piernitas colgando y los ojos muy abiertos de emoción.

Mientras tomaba el tenedor con sus deditos, notó que Layla tenía los ojos cerrados y murmuraba algo en voz baja.

—¿Qué hacés, Lala? —preguntó, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Estoy dando gracias por la comida —respondió con tranquilidad.

—¿Por qué?

—Porque hay mucha gente que no tiene qué comer, y Dios hoy nos puso comidita en la mesa —dijo, abriendo los ojos con una mirada serena.

Noel arrugó la frente.

—¿Dios? ¿Quién es ese?

Layla lo miró con ternura, sorprendida por la pregunta tan directa.

—Dios es quien creó todas las cosas. Él hizo los animales, las plantas, el cielo… y también esta comida. Nos da la vida y mandó a su Hijo para salvarnos.

El niño abrió la boca con asombro, luego bajó la mirada a su plato como si intentara ver a Dios ahí.

—No entiendo mucho…

Layla fue hasta su bolso, sacó un pequeño libro de tapas azules y regresó con él en la mano.

—Entonces te tengo un regalo —dijo, sentándose junto a él—. Es una Biblia. Si querés saber más de Dios, podés pedirle a tu mami que te lea un poquito antes de dormir.

Noel la tomó con cuidado, pasando las páginas sin entenderlas, como si fueran un mapa secreto. Aunque no sabía leer, recordaba algunas palabras que había escuchado entre discusiones de sus padres. Señaló una.

—Lala… ¿qué es “divorchio”?

Layla frunció el ceño, confundida.

—¿Divorcio? ¿Dónde viste esa palabra?

—Mi mami la dijó ayer—murmuró Noel, sin levantar la vista del libro.

Layla sintió un nudo en el pecho. Se quedó en silencio.

En una oficina gris de la alcaldía, con papeles amontonados y el ventilador girando lentamente, Mariela soltó el bolígrafo sobre unos documentos firmados.

—Bueno… ya está hecho.

Gerardo, frente a ella, no la miraba.

—Sí. Solo falta la audiencia en dos días para la custodia de Noel.

—¿Cuándo vas a sacar tus cosas de mi casa?

—No recuerdo que hayas pagado ninguna renta —respondió él, cruzando los brazos.

Ambos se quedaron en silencio. Sus miradas se endurecieron, cada uno refugiado en su orgullo.

En un parque lleno de árboles viejos y hojas secas, Dilma caminaba con los brazos cruzados. Se detuvo al ver a un niño cargando una bolsa plástica con ropa.

—¡Niño! ¡Ven!

Isaac giró. Era un muchacho de 11 años, delgado, con los zapatos polvorientos. Al verla, esbozó una sonrisa cansada.

—Hola… de nuevo.

—¿Me vas a ayudar a cambiar? ¿A ser una mejor persona? —preguntó Dilma de golpe.

—No sé cómo hacer eso, señora… —respondió él—. Además, tengo que buscar dónde dormir esta noche. No pienso volver a mi casa hoy.

—¿por qué? ¿Te corrieron de tu casa?

Isaac bajó la mirada.

—No. Pero ya no quiero estar ahí. Me gritan, me pegan, y hoy… hoy sólo voy a hacer una última cosa y me iré.

Dilma lo observó unos segundos.

—Si necesitas un lugar… podés quedarte conmigo. Yo vivo sola.

Isaac parpadeó sorprendido.

—¿Gracias?... pero ni nos conocemos.

—Es cierto. Yo soy Dilma Stewart. ¿Y tú?

—Isaac Martínez. Dilma… ¿“Estigüar”?

Ambos rieron, un poco incómodos, un poco aliviados.

—Ven, te llevo a mi casa —dijo Dilma.

En una cancha de tierra seca, Diana terminaba sus ejercicios en sus clases improvisadas de defensa personal. Zack estaba cerca, apoyado en un tronco.

—¿Y después de estirar… qué sigue?

—Posiciones básicas, bloqueos… quizá otro día te enseñe a hacer kata.

—Sí claro… te entendí todo —dijo Diana, rodando los ojos.

Zack se rió.

—¿A qué iglesia vas? —preguntó ella, más seria.

—A una que queda en el centro. Se llama “Milagros de Amor”. Hoy hay reunión, por cierto… ¿te gustaría ir?

Diana dudó. Nunca había ido a una iglesia, y la idea la intimidaba un poco.

—Me encantaría, pero…

—¿Pero?

—Solo voy si vas a mi casa a traerme… y también me llevás de regreso.

—¡Of course! —bromeó él.

—¿Y bilingüe también?

—No tanto. Solo algunas frases. Mi mamá es profe de inglés. Pero bueno, paso por vos a las cinco. Vamos caminando, porque no tengo carro ni licencia.

—No importa. Solo porque me ves en bici no significa que no sepa caminar. Es mi primera vez en una iglesia… ¿qué me pongo?

—¿Tenés vestido o falda?

—Yo no. Pero creo que mi mamá sí.

—¿Y te queda?

—No sé, pero me lo voy a poner. Quiero que sea una experiencia nueva.

Zack se rió.

—Perfecto. Entonces a las cinco estoy allá.

—Sigamos con la clase.

Layla aún pensaba en la pregunta de Noel. ¿Cómo explicar a un niño de 4 años lo que es el divorcio?

—Bueno, mi amor… el divorcio es cuando dos personas que se quieren ya no se entienden. Y cuando eso pasa, a veces deciden vivir separados. Es algo triste.

Noel miró su plato.

—¿Eso va a pasar con mis papitos?

Layla respiró profundo.

—No lo sé. Pero si querés, podemos orar.

—Sí. Quiero orar.

Juntó sus manitas y cerró los ojos apretados.

—Papá Dios… no dejes que mis papás se… se divorchien. Yo quiero tener toda mi familia junta, no solo un pedazo. Y… y también quiero un hermanito. Mi mami y mi papi no son malos, solo que… que no te conocen. Y que mami no salga tanto de noche, porque me quedo solito. Y que no griten, porque no puedo dormir. Amén.

Layla ya no pudo contener las lágrimas.

—¿Por qué llorás, Laily?

—No sé, mi amor… no sé.

Gerardo hablaba por teléfono, de pie junto a la ventana.

—Papá… Mariela y yo nos estamos divorciando.



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En el texto hay: historias entrelazadas, fe, religion

Editado: 19.08.2026

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