Era Aurora

C2: Los Muros del Refugio del Alba

Para entender mejor el problema, Eunice decidió visitar el Refugio del Alba, el más grande de la región. Al cruzar su puerta principal, el contraste con el resto de la ciudad era abrumador: no había pantallas de información, ni laboratorios, ni señales de actividad productiva. Solo pasillos amplios, jardines bien cuidados y salones donde los hombres pasaban las horas sentados, mirando el paisaje o jugando juegos sencillos.
Allí conoció a Javier, un varón de 26 años que se distinguía levemente de los demás: cuando le habló, él no apartó la mirada de inmediato, y respondió con coherencia, aunque con voz suave y movimientos lentos.
—¿Sabe usted por qué está aquí? —le preguntó Eunice.
—Me dicen que porque no puedo hacer nada útil —respondió él—. Que soy débil y torpe. A veces intento ayudar a limpiar las mesas, pero las cuidadoras me dicen que no moleste, que ya lo harán ellas. Dicen que me cansaré.
—¿Alguna vez ha querido aprender algo más complejo?
—Muchas veces —sus ojos brillaron por un instante—. He visto por las pantallas cómo construyen las naves espaciales. Me gustaría saber cómo funcionan. Pero cuando lo pedí, me dieron un libro para niños. No entendían que quisiera saber de verdad.
Eunice consultó su expediente: sus pruebas cognitivas mostraban puntuaciones bajas en razonamiento lógico, pero no nulas. Sin embargo, desde su infancia nadie le había dado oportunidades de aprender, ni le había propuesto retos. Se le había enseñado que su valor dependía solo de su apariencia física y de su capacidad biológica.
Mientras recorría el refugio, Eunice encontró otros casos similares: hombres que dibujaban figuras muy detalladas en papeles que encontraban, que recordaban nombres y fechas con precisión sorprendente, que sabían calmar a los que estaban alterados. Eran habilidades que nadie había considerado valiosas. La sociedad había etiquetado a todo un grupo como incompetente, y al tratarlos como tales, había confirmado su propia predicción.
De regreso a su oficina, comenzó a redactar un informe polémico: “Hemos construido un mundo perfecto según nuestros criterios, pero al hacerlo hemos perdido la capacidad de ver más allá de nuestras propias categorías. Si no permitimos que los hombres desarrollen lo que sí pueden hacer, no solo pondremos en riesgo nuestra herencia genética, sino que también nos privaremos de perspectivas que quizás necesitamos.”




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