Cincuenta años después, el cielo de Nueva Cali seguía brillando con la misma luz dorada, pero ya no era un mundo de una sola mirada.
En el centro de la ciudad se alzaba el Museo de la Diversidad, donde se contaba la historia completa: no solo los logros de las mujeres que habían construido la civilización actual, sino también cómo habían aprendido a reconocer el valor de quienes habían sido marginados.
Javier, ya anciano, dirigía el área de estudios de sistemas alternos. No se había convertido en un líder político ni en un gran inventor, pero su trabajo había permitido que las naves espaciales pudieran explorar zonas del universo que antes eran inaccesibles. Vivía con un grupo de amigos, hombres y mujeres, en un barrio donde cada casa era diferente, diseñada según los gustos y necesidades de sus habitantes.
Eunice, ya jubilada, lo visitó una tarde. Desde la terraza veían pasar una aeronave tripulada por una mujer y un hombre, trabajando juntos.
—Alguna vez pensamos que la perfección era que todo fuera igual —dijo Eunice—. Que si todos hacíamos las cosas de la misma forma, no habría problemas.
—Pero la perfección es incompleta sin lo diferente —respondió Javier—. Ustedes nos enseñaron a sobrevivir. Ahora nos enseñamos mutuamente a vivir.
Nadie había borrado la historia: seguían sabiendo que el virus había marcado una diferencia importante en las capacidades de la mayoría de los hombres, y que las mujeres habían sido las protagonistas del progreso durante siglos. Pero ya nadie decía que los hombres eran innecesarios, ni que las mujeres eran las únicas capaces. Habían descubierto que un mundo construido por un solo tipo de mirada es siempre un mundo limitado.
Y en ese amanecer nuevo, nadie sabía qué les deparaba el futuro —pero por primera vez en mucho tiempo, lo enfrentaban juntos.