Año 461 d.A.
Javier murió a los 99 años. En su testamento no pidió monumentos ni honores. Dejó una carta dirigida a todas las generaciones venideras, que se grabó en la entrada de El Umbral y en todas las naves que salían al espacio:
“Queridos hijos e hijas de un futuro que no veré:
No crean que la historia terminó con nosotros. No crean que ya encontraron la mejor forma de vivir.
Hubo un tiempo en que creímos que las mujeres eran las únicas capaces. Luego creímos que todos debíamos ser iguales. Después aprendimos que lo importante es respetar que somos diferentes. Quizás ustedes descubran que también nos equivocamos en eso.
No teman cambiar lo que hemos construido. Teman solo una cosa: volver a juzgar el valor de una persona por cómo nació, en lugar de por cómo elige vivir.
No hereden nuestro orgullo. Hereden nuestra humildad.
No hereden nuestras respuestas. Hereden nuestras preguntas.”
Años después, un grupo de niños y niñas —hijos de madres y padres con distintas características, orígenes y formas de pensar— puso una flor frente a la carta. Uno de ellos preguntó:
—¿Entonces nunca terminaremos de aprender?
Y su maestra respondió con una sonrisa:
—Claro que no. Porque mientras sigamos preguntando, seguiremos siendo libres.
Así quedó sellado el verdadero legado de la Era Aurora: un mundo que no se define por quién manda, ni por quién es más capaz, sino por la promesa de que cada generación tendrá la libertad, y la responsabilidad, de buscar juntos un camino más justo.