Marie Harrison
Me besó.
Por Dios, Enzo Vitale me besó.
Tan dulce. Tan delicado. Tan protector.
¿Esto ya no es fingido para mí? Me siento un poco asustada por estos sentimientos inapropiados que escalan en mi corazón. Es una línea delgada que no me gustaría cruzar y quedar destrozada. Pero también saboreo las mieles de la esperanza y la vulnerabilidad.
Este matrimonio teñido de falsedad no debería hacerme tomar demasiado en serio sus gestos, pero mi cuerpo y mi corazón no entienden de falsas apariencias. Solo comprendo la fragilidad de silencios tan cómodos, la naturaleza de cómo sostiene mi mano y los segundos en que nuestras miradas se encuentran. Me encantaría que se prolonguen, por más que me sienta nerviosa bajo ese océano tan brillante.
Envuelta en el calor de sus brazos, mi cuerpo y mi mente se sienten a salvo.
Sus manos me hacen sentir comprendida. Conocerlo es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Solo después de Matteo, él ocupa mi corazón. Aunque suene ilógico, esa necesidad creciente vive en mi piel, deseosa de ir más allá. De formalizar ese anhelo que se debate entre la realidad de ser desconocidos y la sensación de que nos estuvimos buscando y, al fin, nos encontramos.
Me erizo por él. Tiemblo por su voz suave y galante. Es la vida que recorre mi cuerpo.
Provoca tanto en mí que no cabe dentro de mi pecho.
¿Lo llamamos amor?
Primero veamos si es mutuo.
Suspiro, embrujada por su aroma natural.
La preocupación por Matteo regresa.
Mi niño duerme en mi cuarto. Enzo me trae al suyo para que esté más calmada. Por el monitor nos aseguramos de que mi niño esté en paz.
Odio esta sensación de que algo pueda pasarle a mi niño. Las escenas graves no abandonan mi mente desde aquella hinchazón. Se me aprieta el corazón al pensar en una enfermedad grave o sin cura que lo aqueje. Rezo para que sean solo los fantasmas de mi mente jugando con mi tranquilidad. Anhelo no tener razón.
—¿Marie, te sientes más tranquila? —con indaga gentileza, Enzo eleva mi mentón.
—Más o menos. Te agradezco —sus labios se adelantan a besar mi frente, transmitiéndome cuidado.
—¿Marie? —se endereza conmigo en brazos.
—¿Sí?
—¿Te das cuenta de lo que acabamos de hacer hace rato?
—Fue sublime —confieso, sonrojada.
—Para mí fue sobrenatural —sus dedos se adelantan a trazar suaves líneas en mis labios.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunto con temor.
—Ser honestos como no lo hemos sido —me ayuda a incorporarme. Sujeta mis manos gentilmente. Su mirada queda anclada a la mía. Tiemblo por dentro, incapaz de no desbordarme por él.
Ese beso se sintió distinto. Reaccionar con palabras es faltarle el respeto a lo que fue ese roce al cielo.
—Esto va a cambiar algo entre nosotros —sea lo que diga, espero no sulfure el momento.
No quiero ilusionarme, pero tampoco deseo dar por perdido este sentimiento puro que ruge por mostrarse en todo su esplendor.
—Todo lo cambia, pequeña. No te asustes, no es lo que crees.
—¿Entonces? Me asusta lo que pueda pasar, qué es real o no.
—Es real desde que nos conocimos esa tarde. Y lo que pasó hace rato no fue solo un beso, es una reafirmación.
—Cambia mucho, en verdad. No quiero sentirme sola en esto.
—Nunca lo has estado, preciosa. Vamos a dejar de llamar a esto una falsedad. No quiero perderte por cobardía antes de empezar.
—¿Te echarás para atrás mañana? Las deudas siempre aparecen. Ya me rompieron el corazón una vez, no quiero volver a caer en una decepción más.
—Si me das tu corazón, dalo por perdido, no por roto. No te lo pienso soltar nunca, como a ti, Marie.
Una lágrima brota junto a una sonrisa.
—Por favor, no llores. Menos por mí. Vamos a construir esto. Veamos qué nos espera al amanecer.
Asiento. Nos abrazamos con ansias. El contacto de su piel desequilibra mi corazón.
Fundimos nuestros labios con tanto anhelo. Vuelve a envolverme en sus brazos. Me canta para que concilie el sueño. Y lo consigo. Dormir entre sus brazos es como estar fundida en las estrellas.
Despierto sin el calor de mi esposo. Me incorporo algo entristecida. Espero que todo haya sido palabras al aire. Acomodo mi cabello mientras suelto un suspiro. No está en la ducha porque no percibo el sonido del agua. Tampoco su grato olor disperso. Salgo a buscar a mi hijo.
Al llegar a la habitación y acercarme a la cuna, me alarmo al no verlo envuelto entre las sábanas.
—Matteo —susurro con el pecho apretado.
No pierdo tiempo y salgo a buscarlo a la planta baja.
El alivio satura mi pecho al verlo con Enzo.
Le está dando el desayuno mientras le hace el avioncito.
#146 en Novela contemporánea
#386 en Novela romántica
madre joven soltera, romance amor drama, jefe empleada propuesta
Editado: 14.01.2026