Diana y Zack regresaban de entrenar. El cansancio comenzaba a sentirse en sus piernas, pero ambos caminaban tranquilamente por las calles mientras conversaban. Al pasar frente a una iglesia católica, Diana levantó la mirada y se quedó observándola durante unos segundos.
—Oye, Zack… ¿cuál es la diferencia entre tu iglesia y la católica?
Zack miró hacia la iglesia antes de responder.
—Bueno, en realidad tenemos muchas cosas en común. Ambos creemos en Dios, en Jesús y en el Espíritu Santo.
—Entonces, ¿qué es lo que los hace diferentes?
Zack pensó un momento antes de contestar.
—Hay varias diferencias. Por ejemplo, los católicos veneran imágenes y consideran santos a determinadas personas. Nosotros, como cristianos evangélicos, creemos que debemos respetarlos, pero no adorarlos. De hecho, podemos ser amigos de personas que piensan diferente a nosotros. Siempre podemos aprender algo de los demás, siempre y cuando sea algo bueno.
Diana frunció ligeramente el ceño.
—¿Y qué significa "santificar"?
—Santificar significa apartar algo para Dios, hacerlo especial para un propósito santo. Los católicos canonizan a ciertas personas porque creen que fueron santos y que Dios puede obrar mediante ellos.
—Pero… ¿no son ellos los que hacen los milagros?
—No —respondió Zack con seguridad—. Los milagros ocurren por el poder de Dios. Él puede utilizar personas o circunstancias como medios para realizarlos, pero el poder siempre viene de Él.
—Ah…
Zack continuó caminando mientras hablaba.
—La Biblia también nos llama a nosotros a santificarnos para Dios.
—¿Y por qué?
Zack sonrió.
—Porque está escrito: "Sed santos, porque yo soy santo".
Diana guardó silencio unos segundos.
—¿Y cómo me santifico?
—Tu cuerpo es un templo. Dios quiere habitar en tu vida, y eso significa aprender a apartarnos de aquello que nos aleja de Él. A medida que conozcas más el evangelio, lo irás entendiendo.
Diana asintió lentamente, intentando procesar todo lo que acababa de escuchar.
Mientras tanto, al otro lado del parque, Isaac permanecía sentado y llorando. Había intentado contener las lágrimas, pero ya no podía hacerlo. El pastor Roland lo encontró solo y se acercó con cautela.
—¿Qué sucede? ¿Por qué estás llorando?
Isaac levantó la mirada, pero no respondió de inmediato.
Diana continuó caminando junto a Zack.
—Entonces ustedes son cristianos protestantes evangélicos. Pero… ¿por qué existen tantas denominaciones? ¿Por qué no son todos una sola religión?
—En realidad, el cristianismo es una sola fe —explicó Zack—. Las denominaciones surgieron por diferentes interpretaciones de la Biblia y por desacuerdos sobre ciertas enseñanzas y prácticas. Algunas personas creen que algo es correcto, mientras que otras piensan lo contrario.
—¿Y cuál es la correcta?
Zack se quedó pensativo.
—La cuestión no debería ser simplemente qué denominación es la correcta. Lo importante es creer en Dios, adorarlo, obedecerlo, honrarlo y tener temor de Él. Pero la relación con Dios es mucho más profunda que eso… y no podría explicártela completamente en una conversación.
De repente, Zack se detuvo.
—¡Hey! Mira. Ese es mi pastor. Vamos a saludarlo.
Los dos se acercaron al pastor Roland, que todavía estaba junto a Isaac.
Isaac respiró profundamente y comenzó a contar lo sucedido.
—Y así es como pasó todo.
El pastor Roland puso una mano sobre su hombro.
—No te preocupes, Isaac. Dios va a hacer que todo mejore. Quédate conmigo. Hoy vas a venir a la iglesia.
En ese momento, Zack llegó acompañado de Diana.
—Pastor Roland, Dios le bendiga. ¿Cómo está?
—Dios te bendiga, Zack. ¿Qué has estado haciendo?
Zack sonrió.
—Pescando almas para el Señor. ¿Qué le parece esta?
El pastor levantó una ceja, divertido.
—Muy bien, Zack. Pero ¿estás seguro de que esta alma es solamente para el Señor?
—Claro que sí. Ella es Diana.
Diana sonrió tímidamente.
—Mucho gusto, pastor.
—Dios la bendiga, Diana.
Entonces Roland miró a Zack.
—Zack, necesito un favor. Lleva a este niño a tu casa y después llévalo contigo a la reunión.
—Oh… está bien, pastor.
—Bueno, Dios los bendiga. Los quiero ver a los tres en la reunión. Nos vemos al rato.
—Adiós —respondieron los tres.
Zack dejó a Diana en su casa y después llevó a Isaac hasta su departamento.
Al entrar, Zack dejó sus cosas a un lado y miró al muchacho.
—¿Tienes ropa para ir a la iglesia, Isaac?
—Pues… solo tengo esto. Y no quiero regresar a donde vivía.
Zack se quedó pensando unos segundos.
—Entonces métete a bañar. Creo que mi mamá puso en mi maleta ropa que tenía cuando yo era de tu edad. Hay unos pantalones que probablemente te queden. La camisa es un poco más grande, pero puedes ponértela; no se notará demasiado.
Isaac lo miró con cierta incredulidad.
—¿De verdad?
—Sí. Pero apresúrate, porque tenemos que pasar por Diana.
—¿La chica que nos acompañó?
—Sí. Ella también va a ir por primera vez a la iglesia, igual que tú.
Isaac sonrió de lado.
—Mmm… te gusta, ¿verdad?
Zack lo miró seriamente durante un segundo.
—Ella es muy bonita…
Isaac soltó una pequeña risa.
—Ya vete a bañar.
Mientras tanto, en otra casa, alguien llamó a la puerta.
Gerardo abrió y se encontró con sus padres.
—Hola. ¿Cómo estuvo el viaje?
Roberto sonrió.
—Para mi edad, estuvo bastante bien.
Marta miró a su hijo con preocupación.
—¿Y tú cómo estás, hijo? Me refiero… con todo esto.
Gerardo bajó la mirada.
—No lo sé. Hace una semana todo estaba bien y, siete días después, estoy divorciándome. ¿Ustedes creen que todavía se pueda salvar mi matrimonio?
Roberto dio un paso hacia él.
—Precisamente para eso vinimos, hijo. Venimos a enseñarte dos lecciones.