El año 342 d.A. (después de la Aurora) comenzó con el brillo dorado de los paneles solares que cubrían cada rascacielos de Nueva Cali, la capital más próspera del continente suramericano. Desde su ventana en el piso 120, Eunice Vencejo observaba cómo las aeronaves autónomas cruzaban el cielo sin ningún piloto al mando —como casi todo en este mundo, funcionaban por sistemas diseñados, construidos y gestionados por mujeres.
Eunice era la directora general del Proyecto Semilla, la iniciativa que garantizaba la renovación de la población en todo el planeta. A sus 48 años, era una de las científicas más respetadas: había desarrollado las mejoras genéticas que habían eliminado casi todas las enfermedades y aumentado la esperanza de vida a 150 años. Vivía sola en un apartamento amplio y luminoso, con acceso exclusivo a todos los recursos de la ciudad. No necesitaba a nadie para gestionar su hogar, su trabajo ni su seguridad: asistentes robóticos, redes inteligentes y equipos de apoyo especializados resolvían cada detalle.
Hacía más de tres siglos que la balanza se había inclinado irreversiblemente. Durante el siglo XXI, las mujeres habían ido ganando terreno en ciencia, política y economía, pero el cambio definitivo llegó con la Crisis del Gen Y. Un virus modificado accidentalmente en un laboratorio afectó de forma desproporcionada a los hombres: no era mortal, pero alteraba la expresión de genes relacionados con la motivación, la capacidad de resolución de problemas complejos y la resistencia al estrés. Con el paso de las generaciones, estas características se volvieron más marcadas: la mayoría de los varones nacían con dificultades para planificar a largo plazo, asumir responsabilidades o adaptarse a cambios. Muchos mostraban apatía ante cualquier esfuerzo, y pocos lograban desarrollar habilidades que la sociedad necesitaba.
Al principio hubo programas de apoyo, tratamientos y debates, pero la condición demostró ser irreversible. Las mujeres, por el contrario, continuaron evolucionando y perfeccionando sus capacidades: lideraron la transición energética, curaron pandemias, colonizaron la Luna y crearon una sociedad sin pobreza ni guerras.
Los hombres no desaparecieron, pero se volvieron marginales. Se agrupaban en recintos especiales llamados Refugios, donde vivían atendidos por asistentes y cuidadoras. No trabajaban, no tomaban decisiones importantes, y rara vez salían de esos espacios. Su única función reconocida era la genética: para procrear, las mujeres podían elegir muestras de esperma seleccionadas, o bien mantener encuentros ocasionales si así lo deseaban —siempre en condiciones seguras y con consentimiento mutuo. Algunas mujeres también los visitaban por placer, pero nadie esperaba de ellos compañía estable, apoyo intelectual ni colaboración en ningún proyecto.
Esa mañana, Eunice recibió una noticia que sacudió su rutina: los análisis genéticos mostraban que, en las últimas décadas, la diversidad del material genético masculino se había reducido drásticamente. Si no se tomaban medidas, en dos generaciones no habría forma de garantizar la salud de los nuevos nacimientos.
—Necesitamos reevaluar cómo estamos gestionando los Refugios —le dijo a su consejo de expertas, reunido en la sala de proyecciones—. Hemos asumido que los hombres solo requieren alimentación y cuidado físico, pero quizás estamos perdiendo algo más.
—¿Algo más? —respondió con desdén Miryam, la responsable de Bienestar Social—. Son incapaces de aprender nada nuevo. No saben ni organizar sus propias pertenencias. ¿Qué más podrían aportar?
Eunice no supo qué responder. Había visitado los Refugios solo en contadas ocasiones, y lo que había visto le había generado una sensación extraña: muchos hombres parecían no solo perezosos, sino tristes, vacíos. ¿Eran así por naturaleza, o los habíamos convertido en eso?